¿Otra vez, la noche? ¿Quien va a ganar la elección presidencial en Estados Unidos?


Después del abatimiento de Osama Bin Laden en Pakistán pocos imaginaron una contienda electoral en Estados Unidos tan reñida que incluso pone en  tela de juicio la permanencia de Barack Obama en la Casa Blanca.

La renuencia del desenlace a mostrarse diáfano de antemano, ha propulsado la búsqueda del escurridizo patrón que contribuya a visualizar qué escenario aguarda al mundo luego del seis de noviembre. ¿Se sostendrán los demócratas en el poder o vivimos el prólogo de una nueva narrativa protagonizada por los republicanos?

Es conocido que los presidentes salientes gozan de ventajas cuando participan en la contienda electoral. De 1901 a la fecha doce mandatarios norteños capitalizaron esa situación. Pero la tendencia no es lo suficientemente unánime como para indicarnos, dentro de un margen de error permisible, quién emergerá ganador. En ese mismo espacio de tiempo cinco jefes de estado y de gobierno fracasaron en su propósito, indicándonos que la condición de presidente saliente es insuficiente si no consigue combinarse con otros agentes o circunstancias privilegiadas. El patrón más general queda desechado. No consigue orientarnos ante un escenario preelectoral reñido.

La brújula nos conduce entonces a seguir el trazo de las circunstancias privilegiadas, específicamente a  esclarecer cuál es la situación de Barack Obama con relación a las mismas. Serían tres las más notorias, el desempeño de la economía, la tasa de desempleo y la percepción de seguridad del electorado ante las amenazas externas.

Después de cuatro años de mandato demócrata la economía mejora muy lejos del ritmo anhelado por la expectativa y necesidades del votante. El origen de la situación tiene que ver con la herencia recibida de los republicanos, pero luego de cuarenta y ocho meses sujetando las riendas se ha instalado la sospecha de que el mandatario ha contado con el tiempo prudencial para revertir de forma más tangible el panorama.

¿Acaso Obama no cuenta con la pericia suficiente para dejar atrás, de una vez por todas, el funesto legado? Captando la duda esencial el ex presidente Bill Clinton, un hombre que cuenta con la confianza del 62% de los norteamericanos, acudió en ayuda del mandatario.

Clinton no había gozado de una relación sin fisuras con Obama, y ello, vinculado con su exitosa gestión económica de 1992 a 2000, le dio mayor credibilidad a lo que aseguró durante la convención. Ningún  presidente ni republicano ni demócrata, ni siquiera él, dijo, habría podido en sólo cuatro años enmendar el desbarajuste heredado de  la administración Bush.

Lo que Clinton aseguró no aceleraba en lo más mínimo el ritmo de la economía norteamericana, pero sí debilitaba la percepción creciente en el votante de la corresponsabilidad de Obama. La insatisfacción con la marcha de la  economía dejaba de golpear de frente la proa de la aspiración reeleccionista. Una circunstancia privilegiada dejaba de jugar en contra en una coyuntura decisiva.

Gerald Ford,  Jimmy Carter y George Bush (padre) no  consiguieron reelegirse con tasas de desempleo superiores a 7.4.  Obama  había recibido de manos de otro Bush el indicador en 7.8 en 2009, con tendencia alcista. En enero de 2010 trepó a 9.7. De ahí comenzó a declinar lentamente, 9.1 en 2011 y 8.3 a principios de 2012, hasta situarse un mes antes de las elecciones nuevamente en 7.8.  Muchas lecturas contrapuestas arroja la caprichosa y agónica trayectoria del parámetro. Una cosa era cierta, el mismo argumento clintoniano empleado para el desempeño económico era válido para encarar la insatisfactoria tasa de paro. El presidente comenzó a despegarse en las encuestas, a pesar de que el asalto al Consulado en Benghasi, Libia, vino a arrojar dudas sobre un factor que luego del éxito de la operación “Gerónimo” se consideraba un flanco blindado a favor del mandatario.

Después de la convención demócrata la paradoja es que Obama, pese a tener comprometidas las circunstancias privilegiadas que garantizan la reelección, jamás estuvo más cerca de alcanzarla. Hasta ese momento, aunque no sin dificultad, el presidente estaba logrando en lo fundamental completar la ecuación cuya resultante es conservar la Casa Blanca.

Entonces vino el infortunado primer debate donde el mandatario brindó una paupérrima imagen de sí mismo reactivando las numerosas dudas en su contra y posibilitando la confluencia de los indecisos con los insatisfechos.

En efecto, el alegato de Clinton durante la convención pudo ejercer influencia entre los indecisos pero de ninguna manera entre los decepcionados. Durante su campaña de 2008  Obama prometió, entre otras cosas,  que cambiaría a Washington, que cerraría Guantánamo y que promulgaría una reforma migratoria integral. La mística del candidato afro norteamericano impulsó a votar a sectores que tradicionalmente se abstenían de acudir a las urnas. Esa afluencia garantizó la victoria electoral de entonces. Cuatro años después no les había cumplido. Las motivaciones de esos grupos para acudir a votar vuelven a ser escasas. Después del primer debate el resultado fue que la campaña del presidente, que no contaba con el favor de los insatisfechos, comenzó a perder también el favor de los indecisos. El desempeño durante el debate había reabierto  frágiles cicatrices. La situación no pudo revertirse pese a la recuperación  en los debates segundo y tercero.

