Argentina: Cenizas del “paraíso”


cenizas del paraíso

 

El pasado domingo 11 de agosto Argentina celebró sus elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO). Las PASO muestran una fotografía exacta de las intenciones de voto de los candidatos presidenciales rumbo a la primera vuelta electoral que tendrá lugar en el próximo mes de Octubre.

El mandatario de turno, Mauricio Macri, resultó el gran perdedor. Su coalición  “Juntos por el Cambio” obtuvo el  32.29% de los votos, contra el 47.31% de su contendiente principal, Alberto Fernández quien junto a la ex presidenta Cristina Fernández encabezan el “Frente de Todos”. La diferencia de 15 puntos porcentuales parece decisiva. Con un desempeño similar en Octubre, ganarían la elección presidencial sin necesidad de acudir a la segunda vuelta.

La derrota gubernamental no significó una sorpresa. La mayoría de las  encuestadoras que midieron la aprobación del presidente de turno entre enero y mayo de 2019 (Opinaia, Poliarquía, Management & Fit, Universidad de San Andrés, Synopsis, Valora Analitik, Gustavo Córdoba y Asociados) reportaron que su evaluación era baja (aproximadamente de 29%)  mientras su desaprobación era muy alta (63.55%).

Nuestra base de datos, que abarca todas las elecciones presidenciales realizadas en 11 países de la región desde el retorno a la democracia en 1983  (50 comicios presidenciales), registra sólo tres casos en que el partido en el gobierno pudo retener el poder a partir de un presidente con un nivel de aprobación bajo (inferior al 40%). Pero en los tres casos comprobamos la presencia de un mismo patrón, la oposición no constituía una opción de gobierno creíble por vínculos de sus líderes con el régimen no democrático (Chile, 1999), por carecer de experiencia de gobierno a nivel nacional y antecedentes de posturas antisistema (Uruguay, 1999) y por haber conducido al país a una crisis económica profunda (República Dominicana, 2012). La coalición opositora argentina (Frente de Todos) no se encuentra en esa situación, las encuestas relevaron que la mayoría de los argentinos consideran que la situación económica era mejor cuando  la oposición gobernaba (2002-2015).

A Mauricio Macri aún le queda una carta por jugar. Se trata de un presidente que busca su reelección consecutiva y desde el retorno a la democracia en América Latina sólo dos presidentes no lo han conseguido, el nicaragüense Daniel Ortega (1990) y el dominicano Hipólito Mejías (2004). Durante la campaña, la aprobación de los presidentes que contienden por su reelección consecutiva tiende a ser volátil, pero ascendente. Llegan a crecer hasta en 10 puntos porcentuales. Por ejemplo, la aprobación del presidente Juan Manuel Santos creció durante la campaña de 2014 en Colombia de 39 a 49%. Una vez que la aprobación de los mandatarios que compiten por su reelección sucesiva sobrepasa el 40% el desenlace queda abierto.

Sin embargo, las opciones de Macri de revertir los resultados de las PASO, se perciben frágiles. Argentina padece una situación económica que mezcla dos variables letales, recesión y devaluación. Ambos males impidieron a Ortega y Mejías reelegirse en 1990 y 2004, respectivamente. También, el nivel de desaprobación de su gestión es demasiado alto. Los altos niveles de desaprobación explican que la derrota en las PASO fuera tan holgada.

En los comicios presidenciales de 2011, el entonces Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, decidió no ir a votar y se fue de vacaciones a Europa ante el predecible triunfo electoral de Cristina Fernández de Kirchner. La pregunta es si en agosto de 2019, luego de la dura derrota sufrida en las PASO y después de valorar sus raquíticas opciones rumbo a Octubre, no  habrá pasado, aunque sea muy fugazmente, la misma idea por su mente.

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Tulum, 13 de agosto de 2019

 

 

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Vargas Llosa y el foro de Guadalajara. Segunda parte


ponentes sesión de la mañana

 

Cuando el jueves 23 de mayo recibí la llamada con la invitación a participar en el Foro, “Desafíos de la libertad en el siglo XXI”,  como casi todo el mundo, pensé de inmediato que el domingo no es para eso, ni aunque participe en el evento Mario Vargas Llosa.

Para colmo, los sábados del mes de mayo suelo impartir el curso de Derecho Constitucional en la maestría de la Universidad América Latina, por lo que el efecto de la invitación era que mi semana laboral se extendiera más allá de la línea del horizonte, ¡siete días! No, definitivamente no era sano.

