España, un largo camino a la democracia (II)


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Mario Rodríguez Pantoja

(Colaboración especial)

 

Durante los años de dictadura de Primo de Rivera se produce el desmontaje del sistema político articulado sobre la Constitución de 1876, pero el Dictador y sus colaboradores se habían propuesto el objetivo mucho más ambicioso de regenerar la Monarquía, extremo que a la postre resultó imposible.

 

Al menos en el ámbito de las instituciones y la administración del reino, los esfuerzos constructivos de los “regeneracionistas” no cristalizaron. Ni la Asamblea Nacional consultiva ni el “apolítico” partido Unión Patriótica ni el Somatén ni el Estatuto Provincial ni el Municipal consiguieron plena implantación y perdurabilidad. Y la Constitución que se redactó a solicitud del Directorio vino a estar lista demasiado tarde, justo cuando el sueño de un Estado corporativo para España iba cediendo ante la labor demoledora de sus propios antagonismos.

 

Las reformas primorriveristas se proponían preservar el molde monárquico reforzando el elemento autocrático, suprimiendo intermediaciones y contrapesos, sublimando la capacidad interventora del Estado en calidad de “salvador” de la Patria y sus “estamentos”. Y todo esto sin interrumpir los procesos de modernización y progreso material puestos en marcha mucho antes del golpe militar, sino más bien multiplicando sus efectos. En breve plazo se puso de manifiesto que la conjugación de estos componentes era un empeño sin futuro.

 

Así, por ejemplo, los propietarios rurales y los dueños de fábricas tolerarían la existencia de Comités Paritarios y leyes de arbitraje laboral siempre y cuando no hubiera conflictos que arbitrar; por su parte Francesc Cambó y la Lliga Regionalista, no obstante ser muy “de orden”, deseaban para Cataluña una alta cuota de autonomía controlada por ellos, y si bien eran contrarios a los designios de un Macià, tampoco estaban dispuestos a tolerar el asfixiante centralismo político del Directorio.

 

Quizá el mejor botón de muestra de la inconformidad general causada por la dictadura sea el malogrado complot que encabezara Sánchez Guerra en enero de 1929, que recibió colaboración activa tanto de monárquicos pre riveristas como de republicanos anti-monárquicos, y al que se sumaron altos oficiales del Ejército con preferencias políticas marcadamente distintas, como eran los casos de Gonzalo Queipo de Llano y Eduardo López Ochoa.

 

Lo cierto es que a mediados 1929 Primo de Rivera se hallaba sin apoyos de ningún tipo, hostigado por las críticas de destacados intelectuales y por protestas estudiantiles aplacadas con la ocupación militar y el cierre de universidades. También se dispara el número de huelgas obreras, reprimidas igualmente por las fuerzas del orden. Para colmo de males corren rumores de otra sublevación militar fraguándose a las órdenes del general Manuel Goded Llopis. Consciente de hallarse en completa soledad, en enero de 1930 Primo de Rivera presenta su renuncia al rey. Catorce meses después caerá la Monarquía.

 

Dámaso Berenguer es el elegido por los medios cortesanos como sucesor del marqués de Estella al frente del Gobierno. Se esperaba de él que, por ser un general sin significación política y contar con prestigio dentro de las Fuerzas Armadas neutralizase las turbulencias dentro del Ejército, pudiendo conducir así la transición del primorriverismo al orden constitucional de 1876. Una especie de borrón y cuenta nueva que supuestamente se realizaría convocando a Cortes ordinarias según el sistema electoral anterior a la dictadura. Con esta vuelta al pasado quedaría atenuada la responsabilidad de la Corona con el largo “paréntesis regeneracionista”.

 

Para atraerse simpatías, Berenguer dicta una amplia amnistía para los delitos políticos; repone en sus plazas a profesores universitarios sancionados por oponerse al Directorio; autoriza el funcionamiento de instituciones como el Colegio de Abogados y el Ateneo de Madrid, portavoces de la burguesía democrática; permite la legalización de los organismos provinciales de la CNT y deroga el Real Decreto que otorgaba poderes extraordinarios al presidente del Gobierno. Aun así, Berenguer no consigue formar un equipo ministerial balanceado: Gabriel Maura, José Sánchez Guerra y Francesc Cambó rehúsan tomar parte, por lo que el presidente debe conformase con un Ejecutivo poco representativo, y, por si esto fuera poco, inspirado en el caciquismo retrógrado del conde de Bugallal.

 

El caso es que pese a los esfuerzos del Ejecutivo los partidos políticos de la Restauración no se recuperan, sino que por el contrario entre sus filas aparecen partidarios de la abdicación del rey e incluso del republicanismo, como Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura. Estos últimos se transforman en piezas fundamentales de la vida política española durante los años 30.

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Acerca de orestesenrique

Master en Filosofía por la Universidad Estatal de Moscú, Abogado (Universidad de La Habana), Profesor de Sistemas políticos comparados por la Universidad de Guadalajara, de Soluciones a conflictos internacionales por la Universidad del Valle de México y Derecho Constitucional para curso de Maestría de la Universidad América Latina. Columnista del diario de Guadalajara, "El Informador"
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