Entonces, ¿es el debate el patrón decisivo que buscamos y que decidirá la elección?  George Bush (hijo) perdió los tres debates que sostuvo con el candidato demócrata John Kerry y se reeligió. En el invierno de 2004 Bush estaba blindado por una favorable tasa de paro de 5.4 y sectores decisivos del electorado veían con buenos ojos su inclinación a mostrar agresivamente el puño a los adversarios de Estados Unidos y garantizar la seguridad interna a cualquier precio. Los debates sólo pueden resultar decisivos cuando las circunstancias privilegiadas no son claramente propicias al presidente saliente. Justamente, el caso de Obama.

Pero existe un patrón adicional que también es adverso al presidente a diez días de la votación. Jimmy Carter y George Bush (padre) llegaron a la elección con  desventaja en las encuestas y perdieron. Gerald Ford llegó a los comicios prácticamente empatado en las encuestas con Carter y el resultado también le fue adverso. No es buen indicio que el presidente saliente llegue a los comicios empatado con su adversario o en inferioridad en las encuestas (Obama va detrás por 0.2). Indica que las ventajas de partida con la que cuenta gracias a su condición de presidente en funciones se han esfumado y que esa tendencia con seguridad se reforzará durante la elección. Ese podría resultar nuestro patrón decisivo, la norma o eslabón definitivo que buscamos, aunque realmente lo que enfrentamos es una sutil combinación de factores que terminan desfavoreciendo la pretensión de  Barack Obama.

Sin embargo, una última oportunidad para el presidente saliente pareciera aflorar gracias a la principal peculiaridad del edificio electoral norteño. En Estados Unidos puede emerger ganador un candidato aún no siendo el más votado por la población. Lo que define al triunfador es que sea capaz de sumar más votos del Colegio Electoral que su contrincante. Cada Estado tiene un número de grandes electores igual al número de sus legisladores en el Congreso. Como regla el candidato que logra la mayor votación en un Estado se adjudica todos los votos de los grandes electores. El triunfo en una combinación de los estados con mayor cantidad de grandes electores podría conducir a que el ganador no necesariamente resulte el que mayor votación acumuló a nivel nacional. Precisamente las encuestas estarían indicando que Obama aventaja a su adversario por 237 votos electorales contra 191, quedando 110 votos en suspenso en los que el presidente saliente, a juzgar por las encuestas, tiene más probabilidades de agenciarse una mayor proporción. ¿Estamos ante un escenario realista o es un fruto más de la superchería que demasiadas veces acompaña las encuestas?

Si la tendencia del presidente saliente que marcha empatado o en desventaja a escasos días de la elección es a debilitarse, es sorprendente que aún así le alcance para capitalizar los resquicios de una caprichosa geografía electoral. Como regla las circunstancias privilegiadas que no le favorecen, aunque atenuadas en algunas localidades o regiones, actúan a nivel nacional y eso atañe al grueso de los estados.

Lo que demuestra que se trata de un escenario prácticamente improbable es que de 1901 a la fecha sólo se produjo una vez que el ganador de los votos electorales no coincidiera con el ganador de los votos populares (2000). Y en toda la historia electoral de Estados Unidos, aproximadamente cincuenta y seis elecciones, ha sucedido en sólo cuatro ocasiones, un raquítico 7.1% (1876, 1824 y 1888), casi siempre producto de circunstancias muy confusas. Sólo una vez un presidente saliente estuvo involucrado en un resultado de esa naturaleza, en 1888 Grover Cleveland y terminó perdiendo.

La enorme simpatía que despierta Barack Obama fuera de Estados Unidos seguramente está impidiendo que se vea con claridad que la tendencia dentro de Estados Unidos no es favorable a su reelección y que  probablemente luego del 6 de noviembre se nos venga encima otra larga y fría noche republicana.

La llegada del huracán  “Sandy” es un escenario apropiado para que el presidente despliegue un liderazgo enérgico e indiscutido del que parecen dudar sectores decisivos del electorado. Al mismo tiempo los efectos del huracán lastrarán la campaña que Obama venía realizando a favor del voto anticipado como último recurso para asegurarse que acudan  a las urnas la mayor cantidad posible de partidarios. Un nuevo efecto ambivalente en la campaña. Precisamente el tipo de impacto que tiende en última instancia a favorecer más al candidato retador que al defensor.

Mis sentimientos son encontrados, predecir el desenlace de un evento tan complejo hablari’a  a favor de los instrumentos de ana’lisis que empleamos en este blog,  pero ojala’ y errara en esta ocasio’n mi prono’stico.

Guadalajara, Octubre 28 de 2012

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Anuncios

Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s