Sin embargo, cuando verifiqué el nombre de los ponentes, ciertas sensaciones cambiaron. La reunión juntaría, entre otros, a Aguilar Camín, Krauze, Magaloni, Woldenberg, Castañeda, De Mauleón, Domínguez, Bartra, Cossío y Reyes Heroles. Pendía un enigma. ¿Qué motivaba a buena parte de la flor y nata de la intelectualidad mexicana a ponerse a “chambear” un domingo?

Según recordaba vagamente, durante la semana se había filtrado a la prensa los nombres de intelectuales que durante el mandato de Enrique Peña Nieto (2012-2018), habían recibido un jugoso financiamiento para respaldar su producción de contenidos (textos analíticos, libros, revistas, vídeos, cortometrajes, etc.). Algunos de los apellidos filtrados, como el del “Historiador”  y sus empresas editoriales que recibieron 124 millones en el sexenio, aparecían entre la relación de ponentes. ¿Guardarían relación ambos eventos?

Por otra parte, el foro significaba una oportunidad excepcional de ver de primera mano cómo funcionan las mentes identificadas como lúcidas, cuál proceso siguen en la selección de sus argumentos y de qué forma construyen sus conclusiones más filosas.

Ni idea tenía sobre el curso que tomarían las cosas, así que muy lejos me encontraba por saber entonces que, lo que escucharía allí durante las siete horas que se extendió, confirmaría ciertas intuiciones que me acompañan desde hace algunos años y daría un nuevo rumbo a mis inclinaciones investigativas.

Luego de la presentación de Vargas Llosa, llegó el turno al primer panel, enmarcado en el tema  “La desilusión liberal: comprendiendo el descontento con la democracia”. La voz cantante la llevaron Aguilar Camín y José Woldenberg. Básicamente,  con el apoyo de fuentes teóricas, Camín se esforzó en corroborar que el gobierno de AMLO cumplía, prácticamente, con los seis rasgos que caracterizan al populismo. Mientras su segunda intervención la dedicó a alertar que, sin que persiguiera la reelección, el plan de AMLO consistía en conformar una hegemonía política que llevara a Morena a tomar el control transexenal del estado mexicano. Sí, definitivamente, aunque no sigo  sus columnas, con respecto a la última referencia que tenía de Camín de hace un par de meses atrás, mostraba una radicalización en su interpretación de lo que él considera que representa el gobierno de la llamada cuarta transformación.

Por su parte, José Woldenberg, se hizo la pregunta de si en México, realmente había tenido lugar una transición a la democracia. Él, que en su momento más importante encabezó el órgano electoral en el país, se respondió afirmativamente. Sus argumentos fueron: antes del año 97, existía un partido hegemónico, un presidente con poderes metaconstitucionales, las elecciones no eran competitivas ni transparentes y los poderes del estado carecían de independencia. En el siglo XXI, pasamos al multipartidismo y el pluralismo, la presidencia perdió sus poderes imperiales, las elecciones se hicieron competitivas y los poderes legislativo y  judicial pasaron a ser contrapesos y comenzaron a jugar también ese rol otros órganos autónomos. “¿Por qué no se ve o no se siente esa transición?”-se preguntó también, “debido a la corrupción, la impunidad, la inseguridad, la desigualdad y los bajos niveles de crecimiento económico”.

Krauze, cuyo papel fue de moderador, destacó que una sentencia de la Suprema Corte había sentado el precedente de que mientras mayor poder tiene el funcionario público, mayor también debe ser su tolerancia ante la crítica. Y en un tono que francamente pareció cercano al patetismo, le preguntó a Aguilar Camín sobre qué le faltó a su generación, a la que identificó como la del 68, con respecto a la construcción democrática de México.

La perspectiva del primer panel, con independencia de la exposición puntual de Aguilar Camín, fue de preocupación ante determinados indicios en el comportamiento del presidente que consideraron como preocupantes. La voz disidente al respecto, llegó a través de Ana Laura Magaloni, quién reclamó que por qué en lugar de criticar y de centrase en la superestructura, se refería a las relaciones entre los poderes y entre el ejecutivo y los medios, mejor no nos poníamos todos a ras de tierra. Eso significaba construir propuestas para solucionar el gran problema que estaba atorado en México desde antes del ascenso al poder de AMLO y aun después de producirse el mismo.

