La gran epopeya mexicana


el mole

A escasos días de firmarse un pacto entre el partido gobernante y sus más enconados adversarios, en el que acuerdan trabajar de conjunto una agenda nacional, los sucesos acontecidos en el Senado indican que la verdadera dinámica entre el poder ejecutivo y el legislativo durante el mandato de Enrique Peña Nieto, no será diferente a la que ha caracterizado los años de la alternancia (2000-2012).

La cámara alta será la arena principal de lucha, la pesadilla de los proyectos presidenciales que necesitan del visto bueno del Congreso.

La iniciativa presidencial cuyo desplazamiento hacia la cámara baja se obstruyó, Ley orgánica de la administración pública federal,  ni siquiera representa un cambio al status quo. Es una reforma administrativa con la que el gobierno persigue brindarle mayor jerarquía y control a la toma de decisiones en materia de seguridad pública. Digamos, es sólo el prólogo de proyectos más ambiciosos que arribarán más adelante. Aún así fue detenido, sin importar las formas.

Antes de los comicios de julio de 2012, entusiasmado o auto engañado  por los niveles de aprobación que exhibía su candidato, el PRI apostaba por que se haría con el control de las dos cámaras legislativas, un hecho inédito desde que la competencia política se hizo plural y menos manipulable. La realidad es que ni siquiera en la Cámara de Diputados alcanza por si sólo la mayoría absoluta, necesita del respaldo de Nueva Alianza, para alcanzar la cifra mágica (251).  La situación es aún más oscura en el Senado, con el apoyo de sus aliados allí controlan 62 curules, siendo necesarios 65 para  imponer las decisiones finales.

Hay que tener en cuenta que sin el respaldo del grupo parlamentario de la maestra Gordillo, la situación del oficialismo en ambas cámaras sería aún más difícil. A partir de ese dato podemos imaginarnos la magnitud de los avances en materia educativa que aportará  el actual sexenio.

El problema que enfrenta el oficialismo es el mismo contra el que han colisionado y naufragado todos los gobiernos desde la declinación del autoritarismo hasta la fecha,  ¿cómo lograr que las iniciativas o proyectos del Ejecutivo prosperen dentro de un sistema bicameral?  ¿Cómo lidiar exitosamente con un sistema legislativo que impide concretar  el mandato que se ganó en las urnas?

La experiencia con la que arriban los candidatos ganadores al poder ejecutivo tampoco facilita la solución  del acertijo. Vicente Fox y Enrique Peña Nieto, ambos ex gobernadores, traían como principal vivencia de sus estados el haber trabajado con una sola cámara dominada por su partido, una especie de extensión del poder ejecutivo. Un hándicap,  una visión deformada de la relación. Mientras Calderón, que contaba con experiencia legislativa a nivel federal, en cambio su currículo carecía de horas de vuelo en materia ejecutiva.

Lo que ocurre en un sistema bicameral como el de México es que cualquiera de las dos cámaras tiene por igual la facultad de castrar u obstruir la conversión de una iniciativa presidencial en política pública, condenando al presidente al aislamiento o motivándolo a actuar por fuera de las instituciones con las consiguientes secuelas perversas de ambos escenarios. Pero el verdadero problema reside en que, el costoso sistema de toma de decisiones es frenado ante una realidad que precisamente está urgida de acciones, elevando a una tensión indeseable la relación entre la sociedad y sus principales instituciones políticas.

Lo curioso es que los sistemas políticos contemporáneos democráticos, han aplicado por lo menos siete variantes para atenuar la simetría entre las cámaras legislativas  destrabando la toma de decisiones ejecutivas, pero México insiste en mantenerse a espaldas de esas experiencias.

En Inglaterra, la cámara alta o de los Lores directamente no cuenta con la facultad de desechar una iniciativa de ley aprobada por la cámara baja, a lo sumo puede tardar su entrada en vigor.

