¿Cómo abortar un idilio?


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Para que se produzca un idilio entre los votantes y el sustituto de un candidato o político que fallece, importan tres cosas, la imagen del sujeto que desaparece físicamente, la forma en que muere y la percepción que la sociedad tiene de la persona que toma el lugar del occiso.

El nivel de aprobación del ex mandatario argentino Néstor Kirchner iba en declive al momento de su muerte, sobre todo porque siendo ex presidente se involucraba excesivamente en la toma de decisiones  que correspondían ante todo a su esposa Cristina Fernández, la presidenta constitucional. Pero Kirchner tenía el mérito de haber sorteado la crisis de inicio de siglo y su gestión había sido satisfactoria al punto de permitirse traspasar la banda presidencial a su esposa( “El lado oscuro del corazón”, 2010, archivos). Su deceso no estuvo asociado con un accidente pero fue súbito, cimbrando al país la forma en que abandonó el escenario político. Cristina Fernández viuda, frágil y heredera de un proyecto político tenía entonces la posibilidad de tomar sus propias decisiones. El reencuentro con el elector fue automático (“Argentina: Fin del eclipse”, 2010, archivos). No hubo necesidad de segunda vuelta y políticos que tenían aspiraciones presidenciales, como el alcalde capitalino Mauricio Macri, ni siquiera se registraron como candidatos al comprobar la fortaleza del viento que soplaba a favor de la mandataria.

El idilio que propició la muerte de Luis Carlos Galán en Colombia, entre su sustituto César Gaviria y el electorado tuvo matices menos sutiles. Como candidato Galán enarboló la bandera de enfrentar frontalmente al tráfico de estupefacientes en un país donde los capos del narco eran un poder fáctico en expansión. Galán fue ultimado en Soacha. Gaviria, que en ese entonces era el jefe de debate de su campaña accede a ser sustituto a pedido del hijo de Galán, volcándose sobre él los sentimientos de impotencia del electorado ante la pérdida de un político que no temió al fenómeno que la mayoría rehuía confrontar. Gaviria dobló en votos al ocupante del segundo lugar. Una paliza.

En cambio la muerte del candidato presidencial paraguayo Lino Oviedo en medio de la campaña electoral de 2013 no generó el menor idilio. El mejor momento de Oviedo había pasado y su nombre estaba mucho más asociado con asesinatos, magnicidios, golpes de estado y caudillismo( “El caso de Lino Oviedo”, 2013, archivos). Decididamente tenía una imagen controvertida ante el elector que tendía a enfocarlo más como un sobreviviente de la vieja política, capaz de todo, pese a que el partido que creó lo denominó ostentosamente “Unión Nacional de Ciudadanos Éticos”. Al momento del deceso su aprobación no era significativa. No podía de ninguna forma trasmitir un idilio.

Pero quizás el caso más interesante  es el de Hugo Chávez y su sustituto Nicolás Maduro. ¿Por qué fue tan breve la conexión  entre Maduro y los votantes si es que realmente la hubo?  Ni que decir que en apariencia Chávez era un político con capacidad para legar un eventual idilio entre su potencial sustituto y buena parte del electorado. Incluso, su muerte agónica y a destiempo, después de incontables operaciones, tuvo una sustancial carga épica. Pero las elecciones presidenciales efectuadas meses después de su deceso demostraron que la conexión sentimental con el sucesor fue insuficiente. Ni siquiera existe una evidencia confiable del triunfo. Maduro despilfarró en tiempo brevísimo un capital enorme de votos. (“Presidente encargado”, 2013, archivos, “Introducción al postchavismo”, 2013, archivos) 

Con la desaparición física del caudillo, también debió esfumarse buena parte del temor que infundía, pero en la desangelada conexión de Maduro con el electorado incidieron además la exuberante cantidad de errores inducidos, y cometidos  también, por el sucesor designado que terminaron por asfixiar el sentimiento. La manipulación descarada de todo el proceso de la enfermedad de Chávez, la violación de la voluntad constitucional con una interpretación libérrima del proceso sucesorio, el mimetismo ridículo en los gestos, oratoria y modo de conducta del occiso, la fantasía del pájaro, en fin, casi todo lo que hizo Maduro, fue esencialmente violento con las sensaciones que caracterizan a un idilio. Quizás porque, pese a ser escogido por Chávez, era el sujeto inapropiado para dar rienda suelta a la mística.