A entender de Magaloni, el grave problema del sistema mexicano reside en que la  ruta para el ascenso o movilidad social de los jóvenes se encuentra atorada, dando fuertes indicios de que la situación estaría por explotar. Lo único que había variado con el triunfo de AMLO es que las personas cuya ruta hacia la movilidad social estaba permanentemente bloqueada, ahora tenían esperanzas. Si esa esperanza se perdía, las consecuencias serían inimaginables.

En la etapa que va de mi 1824 a 1856 en México, la figura del “hombre fuerte” que pasaba a primer plano ante las crisis recurrentes de las instituciones o directamente las suplantaba, la representó Santa Ana. En la segunda parte del siglo XIX, el papel correspondió a Porfirio Díaz. Durante el siglo XX, aunque varios personajes pueden corresponder con la descripción, en definitiva terminó predominando sobre el “hombre fuerte”,  “la institución u organización fuerte”, el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Me pregunto, si lo que defendió Aguilar Camín, ¿podría llegar a interpretarse como la confirmación del retorno del “hombre fuerte” a la historia mexicana? ¿Existe una dinámica más o menos oculta en la historia moderna de nuestros países que vincula casi armónicamente etapas de agudas crisis institucionales con la emergencia del “hombre fuerte”? ¿El arribo del “hombre fuerte” es mucho más inevitable de lo que estarían dispuestos a reconocer personas formadas bajo el paraguas del paradigma democrático?

Por otra parte, Woldenberg fue capaz de identificar eventuales hitos del proceso de democratización en México. Sin embargo, por qué a su vez  es incapaz de reconocer que los graves males que ahogan a los mismos, que no lograron ser evitados por los gobiernos liberales (corrupción,  impunidad,  inseguridad, desigualdad y  bajos niveles de crecimiento económico), adquieren a su vez la categoría de explicaciones acerca de por qué razón si hubo alguna vez una transición democrática en México, la misma resultó fallida. Como se sinceró un ponente de la sesión de la tarde, “cómo vamos a hablar seriamente de democracia cuando las cosas han llegado al punto de que puedes perder la vida al salir a la calle. El presidente Calderón, fracasó en convencer a la opinión pública de que la lucha contra el narcotráfico era una lucha por la democracia”.

Y finalmente una observación: durante siglos la función del escritor consistió en trasmitir la mesura, el razonamiento profundo, la sabiduría. Era capaz de mostrar los entresijos de la reproducción social de la naturaleza humana en cada etapa por complejos e inescrutables que resultaran. Su palabra, justo por eso, podía proporcionar incluso un disfrute comparable al oro u otras delicadezas materiales. Esa capacidad innata puso siempre su figura en el centro de todas las épocas. ¿Por qué razón entonces en la sesión de la mañana, no pude observar que la intervención del escritor jugara ese papel? ¿Por qué queda la impresión que esos atributos parecen llegar al foro de la mano de Ana Laura Magaloni?

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Mayo 29 de 2019

Tulum

 

 

 

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“Vargas Llosa y el foro de Guadalajara”


Vargas Llosa 1

 

Ayer domingo asistí al foro convocado por FIL, la fundación que dirige el escritor Mario Vargas Llosa, y la Universidad de Guadalajara, cuyo tema fue: “Desafíos de la libertad en el siglo XXI”.

La gran motivación consistía en ver, finalmente, en vivo, al autor de “El paraíso en la otra esquina” y “La fiesta del chivo”, entre otras. Cuántos libros de autores destacados hemos leído y cuántos de esos escritores hemos tenido la oportunidad de verlos más o menos tal cual son. Esa deuda podría ser saldada esta vez. Pero, desafortunadamente, Vargas Llosa, claro está, no hablaría de ninguno de sus libros sino de sus obsesiones políticas. Un inconveniente. Una cosa es el escritor y otra el activista político. El primero lleno de recursos, estilo propio,  finales sorprendentes, metáforas y genio. El segundo, pletórico de parcialidad, lugares comunes, valoraciones cuestionables y vocero de una forma de falsa conciencia como es la ideología de un segmento social.

Cuando se presentó ante el auditorio exhibió un rostro extremadamente serio y adusto, diría que casi impropio de un liberal. Más bien, era la imagen viva de un patriarca, de alguien que lleva con todo el rigor las riendas de un feudo. Luego vino el discurso de apertura y Varga Llosa el activista político no me” defraudó”.