En Alemania, el poder de  la cámara alta o Bundesrat fue atenuado del modo siguiente, su facultad de veto sólo puede ejercerla en casos muy puntuales, específicamente cuando el proyecto aprobado por el Bundestag (cámara baja) afecte los intereses de los estados.

En Estados Unidos, a quien corresponde la paternidad del sistema aplicado en México, la salida del laberinto simétrico se consigue debido a que los principales partidos no son disciplinados, los legisladores tienen un margen de acción que les permite tomar distancia de la línea partidista. En pocas palabras, un presidente que se encuentre en minoría en una de las cámaras puede gestionar individualmente con los legisladores, por las buenas o por las malas, los votos necesarios para la aprobación de su proyecto.

En Uruguay en caso de desacuerdo entre las cámaras, ambas se reúnen en sesión para votar el proyecto, como el número de diputados es siempre muchas veces mayor al de senadores, la solución tiende a atenuar la facultad de veto de la cámara alta.

En otros países las observaciones del Senado pueden ser superadas o desechadas por una  votación mayoritaria o superior a 3/5 en la cámara baja.

Brasil y Colombia por su parte, países que hace menos de dos decenios  eran ingobernables y donde los presidentes estaban impedidos de llevar a cabo su agenda,  han elegido como vía para superar las trampas del bicameralismo simétrico la construcción de amplias coaliciones oficialistas que controlan más del 60% de los curules en ambas cámaras.

Y eligiendo una opción más drástica, naciones como Ecuador y Venezuela suprimieron la cámara alta convirtiendo sus sistema legislativo en unicameral, experiencia en la que  México fue quizás pionera por intermedio de la Constitución de 1857.

La principal lección que emana de esas experiencias es que países referentes a nivel global o regional, como Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Brasil y Uruguay, por vías ortodoxas o hetereodoxas, han coincidido en  atenuar la simetría entre sus cámaras legislativas para brindarle mayor operatividad al proceso de toma de decisiones. En cambio, México sigue apostando por la épica, ingeniar un sistema capaz de producir decisiones ágiles y eficaces ante una realidad altamente demandante, lidiando con un diseño institucional que viaja en la dirección contraria.

Pero las posibilidades de obstruir una iniciativa ejecutiva no se agota con las cámaras legislativas. Aún después de superar ese sinuoso filtro, e incluso  ser promulgadas, la iniciativa puede ser castrada o vetada por otro importante jugador institucional, la Suprema Corte de Justicia.

Existen por lo menos tres instrumentos que permiten a los actores políticos recurrir a la Suprema Corte para que anule la aplicación de una ley que contó con el aval de ambas cámaras legislativas, la controversia constitucional, la acción de inconstitucionalidad y el juicio de amparo. Sólo si un proyecto es capaz de superar esa carrera de obstáculos podrá convertirse en ley firme o política pública. Evidentemente, en el caso mexicano, los contrapesos son exagerados. Ante la función ejecutiva del color partidista que sea, se alza una especie de mecanismo anti ejecutivo.

La presencia de una Corte Suprema de Justicia con magistrados cada vez más independientes es una fortaleza para la democracia, pero al mismo tiempo una premisa que debe ser aprovechada para acometer lo que no debe demorar, la atenuación de la simetría bicameral por medio de la conversión del senado de un jugador institucional con veto fuerte a un jugador con un poder de veto más moderado o incluso débil.

En pocas palabras, una democracia que cuenta con una Suprema Corte independiente no le favorece un bicameralismo simétrico o fuerte, sobre todo cuando la clase política aún no madura para acercar posiciones y alcanzar acuerdos, es alérgica a los conceptos de coalición y cogobierno e impone a sus bancadas legislativas la sumisión total a la línea decidida por las cúpulas.

Sin embargo, en México el tema no es siquiera objeto de debate, el país se desgasta secuestrado por un diseño institucional en que a sus actores  les interesa más la apariencia que la propia democracia. La nación escribe su gran epopeya, a quien le importa que el mole siga quedando aguado y amargo.

Orestes E. Díaz Rodríguez, UDG

Diciembre 10, 2012

www.orestesenrique.wordpress.com

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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