“La paz en los tiempos del cólera”


la paz en los tiempos del cólera

 

Una ligera inquietud distrae aún a Sudamérica de la atracción que ejerce el inicio de los Juegos del Mundo, ¿quién va a ganar la segunda vuelta en Colombia?

Más allá de promediar los resultados de las encuestas, de llenar bitácoras con los hechos de campaña y de calcular los votos que supuestamente endosan los apoyos que cada bando en pugna recibió en los últimos días, ¿es posible por una vía más fiable captar con anticipación y certeza el desenlace?

El intento más interesante y casi exclusivo en esa dirección partió de Daniel Zovatto (1). Apoyándose en estadísticas, el politólogo argentino señaló que desde 1978 un presidente en funciones no pierde una reelección en Sudamérica, que aunque no es la norma, en varias oportunidades el perdedor de la primera vuelta había logrado en la segunda revertir un resultado adverso y que cuando la competencia es reñida el efecto principal es que disminuye la abstención. Su conclusión fue que tendremos un final de infarto (2).

Son bienvenidos los datos, especialmente el referido al comportamiento de la abstención, pero la conclusión no dice mucho, es casi lo mismo que un desempleado dijera en el mes de enero que el año pinta duro. ¿Acaso no merecemos mucho más que la sugerencia de que el final de la competencia será reñido? Necesitamos ver con antemano los contornos del rostro que emergerá como triunfador. ¿Es posible?

La característica decisiva de la elección que se avecina es que se trata de la competencia entre un presidente en funciones contra un ex presidente reciente y relativamente exitoso. A efectos del análisis, el candidato Óscar Iván Zuluaga es sólo un presta nombre, un intento por velar la naturaleza real del fenómeno, la disputa entre Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. El efecto inmediato es la tendencia a la nivelación de la contienda, el crecimiento de las posibilidades de imponerse para el candidato retador.

¿Es nueva esa circunstancia? Es casi inédita, pero existen antecedentes suficientemente cercanos a la situación actual que nos pueden brindar indicios que sopesados con prudencia resultan de utilidad.

Carlos Saúl Menem contendió como ex presidente reelecto en las presidenciales argentinas de 2003, contra el “delfín” del entonces presidente provisional Eduardo Duhalde, ganando la primera vuelta y retirándose luego antes del balotaje, rendido a la evidencia de que el resultado sería desfavorable.

Keiko Sofía Fujimori contendió en los comicios generales de 2011 en Perú, representando en la práctica a su padre, el ex presidente reelecto Alberto Fujimori, y perdió la segunda vuelta ante Ollanta Humalá.

El ex mandatario chileno Eduardo Freyre Ruiz-Tagle, no pudo lograr su propósito de reelegirse cuando perdió la segunda vuelta en 2009 ante su adversario Sebastián Piñera.

En cambio el ex presidente Alán García que tuvo en los años 80 un mandato pésimo, logró sin embargo reelegirse cuando lo intentó en 2006 contendiendo contra Ollanta Humalá.

¿Qué es lo que determina entonces que un ex presidente pueda reelegirse?

Una circunstancia asombrosamente simple, que la percepción dominante que la sociedad tenga de las características de su mandato sea más favorable o menos perjudicial que la que tiene sobre el adversario que enfrenta.

Menem se vio obligado a retirarse debido a que la sociedad argentina lo terminó asociando con un estilo de dirección absolutamente corrupto. Keiko Fujimori no pudo imponerse debido a la sospecha de que su triunfo devolvía el poder a un modo de hacer política que no respetaba ninguna regla o ley. Ruiz-Taglee fracasó porque su regreso después de veinte años de gobierno de la coalición de centro izquierda no generaba las perspectivas de cambios que reclamaba el votante chileno. En cambio, Alán García pudo vencer pese a que su mandato anterior había sido un desastre, debido a que su adversario, el entonces pro chavista Ollanta Humala, despertaba mucho más temores.

De modo que el eventual retorno al poder de Álvaro Uribe depende, ante todo, de que la percepción dominante sobre sus dos mandatos anteriores sea mejor o menos perjudicial que la que se tiene sobre un eventual nuevo mandato de Juan Manuel Santos. ¡Esa es la cuestión!

Y lo que ha pasado es que, de hecho, la segunda vuelta electoral colombiana se convirtió en un debate sobre la verdadera herencia de los dos mandatos de Álvaro Uribe. A inicios de la campaña una encuesta reveló que Álvaro Uribe era el político con mejor imagen en Colombia, pero apenas dos meses después la situación no es la misma. Cada vez existe una percepción más diáfana sobre la profundidad de los puntos grises de su gestión. La sociedad gana conciencia con respecto a que el retorno de Uribe significa la vuelta de la crispación, de la pésima relación con los países vecinos, de la presión y espionaje a los medios, la intelectualidad, los representantes electos de cualquier nivel, del vale todo para alcanzar los fines, y sobre todo, del enquistamiento del conflicto armado interno. Un retorno de Uribe ya no representa una esperanza de mejoría sino de que la sociedad se vuelva rehén de prácticas inescrupulosas por otros largos ocho años. Uribe va perdiendo su posición icónica, su herencia fue analizada, desmitificada y rechazada. El ex presidente no sale bien parado cuando la sociedad se pregunta ¿para qué favorecer que vuelva? ¿Qué ganamos?

En la trinchera opuesta se encuentra Juan Manuel Santos. Lo que él significa también genera grandes reservas en el votante. No sólo proviene del entorno de Uribe, sino que no está reñido con la corrupción y además tiene excesivas caras. Lo que ayuda a Santos es que ante su adversario él aparece como el único candidato que verdaderamente podría aportar algo realmente nuevo en la dinámica de los cuatro años subsiguientes, el fin del conflicto, la conquista de la paz. Pero además, no existe el riesgo de que logre aferrarse al timón de mando. Haga lo que haga en cuatro años se marchará y los colombianos podrán decidir su propio destino sin tener que lidiar con la sombra de un caudillo. Entonces, el desenlace de la elección depende de en qué medida el tema de las negociaciones de paz se haya posicionado como clave en el imaginario colectivo.

La percepción que tenemos es que lo es. Así lo manifiesta el apoyo recibido en la última semana por parte de los sindicatos, los empresarios, los indígenas, los intelectuales. A menos que en el último momento se produzca artificialmente un hecho dirigido a abortar la tendencia, Santos, debe resultar el favorecido. Es la oportunidad de Colombia de dejar atrás de una vez por todas las secuelas del “cólera”.

Orestes E. Díaz Rodríguez

Tulum

Junio 13, 2014

 1) El artículo original de Zovatto aparece en infolatam.com

2) Curiosamente Zovatto también empleó ese término, “de infarto”, para predecir el final de la contienda en EE.UU.  entre Obama y Romney.

 

 

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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Una respuesta a “La paz en los tiempos del cólera”

  1. Hace un rato se supo que Juan Manuel Santos ganó la reelección. Fue bueno saberlo. Aunque lo avisé en este artículo hace dos días atrás, siempre hay un espacio para la duda o el error y mucho más para la tensión. Lo que disfruto es que los “instrumentos” que pruebo desde hace 4 años, cada vez son más precisos. La última prueba son la serie de cuatro escritos sobre las elecciones generales colombianas que subí a este blog, es exactamente lo que ha ocurrido… ¡Enhorabuena!

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