Dio su visión sobre la situación de riesgo que vive la democracia  a escala global y en el continente y para un observador medianamente atento no pasó inadvertido lo siguiente:

En su diagnóstico de preocupación por la suerte de la democracia no recuerdo que hiciera mención a Trump y Estados Unidos.

Cuando destacó que Chile era el único de los países latinoamericanos que estaba por integrarse al primer mundo, señaló que parte del éxito de ese país residía en que lo único bueno que hizo la terrible dictadura de Pinochet fueron las reformas económicas y que tanto, la izquierda como la democracia, habían tenido la precaución de continuar esa ruta en lugar de removerla o reemplazarla. Obsérvese, por favor, cómo a la izquierda chilena la deja fuera del ámbito de los demócratas, que obviamente para él son sólo las fuerzas de derecha y centro derecha. Eso a pesar del “detalle” que desde que comenzó la transición chilena en 1989, la izquierda ha sido gobierno en Chile, ¡a lo largo de cinco mandatos y 24 años, contra dos mandatos y 5 años de la derecha!

El otro gran episodio cuestionable  de su visión fue la situación actual en Argentina. En la narrativa de Vargas Llosa, Mauricio Macri es un gran chico que no tiene responsabilidad alguna en los malos resultados macroeconómicos que tiene Argentina en los últimos tres años de su propio mandato y que lanza una espesa sombra sobre su futura reelección. Toda la responsabilidad, de acuerdo con Don Mario, corresponde al kirchnerismo, pues “el equipo económico de Macri está formado por jóvenes sumamente capaces e inteligentes, y lo digo porque personalmente los conocí a todos en Buenos Aires”.

Vargas Llosa, el activista, olvidaba que exactamente eso mismo dijo hace muy poco tiempo del ex mandatario peruano, Pedro Kuczynski, antes de que este último fuera obligado a renunciar a la presidencia  por estar implicado en un caso relevante de corrupción. Vargas Llosa tuvo luego que hacer un ejercicio especial de autocrítica y patéticamente reconocer que no podía imaginar, en su momento, que el personaje técnicamente preparado, maduro y bonachón que le representó Kuczynski en las ocasiones en que coincidieron, tenía una fuerte debilidad por la corrupción.

De modo que los avales de Vargas Llosa en el caso de gestores públicos supuestamente eficientes, son tan solo emocionales y valen, claro está, muy poco o casi nada.

Por último, me hice la pregunta con respecto a quién representa, realmente, el Vargas Llosa activista político. El mismo se cree a si mismo como un vocero de la democracia en general. Pero tengo serias dudas con respecto a que sea exactamente como nos dice. Claramente es un defensor de la democracia, pero estoy seguro de que lo es, estrictamente, en el sentido en que la entienden y la idealizan las élites intelectuales que “casualmente” han resultado ampliamente beneficiadas, incluso, en la versión liberal fallida de esa forma de gobierno.

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Mayo 27, 2019

Tulum

 

 

 

 

 

 

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“La sucesión priista”


lA SUCESIÓN PRIISTA

Por Alejandro Strozzi Espinoza*

Colaboración especial

El PRI sufrió una derrota electoral contundente en los comicios del año pasado. Su candidato presidencial terminó en tercer lugar y perdió muchísimos escaños en el Congreso. Los malos resultados también se extendieron a nivel local.

El descalabro dejó al partido sin un futuro claro. Claudia Ruiz Massieu tomó las riendas del partido, con Arturo Zamora como su secretario general. Mientras tanto, Osorio Chong se convirtió en el coordinador de la banca en el senado, mientras que René Juárez hizo lo propio con la cámara de diputados.

A principios del año fue publicado un reporte sobre las causas internas del fracaso electoral del 2018. Este enfatizó el desplazamiento de los militantes del partido, que sufrieron la estrategia de colocar a un no militante como candidato presidencial. Otra causa señalada fue el defectuoso método de selección de candidatos, que no permitía procesos justos o que culminarán en la selección del candidato más adecuado.

Ante el éxito de MORENA, todos los partidos de oposición han seguido la misma lógica: votar con el presidente en lo que concuerdan y conseguir modificaciones en la medida de lo posible, mientras que protestan verbalmente todo aquello a lo que se oponen.

En septiembre de este año el PRI renovará a su presidente y a su secretario general. La campaña probablemente versará alrededor de una fecha muy importante, los comicios del 2021. Se renovará el congreso, así como varias gubernaturas. Los comicios que se llevarán a cabo en ese inter no podrán cambiar mucho la composición política del país.