Muy diferente es la situación en el caso de Brasil. Antes de morir Eduardo Campos era un político prometedor con un nivel de aprobación como gobernador de casi el 80% que marchaba tercero en las encuestas presidenciales, y que algunos analistas lo situaban como el candidato con mayores perspectivas de asirse la banda en 2018.

Su muerte repentina le convirtió en mito, y para colmo, su sustituta, Marina Silva, cuenta con una imagen nacional más hecha y con mucho más seguidores que el propio occiso. Marina Silva es una quizás la versión brasileña del outsider, no vinculada con la corrupción ni con las prácticas de las élites partidistas, defensora del medio ambiente y con una historia de vida con poco que envidiar al mejor guion épico imaginado en Hollywood. Su meta es un Brasil mucho mejor al creado por la gestión petista. Lo que ha dado el Brasil de Lula y Dilma a los brasileños para ella es insuficiente. Justamente, ese es el reclamo del movimiento de insatisfechos que asedió un año antes la Copa Confederaciones y que se mantiene expectante porque no cree que la añeja ecuación PT vs. PSDB o viceversa, pueda concretar sus aspiraciones al ritmo y en la proporción que necesitan.

Tampoco creían que Eduardo Campos pudiera hacerlo. De pronto, irrumpe Marina Silva como si  todo hubiera estado predestinado, como si sus más íntimos reclamos fueran escuchados en el “más allá”. Marina es distinta, es casi parte de ellos, carne y hueso, corazón y espíritu. La ecuación es perfecta. El idilio es inmenso, tan grande que en sólo dos semanas la candidatura que ahora comanda abandona el tercer lugar superando a la de Aécio Neves y crece más de veinte puntos para alcanzar a la propia Dilma. El cielo es tomado por asalto.

Pero aún no llegó a su techo, puede seguir creciendo.  Es lo que sucede cuando un candidato es portavoz de un paradigma que se conecta con los anhelos más fervientes de sectores clave del electorado y además está arropada por la triple mística derivada de la perdida física de su antecesor, del modo azaroso en que se produce su irrupción y su propia historia de vida.

¿Cómo se aborta un idilio?

En el partido de Lula han dado señales de que  tienen claro lo que corresponde. Ya no se puede ignorar el efecto Marina Silva, es demasiado peligroso. Lo que hay que hacer, y no es fácil, porque no se trata de Nicolás Maduro, es inducir a Marina Silva a cometer graves errores a contradecirse y demostrar que de ninguna manera puede llevar a puerto alguno la enorme expectativa que ha generado.

Hay que poner en evidencia las inconsistencias de su programa,  y sobre todo reclamarle que detalle los medios con los que conseguirá las ambiciosas metas que se propone. Es un terreno propicio para generar fallas y que una parte del electorado pueda calibrarla de un modo más objetivo. Es esencial, terrenalizar su figura. Dejar en evidencia sus  limitaciones. Tarde o temprano es lo que sucederá, pero es clave que tenga lugar antes de la elección.

Algo de eso ha sucedido en los últimos días. De hecho hay bajas en las filas de Marina Silva debido a que envió un guiño al movimiento gay al incluir sus demandas en su programa, para el día siguiente, consecuencia de cálculos y presiones, rectificar y excluirlo.

Quizás el contrataque del partido de los trabajadores hasta  pueda impedir que Marina supere  a Dilma en la primera vuelta, algo que ratificaría  prematuramente sus enormes  posibilidades de dominar la instancia decisiva. Pero el verdadero asunto de fondo es que el escollo fundamental de la reelección de Dilma Rousseff no es precisamente Marina Silva. Pero ese es otro análisis que reclama espacio y momento propios.

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Tulum

 septiembre 2014

 

 

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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