¿Cuánto dura un idilio?


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En los últimos años si una nación ha resultado pródiga por su capacidad de promover preguntas y atraer la atención global, es Brasil.

Las preguntas comenzaron doce años atrás, cuando el mundo se preguntaba si no era excesivamente venturoso que una sociedad de 200 millones de habitantes decidiera entregar el poder a un ex líder sindical que apenas había concluido la enseñanza primaria.

Cuando en medio del primer mandato presidencial del otrora sindicalista un escándalo de corrupción barrió con la totalidad de la plana mayor de su partido incluido su mano derecha, los cariocas y el mundo no pudieron dejar de hacerse la misma pregunta, Lula, ¿estaba realmente al margen?

Sea cual fuera la respuesta, lo cierto es que tras dos períodos consecutivos, mimado por la opinión pública nacional y extranjera y presumiendo palmarés económicos y sociales, el hombre que un inicio había sido centro de todas las dudas se dio incluso el privilegio de trasmitir el timón de mando a una sucesora de su absoluta confianza.

Las preguntas no cesarían por ello. Sólo tres años después de traspasar el testigo, cuando el país acogía el primero de una serie de grandes eventos destinados a promover sus aspiraciones geopolíticas, intempestivamente se vio colapsado por las protestas. La comunidad mundial se vio obligada a un nuevo esfuerzo interpretativo encaminado a discernir, cuál era el origen de la insatisfacción generalizada de ciudadanos que supuestamente habían tenido gobiernos tan exitosos.

Pero lo que nadie podía prever es que el desenlace del nuevo ciclo de renovación de mandatos al más alto nivel desencadenado por la convocatoria a elecciones generales girara, nada más y nada menos, que en torno a una pregunta cuyos fundamentos son mucho más psicológicos que políticos, ¿cuánto dura un idilio?

Tan sólo a mediados de agosto del año en curso la percepción unánime era que el partido de los trabajadores (Dilma Rousseauf) y el partido de la social democracia brasileña (Aécio Neves) se disputarían el poder, como viene ocurriendo desde hace veinte años.

La muerte accidental del candidato del partido socialista Eduardo Campos y la designación de Marina Silva como su sustituta revolucionó por completo la ecuación. De guiarnos por las encuestas, meteóricamente Marina desplazó a Aécio (PSDB) y alcanzó a Dilma (PT) perfilándose como eventual vencedora en una potencial segunda vuelta por más de 10 puntos porcentuales.

¿Quién es Marina Silva? Fue ministra de Lula hasta que renunció y tomó distancia del partido de los trabajadores. En la campaña presidencial anterior, compitiendo bajo el pabellón verde, obtuvo el tercer lugar gracias al respaldo de casi veinte millones de compatriotas. Su vida es una leyenda de superación personal en la que se sobrepuso al analfabetismo (aprendió a leer a los 16 años), la pobreza extrema y las enfermedades crónicas. Pero su ascenso supersónico en las preferencias se asocia fundamentalmente con el hecho de que la desaparición física sorpresiva del prometedor líder socialista Eduardo Campos tuvo el doble efecto de, por una parte, arropar emocionalmente la candidatura de su sustituta, y por otra, de conectar las aspiraciones de cambio de millones de brasileños, emergidas durante las manifestaciones de un año atrás, específicamente con la persona de Marina.

Por el momento los insatisfechos con la gestión del PT y las visiones del opositor PSDB no han notado o no les importa que Marina no tenga experiencia de gobernar siquiera un municipio. No les preocupa que no tenga el respaldo de un partido propio. No les quita el sueño de que sus apoyos parlamentarios son casi inexistentes. Tampoco que en su plan de gobierno tienen más peso los deseos que las realidades y que en un eventual gobierno tendrá que enfrentar la gruesa artillería de casi toda la clase política, como ya ocurrió entre 1990 y 1992 con el fallido mandato e Fernando Collor de Mello. Su apuesta es Marina. Ella y sólo ella encarna el ideario del nuevo Brasil a que aspiran. Hay una conexión por encima de cualquier experiencia o precaución. El elector se entrega. Nace un idilio.

Falta aún un largo mes para la primera vuelta y un poco más para el desenlace final en la instancia decisiva. Por eso la pregunta que se hace tanto el que no se ha sentido atraído como el afectado por la intempestiva relación es, ¿cuánto dura un idilio?

Pero, ¿hasta donde puede impactar la desaparición física de un candidato presidencial en el ulterior resultado electoral de su sustituto?

A muy poco de concluir su primer mandato electoral en Argentina se vislumbraba muy difícil que Cristina Kirchner enfrentara con éxito una eventual reelección ante el desgaste de su gobierno especialmente en el dilatado conflicto con el campo y la durísima derrota electoral sufrida en las elecciones parlamentarias intermedias. Sin embargo, la muerte sorpresiva de su esposo y ex presidente Néstor Kirchner tuvo el efecto de relanzar una nueva visión de la mandataria por parte de amplios sectores sociales que la condujo a una victoria aplastante en primera vuelta.

En 1989 fue asesinado en Colombia el candidato presidencial del partido liberal Luis Carlos Galán cuando centraba su campaña en la lucha contra el narcotráfico y contaba con un 60% de apoyo en las encuestas. Su sustituto César Gaviria se alzó con un triunfo inobjetable en las elecciones presidenciales del siguiente año.

En 2013 el artefacto donde volaba el candidato presidencial paraguayo Lino Oviedo se desplomó, pero su muerte no catapultó las posibilidades de su sustituto.

También en 2013 luego de someterse a varias intervenciones falleció como consecuencia del cáncer el presidente de Venezuela Hugo Chávez. Pese a haber dirigido el país durante 14 años, ganar la última elección presidencial por un margen mayor a diez puntos y designar personalmente a su sucesor, de ningún modo puede concluirse que su desaparición física tuvo el efecto de garantizar el triunfo ulterior de su delfín. Nicolás Maduro emergió ganador con un margen porcentual mezquino e ilegítimo cuestionado por la oposición y la comunidad internacional.

No hay un impacto unívoco. Entonces, ¿de qué depende la conexión especial entre el candidato sustituto de aquel que desapareció físicamente y el electorado? ¿Cómo saber si será tan duradera que le permitirá solventar las dificultades de la campaña y ganar la elección? Y ante esa eventualidad, ¿cómo proceder para impedirla? En resumen, ¿cómo abortar un idilio? A estas horas esa, precisamente, es la pregunta que quita el sueño a Dilma, Lula y el séquito de asesores y aliados.

 

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Tulum

Septiembre 2 de 2014

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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