Ernesto Zedillo decidió no nombrar por su cuenta al candidato presidencial del 2000, dando lugar a un proceso de decisión democrática dentro del partido. Sin embargo, los conflictos internos debilitaron al partido durante la campaña. En el 2006 también hubo un proceso democrático que también implicó un PRI debilitado. Fue en el 2012 que un gobernador, Enrique Peña Nieto, logró unificar al partido en una sola candidatura fuerte que obtuvo la presidencia.

En ese sentido, cabe destacar que el nuevo presidente del partido será elegido a partir del voto directo e individual de cada militante en el padrón. ¿Podría un presidente elegido por sólo una mayoría relativa de los militantes controlar las riendas de un partido que muestra la polivalencia de la coordinación o el conflicto?

De los seis integrantes que han expresado su intención de contender, hay tres que merecen atención particular por ser lo que tienen posibilidades serias de triunfo: José Narro, ex rector de la UNAM y secretario de salud de Peña Nieto es el candidato al que se la asignado la etiqueta del continuismo; Alejandro Moreno, gobernador de Campeche, es el más cercano al gobierno de López Obrador y ha conseguido el apoyo de varios gobernadores; Ivonne Ortega, ex gobernadora de Chiapas, que ha articulado sus intenciones alrededor de la idea de poder coordinar los distintos cotos de poder, como las gubernaturas y el congreso.

Todos coinciden en la necesidad de “escuchar a la militancia” y de no reservar las decisiones a los puestos más altos del partido. Sin embargo, no parece haber un camino sencillo para evitar que no reine la falta de coordinación o que los conflictos internos no aquejen el proceso interno del partido para las elecciones de 2021.

  • Es alumno de la Licenciatura en Gestión Pública del Iteso

 

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“El sistema de partidos mexicano”


partidos-politicos.jpg

Por Jordi Alexandro Torres Vera*

Colaboración especial

 

En este análisis responderé dos preguntas concretas: ¿Actualmente qué tipo de sistema de partidos tenemos en México? Y ¿Cuáles son los posibles escenarios para las elecciones del 2021?

Antes de analizar concretamente el caso mexicano, primero tengo que especificar las reglas con las cuáles contaré a los partidos políticos que, en mi opinión, verdaderamente cuentan. Para cumplir con este propósito, utilizaré los criterios de relevancia planteados por Sartori (2003/1976, p. 155): “…podemos dejar de contar a los partidos que no tienen posibilidades de coalición ni posibilidades de chantaje”.

Ahora que ya he dejado en claro el método que voy a utilizar para contar, lo siguiente que tengo que revisar es la composición actual de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión[1]:

legislatura

 

 

 

 

 

 

 

A partir de esta integración, puedo deducir que el partido conocido como Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), es el que tiene mayor fuerza parlamentaria (258 curules). Hecho que le proporciona una mayoría absoluta[2] sin la necesidad de buscar una coalición.

El siguiente paso que llevaré a cabo, involucra la revisión de las composiciones históricas de la Cámara de Diputados desde la Sexagésima Legislatura hasta la Sexagésima Tercera Legislatura[3]. La finalidad de examinarlas consiste en identificar a los otros partidos que también deben de ser contados.

Lo primero que se puede observar, es que desde el 2006 hasta el 2012 existieron tres partidos principales:

  1. Partido Acción Nacional (PAN): siempre conto con más de 100 escaños en cada una de las legislaturas y logró conseguir una mayoría relativa en el 2006 (206 diputados).
  2. Partido Revolucionario Institucional (PRI): tanto en el 2009 como en el 2012 obtuvo mayorías relativas[4] y en su momento más débil (2006) aún siguió teniendo más de 100 escaños.
  3. Partido de la Revolución Democrática (PRD): en dos ocasiones tuvo más de 100 diputados (2006 y 2012) y en su momento más crítico logró conseguir 63 curules (2009).

El segundo punto que abarcaré, es que en la Sexagésima Tercera Legislatura –es decir, durante el periodo 2015-2018–, los partidos con mayor fuerza parlamentaria fueron el PRI   (con 202 escaños) y el PAN (que contaba con 107 diputados). Situación que extendió, durante tres años más, la importancia de ambos partidos. No obstante, si ahora retomamos la integración actual de la cámara baja, nos daremos cuenta de que las fuerzas políticas del PRI y del PAN están bastante débiles.

