Presidencialismo: Dejando atrás las visiones espurias


América Latina va dejando atrás la época de las dictaduras militares y de los constantes quiebres constitucionales.  Una nueva etapa lucha por emerger.  Algunos países de la región comienzan a  mostrar avances dentro de la institucionalidad democrática,  quedando al descubierto tres visiones espurias que incidieron en el aporte ambivalente a ese proceso del cientista político: 1) El régimen presidencial no es apto para la democracia, 2) la comparación entre regímenes presidenciales resulta menos provechosa que la comparación entre el régimen presidencial y el parlamentario, 3) el ángulo beneficioso de la comparación entre el régimen presidencial y el parlamentario es el que se centra sólo en sus diferencias estructurales.

Los pioneros en frenar la seducción general que irradió la primera visión fueron  Mathew Shugart y Scott Mainwaring (Maingwaring y Shugart, 1997).  Igualmente a ellos, conjuntamente con John Carey (Shugart y Carey, 1992), corresponde el mérito de esbozar la “hoja de  ruta” conducente al quiebre de la segunda visión.  A fines de los años 90 abogaron por una segunda generación de estudios comparativos del régimen presidencial.  El centro de atención que propusieron fue el estudio de las variables institucionales  que originan una especial diferencia dentro de esos sistemas, con notoria incidencia en su desempeño. Específicamente, indagaron   en el impacto que las  variaciones en los poderes legislativos y partidarios del Ejecutivo  tienen en las posibilidades de que el Presidente pueda convertir sus iniciativas de ley en políticas públicas e incidir sobre el status quo. Pero también, en la presencia en el federalismo robusto de actores políticos con peso suficiente como para bloquear iniciativas presidenciales de carácter nacional.

Otros académicos   contribuyeron a extender la incipiente ruta, sea profundizando en los hallazgos de los pioneros, sea abordando los beneficios o perjuicios de otras variantes institucionales. Morgenstern y Aninat  llamaron la atención sobre las diferencias de jerarquía entre los poderes legislativos del Ejecutivo, realizando una reevaluación del grupo de facultades identificadas como proactivas  (Morgenstern, 2002; Aninat, 2006). El propio  Carey (1994)  y José Enrique Molina (2001), entre otros,  han profundizado en las secuelas del ciclo electoral. Josep Colomer (2001) y nuevamente Carey (2006) exploraron el impacto de la extensión de los mandatos del Ejecutivo y de los Legisladores  en el equilibrio o desequilibrio de la relación entre ambos. Giovanni Sartori,  apoyándose en los estudios de Arend  Lijphart sobre incongruencia y simetría, y Jorge Shiavon, incorporando además la  metodología de análisis de Georges Tsebelis, han reflexionado sobre la  decisiva relación entre la estructura del sistema legislativo y la provisión de políticas públicas, y en las configuraciones institucionales y partidarias que condicionan la emergencia de un bicameralismo que verdaderamente importa (Sartori, 1994; Schiavon, 2004). Mientras Gabriel Negretto ha escarbado en los orígenes del modelo de frenos y contrapesos confirmando su predisposición natural hacia la conservación del status quo y la parálisis.  Ha alertado también  sobre lo idóneo de que el prototipo latinoamericano continúe tomando distancia de semejante inclinación fundacional, favoreciendo la introducción de modificaciones que contribuyan a conjugar el pluralismo representativo con la capacidad de tomar decisiones efectivas (2003).

La memoria de los regímenes autoritarios unido a la precariedad, en unos casos y a la lentitud en otros, de los avances democráticos, se ha reflejado en  la mirada que tiende a primar sobre los regímenes presidenciales hecha casi siempre  desde la óptica de la exigencia de más representatividad  y mayor participación. Ese es un prisma  comprensible y necesario, pero no es el único importante. Las herramientas que en definitiva brinda o no el diseño institucional para que los presidentes puedan cumplir los programas que resultaron favorecidos por el electorado incidiendo de esa forma también en la consolidación democrática, constituyen también un ángulo relevante.  A menudo la importancia de esta cuestión se soslaya, entre otras razones porque se parte de hipótesis falsas, pero la realidad es que es necesario esclarecer en qué medida el diseño institucional en que actúan, dota o no a los presidentes de las herramientas necesarias para convertir en políticas públicas las preferencias del electorado que lo catapultó hasta las riendas de los asuntos públicos.

Mtro. Orestes E. Díaz Rodríguez, UDG

septiembre 29, 2011

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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