De bocanada en bocanada


Cien días  llevó  preparar y ejecutar en la sombra el plan de desarticulación.  Con “La Voz” alejada del puesto de mando, infinitas calamidades internas, la proverbial insensibilidad y cierto relajamiento, la repercusión global de la muerte del inconforme  tomó por sorpresa al régimen y lo colocó a la defensiva.

Atrincherarse fue su reacción.  Lo sabe hacer. Le da resultados. A fin de cuentas   una isla cuando se cierra no llegan ni las  olas. Clamaron que era una confabulación mediática, que ante el nuevo reto no claudicarían. Costaba no creerles, pero un segundo discordante rehusó a alimentarse.

A éste lo conocían mejor. Había iniciado decenas de huelgas y las había abandonado todas. Apostaron a que se rajaría. Comenzaron el ablandamiento. Emisarios oficiosos de gestos dulces fueron hasta el hospital a disuadirlo, mientras desde la cima se emitían pronunciamientos duros.

Pero la terquedad del inconforme y los partes médicos cada vez más alarmantes que se recibían en el estado mayor  les hizo buscar un plan B. ¡El discordante estaba dispuesto a morir! Era un hecho.  Mientras la  muerte no podía continuar siendo engañada con limosnas. 

Fue “La Voz”, pese a sus achaques no sólo físicos la que hizo el cálculo final. Lo avalan la experiencia de 60 años de maniobras, su jerarquía es inocultable por más que aparente distraerse emborronando cuartillas.  Internamente no había nada que temer, pero una segunda ola de repulsa amenazaba  con afectar irremediablemente los maltrechos vínculos externos. Amigos de siempre lo habían dejado entrever. El inconforme no debía morir, de ninguna manera.

Se identificó al interlocutor dispuesto a beatificar la iniciativa oficial. Su rol era remplazar al protagonista, al innombrable. Siempre supieron quien sería el receptor. Con la crisis que le aqueja, su oportunidad es  jactarse de un éxito inesperado en política exterior. Su función era clave para la operación.  No se trataba sólo de excarcelar a una división de inconformes, como exigía el huelguista.  

Faltaba sólo el amortiguador, la distracción que  absorbe el impacto de cualquier otro suceso por importante que fuera. Ese día llegó el viernes 11 de junio cuando un desconocido uzbeko dio luz verde al  partido inaugural del Juego del Mundo.

En la isla, el interlocutor designado ayudó a persuadir a los hombres que llevaban años en las mazmorras  que su destino no podía ser las estrechas calles de la ínsula sino las grandes avenidas continentales. La salida con sus familiares descabezaría de paso a las organizaciones que con éxito habían retado a la intolerancia.  La prensa internacional nuevamente exageraría hablando hasta de un  viraje. En la práctica, la operación estaría extirpando a una  generación completa de activista. Lejos de la ínsula el peso específico del inconforme se diluye.  Años aprendiendo a sobreponerse al miedo, experiencia de ensayos y derrotas. Casi todo desmantelado. Un nuevo tiempo  que  disfruta el régimen mientras avanza  el reloj biológico. No necesita más. De bocanada en bocanada también se llega a la meta.

Orestes E. Díaz Rodríguez

Maestro UDG

julio 10, 2010

 

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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