A pesar de que lo anterior es cierto, es fundamental aclarar que, por lo pronto, este evento único aún no nos permite denominar a nuestro sistema de partidos bajo la tipología de partido predominante. Este razonamiento se encuentra fundamentando en la definición que Pasquino les otorga a éstos sistemas (2014/1997, p. 181 [el subrayado es mío]):

[…] los sistemas de partido predominante… son sistemas en los que existe un partido que, en una larga serie de elecciones libres y competitivas, obtiene de manera regular un número muy consistente de escaños, aunque no siempre y no necesariamente la mayoría absoluta, pero sí de todas formas la cantidad suficiente para permitirle gobernar por sí solo.

Lo tercero que debó de señalar, es que en el 2015 la fuerza política que tenía el PRD fue alterada y dividida. El causante de esta modificación fue MORENA, partido que en ese año entró en el juego político-electoral. Cabe destacar que este aspecto se repitió y repotenció en las elecciones del 2018, provocando que, en la actualidad, el PRD ya no cuente como un partido relevante.

Por todo lo anterior expuesto, puedo concluir que en México seguimos teniendo un sistema de partidos de pluralismo moderado, integrado por los partidos políticos conocidos como MORENA, PAN y PRI.

Por último, el pronóstico que yo hago a partir de los indicios que tenemos en el presente, consiste en que nuestro sistema de partidos seguirá siendo pluralista moderado.  Sin embargo, si Felipe Calderón y Margarita Zavala consolidan la búsqueda de su partido político y lo dotan de una estructura fuerte, a partir de ese momento contaremos con cuatro partidos relevantes. Situación que, como le pasó al PRD en el 2015, provocaría que la fuerza parlamentaria del PAN se fraccione y, por consecuencia, existan mayores posibilidades para que nuestro sistema de partidos se transforme en uno de partido predominante para las elecciones del 2024. Un indicio de esta hipótesis, es el hecho de que en la actualidad no hay una oposición fuerte y organizada para contrarrestar la mayoría absoluta con la que cuenta MORENA. Al parecer los partidos opositores, aún no se dan cuenta que necesitan sumar fuerzas para detener o contrarrestar el poder de Andrés Manuel López Obrador y su partido.

*Es estudiante de la Licenciatura en Gestión Pública del Iteso

 

Referencias:

Honorable Cámara de Diputados (2006 – 2018). Servicio de información para la Estadística Parlamentaria. México. Recuperado de: http://www.diputados.gob.mx/sistema_legislativo.html

Honorable Cámara de Diputados (2019). Integrantes de la LXIV Legislatura. Ciudad de México, México. Recuperado de: http://sitl.diputados.gob.mx/LXIV_leg/info_diputados.php

Pasquino, G. (2014). Nuevo curso de ciencia política. D.F., México: Fondo de Cultura Económica (año de publicación del libro original; 1997).

Sartori, G. (2003). Partidos y sistemas de partidos. Madrid, España: Alianza Editorial (año de publicación del libro original; 1976).

Sistema de Información Legislativa (s.f.). Mayoría absoluta. México. Recuperado de: http://sil.gobernacion.gob.mx/Glosario/definicionpop.php?ID=151

 

 

 

[1] “…muchas veces basta, en los sistemas bicamerales, con remitirse a los escaños en la Cámara Baja, siempre que en la otra Cámara las mayorías no sean diferentes” (Sartori, 2003/1976, p. 154). Situación que se cumple en el caso mexicano (para más información revisar: http://www.senado.gob.mx/64/senadores/por_grupo_parlamentario).

[2] “Porcentaje de votación correspondiente a la mitad más uno de los integrantes de alguna de las cámaras del Congreso de la Unión al momento de tomar una decisión o realizar una votación” (SIL, s.f.).

[3] Estas fueron revisadas en: http://www.diputados.gob.mx/sistema_legislativo.html

[4] 242 y 212 curules, respectivamente.

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“Rescatando la independencia judicial”


SCJ México

Por  Daniel Sebastián Vizcaíno Vargas*

Colaboración especial

 

El pasado 12 de marzo de 2019, el Pleno del Senado de la República aprobó, en segunda votación, a Yasmín Esquivel Mossa como nueva ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Esto sucedió después de que ninguna de las tres candidatas que envió el Ejecutivo alcanzara los votos necesarios para ser nombradas. La polémica, sin embargo, se desató por el posible conflicto de intereses y el peligro de poner en duda la independencia judicial que supone la elección de una ministra tan cercana al presidente. Esquivel ha llamado la atención no solo por sus posturas regresivas en materia de derechos humanos, sino también por sus presuntos nexos partidistas y su matrimonio con el empresario José María Rioboó, considerado uno de los contratistas y consultores favoritos de Andrés Manuel.

