La enfermedad infantil del Parlamentarismo en el Presidencialismo


Un fantasma recorre “Cielito Lindo” el fantasma del parlamentarismo. Extinto en el continente se le creía  una vez que  nadie  tomó en serio sus antiguas apariciones. Pero su destino es resucitar, siempre que una clase política  miope necesite endulzar al ciudadano, cada vez más enajenado de la cosa pública,  con un chivo expiatorio y una  ilusión nueva.

El fantasma se mueve a plena luz del día, se le puede sentir en los pasillos y tribunas del Congreso o en los exquisitos salones y portales de los hoteles y restaurantes del Paseo de la Reforma y la Zona Rosa  formando parte de  la arremetida  contra el “Gran Responsable”.

La clase política culpa al régimen presidencial de  que el Ejecutivo tenga las manos atadas para casi todo menos para entregar las carteras de gobierno a sus amigotes. Lo encuentra responsable  de que el Congreso sea un órgano delirante en lugar de la mesa principal de acuerdos. Le achaca la pérdida de credibilidad de las instituciones, y por supuesto, también que “Cielito Lindo” está  amenazado por una banda colosal de espesos nubarrones. El más pérfido villano de la democracia ha sido desenmascarado.

La verdad es que atrapados en sus ambiciones  y enceguecidos por  los reflectores, los políticos no disfrutan  del tiempo ni de la tranquilidad necesaria para intentar comprender cuál de las múltiples  combinaciones de eslabones que puede tener un régimen presidencial es el más conveniente  para el país.  

Simplemente optan por injuriar o desechar al régimen. ¡Poco importa que incluso al Sur del mismo continente sea un sustento de más de dos décadas  de progreso! ¿Será que no les conviene mirarse en el espejo de sus coterráneos?

Sirve mucho mejor para sus fines  desenterrar un viejo paradigma. ¡Ah!,  ¡Europa!, con sus instituciones eficaces, con su progreso, con su estabilidad. Allá si tienen el sistema adecuado. El que funciona. Nosotros, en cambio, cabalgamos sobre “Satanás”.

No les interesa saber que el “caballo de carreras” europeo es fruto de centurias de perseverante ajuste de las riendas; que cuenta también con un historial de extravíos y caídas,  que  sus innegables éxitos están ligados a caminos en mejores condiciones y jinetes más comprometidos y que, aún así, no está exento de desboques.

Enarbolar en América Latina la bandera del parlamentarismo, no es novedad. En los 80  otra clase política al borde de un ataque de nervios lo propugnó y no fue apoyada.  A cambio, en muchos de nuestros pueblos se ensayó durante veinticinco años  la reforma parcial del régimen a través de  la introducción de elementos parlamentarios. El resultado fue que no tuvimos ni a uno ni al otro. ¿Será posible que “Cielito Lindo sea empujado a caminos trillados sin resultados?  ¿Será posible que a estas alturas aún desconozcan que el tipo de diseño institucional que elige  una sociedad no es determinante en su desarrollo? Otros  factores desempeñan un rol clave: Las condiciones contextuales, la capacidad del liderazgo y el aprendizaje de la clase política.

Claramente urge ubicar las variantes institucionales del régimen presidencial que han dejado de ser eficaces y sustituirlas por aquellas que contribuyan a  un diseño más armónico. Será un servicio de gran ayuda para la democracia. Pero en el siglo XXI  fantasear sobre la supuesta supremacía de un diseño foráneo no es una opción seria.  Si algo se espera de un adulto es que al menos no recaiga ni padezca enfermedades infantiles.

 Maestro Orestes E. Díaz Rodríguez

UDG

septiembre 11, 2010

 

 

 

Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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