Ante este clima de complicidad presidencial, surge un debate importante en cuanto al nombramiento de los ministros de la SCJN. En esencia, no existen mecanismos constitucionales vigentes en nuestro ordenamiento jurídico que puedan contrarrestar esta tendencia, pues al final del día es el mandatario de turno quien decide quién ocupará el cargo. El problema está en la misma ley que regula este proceso; pues, aunque el senado interviene con su votación, en caso de rechazar la terna, o no alcanzar el umbral mínimo de aprobación, la decisión pasa automáticamente a manos del Ejecutivo. Es claro entonces que nuestro sistema de selección de jueces está sujeto a consideración del órgano presidencial.

Ahora bien, en el derecho comparado, hay dos grandes sistemas de nombramiento de jueces: el sistema político a cargo del poder ejecutivo, del parlamento o de ambos y el sistema profesional a cargo de un consejo de la magistratura o de la judicatura, con rango constitucional y autónomo de los tres tradicionales poderes del Estado. Estas opciones amplían la discusión y permiten la apertura hacia procesos de selección más democráticos, profesionales y congruentes con la separación de poderes que tanto le urge a nuestro país. Para evidenciar las posibilidades de construir marcos institucionales de esta naturaleza, es útil remarcar algunas experiencias latinoamericanas:

  1. URUGUAY: los ministros son nombrados por la Asamblea General, mediante la aprobación de ⅔ partes del pleno. Si pasados 90 días de la publicación de la vacante no hay sucesor, queda designado el ministro de los Tribunales de Apelaciones con más antigüedad en el cargo; y si hay empate en esta antigüedad, se decidirá por antigüedad en la carrera judicial en la judicatura.
  2. CHILE: La Corte presenta una quina (5 candidatos) al presidente para que el escoja a uno que deberá comparecer y ser aprobado por el Senado -mediante el voto a favor de ⅔ partes.
  3. PERÚ: Cooptación a través de la Junta Nacional de Justicia.

 

Si apuntamos a adoptar un sistema como el uruguayo o el chileno -que incluyen en el proceso de selección al legislativo y/o al ejecutivo-, saltarán dos escenarios posibles: Primero, por la mayoría parlamentaria que ha alcanzado el partido en el poder, se vuelve improbable que la decisión no siga estando en sus manos. Más aún si conocemos la praxis política que ha venido manejando MORENA, donde ninguna decisión se escapa de ser consultada con el líder del partido, y que para colmo hoy es presidente. No se ve por tanto una posibilidad de real de que el parlamento escoja a un candidato que pueda ser independiente al presidente. Segundo, se trataría de una malinterpretación de la naturaleza del poder judicial en términos estrictos. Esto es: los órganos judiciales no son representativos. Por tanto, someter el nombramiento de sus miembros a consideración de autoridades que sí fueron elegidos mediante el voto popular y que ejercen una suerte de labor representativa, sería no entender el origen del poder judicial y su distinción con los demás poderes.

Pero si, por el otro lado, apostamos por mecanismos de captación dentro de la misma SCJN -como en el Perú-, estaríamos frente a un reconocimiento institucional de la independencia judicial; así como daríamos paso a consolidar un proceso de selección colegiado, autónomo, profesional y, esencialmente, especializado en la impartición de justicia. La independencia judicial es, sin duda, un pilar fundamental de las democracias modernas. Frente a las debacles políticas, el Judicial se presenta como el último defensor de la Constitución, y aún más: se trata del último que puede asegurar la supervivencia del Estado si los otros poderes fallan o se vuelven tiranos.

  • Es alumno de la Licenciatura en Gestión Pública del Iteso
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Integración: ¿Por qué Europa sí y América Latina no?


La integración fallida

 

Ayer se presentó el libro “Dimensiones, estrategias y alternativas de la integración autónoma para América Latina y el Caribe”, un gigantesco esfuerzo editorial de cuatro tomos, más de 1200 páginas y casi 40 autores, coordinado por el Dr. Jaime Preciado.

Durante la velada, una certeza y una incertidumbre se apropiaron de las intervenciones de los presentadores y del público en general. La certeza tiene que ver con el pésimo momento que atraviesa la integración latinoamericana, luego del ascenso al poder de gobiernos de derecha en la mayoría de sus países. Estructuras de integración como CELAC, UNASUR, GRUPO ANDINO, ALBA, están paralizadas o sencillamente están siendo desmontadas, a favor de la proximidad con Estados Unidos y el abrazo de la doctrina Monroe y el Panamericanismo, viejos fantasmas que se creían extinguidos.

La incertidumbre, en cambio, tiene que ver con la pregunta planteada por un expositor de por qué Europa, pese a las dificultades, ha avanzado en el proceso de integración, mientras el mismo se debilita en América Latina y el Caribe.

No recuerdo que en  el evento se respondiera esa cuestión. Más bien, la incógnita, el enigma, quedó allí, indescifrable y retador.

Me parece que en el propio paralelismo que estableció el ponente entre Europa y América Latina pueden encontrarse las respuestas. No es una causa, sino varias.

La integración europea tuvo por pilar un acuerdo entre sus países con respecto a la producción del carbón y el acero. Ese fue el punto de partida que luego se extendió gradualmente hacia otras áreas. En América Latina y el Caribe no ha existido y no ha sido identificado el pilar económico de partida de una eventual integración.

La integración europea es resultado del propósito consciente de sus líderes de evitar una nueva confrontación bélica que involucre a la mayoría de los estados de la región. En América Latina jamás tuvimos una experiencia “fundadora” de ese tipo. El continente no ha sido epicentro de dos guerras mundiales, ni de enfrentamiento bélico generalizado entre sus países, por lo que carecemos de ese incentivo “especial” que tienen los europeos.

La integración europea no le ha jugado en contra la presencia de una superpotencia con capacidad de sabotear los propósitos integracionistas. En América Latina sí, aquí hay que lidiar con la activa oposición de Estados Unidos a la consumación de ese proyecto.

Los líderes latinoamericanos que entre 2000 y 2015 lideraron los esfuerzos de integración latinoamericana pecaron de ingenuidad. Jamás consideraron que las circunstancias en que se desenvolvían eran coyunturales y que ellos mismos podían ser barridos o removidos por otras fuerzas y procesos. Como consecuencia, los tiempos de la integración fueron lentos y no se preocuparon por crear mecanismos que contribuyeran a blindar la integración una vez llegadas las condiciones adversas.

La integración europea tiene como motores a dos países económicamente potentes y estables como son Alemania y Francia. Ambos países resultan clave para impulsar el proceso y enfrentar las adversidades. En América Latina y el Caribe, no existen países que podrían jugar ese importante rol. Brasil, el mayor candidato, cíclicamente se hunde en fortísimas crisis internas. México está absorbido por su relación con Estados Unidos y Canadá. Argentina es tan inestable como Brasil. Venezuela y Cuba, con regímenes políticos dictatoriales, de ninguna manera pueden ser epicentros de un movimiento integrador, pues un movimiento hacia la independencia no tiene futuro si es encabezado por quienes hacia el interior de sus países imponen reglas de juego basadas en el ordeno y mando y la represión de otras preferencias políticas.

Por último, la integración europea ha sido impulsada también por el temor a la supuesta amenaza rusa. Una Europa unida es capaz de poder enfrentar cualquier reto bélico que venga desde el Este. El miedo ha actuado allí como un catalizador adicional de la unión. En cambio, en América Latina, ese factor no tiene la claridad debida. Estados Unidos que por su historial de intervenciones en la región y de dominio en las decisiones políticas de los países latinoamericanos pudiera muy bien “desempeñar” ese rol, la realidad es que no es visto como una amenaza por una parte importante del liderazgo continental. Si bien, la izquierda no alberga dudas acerca de la amenaza que representa Estados Unidos con respecto al propósito de tener una América Latina integrada e independiente, la derecha no comparte, en absoluto, esa visión. Al contrario, Estados Unidos, es un benefactor, un aliado, incluso u padre protector con el que conviene tener las mejores relaciones, aunque las mismas sean relaciones de dominación.

La integración ha demostrado ser un proceso complejo y zigzagueante que atraviesa por innumerables etapas. Para América Latina, la actual, es una etapa de aprendizaje.

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Tulum, 9 de mayo de 2019

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