España, un largo camino a la democracia (III)


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Por Mario Rodríguez Pantoja

(colaboración especial)

En 1930, mientras las facciones monárquicas ahondaban sus luchas intestinas, las fuerzas contrapuestas a la Monarquía alcanzaban formas organizativas más acordes a sus deseos de efectuar una revolución política. Dichas agrupaciones eran básicamente de dos tipos: anarquistas y republicanas. El PSOE y UGT aún no abandonaban la inveterada pasividad con que se situaban de hecho dentro del ámbito conservador, como aliados del statu quo. Julián Besteiro y otros dirigentes del PSOE teorizaban acerca de su conformidad con el orden de cosas argumentando que la clase de los trabajadores no poseía suficiente madurez como para proponerse encabezar un cambio de régimen, y que si había una revolución pendiente, ésta era asunto de otros, no de los socialistas.

El republicanismo arriba a esta fecha disperso en una serie de pequeños partidos y grupos de opinión con ideas y aspiraciones marcadamente distintas. No obstante llegan a solidarizarse en la lucha contra la dictadura y ya en 1925 crean una plataforma encargada de coordinar una acción opositora conjunta: la Alianza Republicana.

De acuerdo con Julio Gil Pecharromán algunos miembros de la Alianza, conscientes de la debilidad del republicanismo proponían recurrir a la conspiración con apoyo clave de militares afines. Otros, eran partidarios de la victoria por vía electoral atrayendo el voto y la incorporación activa de los socialistas. Como manifestación de estas diferencias tácticas, integrantes de la Alianza se separan de ella y fundan en 1929 el Partido Republicano Radical Socialista, con la participación en sus filas de personajes como Marcelino Domingo, Álvaro de Albornoz, Victoria Kent, Juan Botella Asensi y Ángel Galarza.

Casi a continuación de que apareciera el PRRS, otro de los integrantes de la Alianza -el Grupo de Acción Republicana- también decide convertirse en partido pero sin salirse de ésta. El GAR había sido hasta entonces una minúscula agrupación sin organigrama ni jerarquías que reunía a destacados intelectuales y profesionales como José Giral, Enrique Martí Jara, Luis Jiménez de Asua, Ramón Pérez de Ayala y Manuel Azaña Díaz.

El 14 de mayo se realiza una nueva reestructuración de estas fuerzas opositoras: el PRRS y el resto de partidos que permanecían en la Alianza acuerdan crear un comité

conjunto (de Unión Republicana) con el objeto de “conseguir la instauración y consolidación de la República en España”. A dicha Unión se incorporan además la recién creada Organización Republicana Gallega Autónoma (ORGA), el valenciano Partido de Unión Republicana Autonomista (PURA) y la Derecha Liberal Republicana (DLR). Esta última, aparecida en julio de 1930, se componía de elementos provenientes del caciquismo restauracionista y tenía de inspiradores a los políticos ex monárquicos Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura. La DLR preconizaba un tipo de República a la que pudiesen sumarse “las gentes de orden”.

Abel Paz, biógrafo de Buenaventura Durruti, subraya el hecho de que la Monarquía española no fuera derribada por un levantamiento popular espontáneo, sino que lo que se efectuó fue un traspaso controlado y pacífico del poder de manos del último Gobierno de Alfonso XIII a las de las nuevas autoridades del Gobierno provisional republicano. En ello, según Paz, fue determinante el papel desempeñado por esos “republicanos con alma de monárquicos” que de la noche a la mañana brotaron a la superficie.

Para Miguel Maura las libertades que Dámaso Berenguer se vio obligado a restituir habían permitido el regreso de la CNT a la vida sindical activa en condiciones más o menos legales. “Si permitimos que este resurgimiento se despliegue sin contención -escribió Maura-, ocurrirá entonces una revolución profunda y no quedará nada del viejo Estado monárquico. La ola popular barrerá con todo y España se transformará en un inmenso soviet anarquista”.

La reanudación de la actividad de la CNT comenzó a atemorizar no sólo a los gobernantes de la Monarquía sino también a los políticos que conspiraban contra ella. Grupos de la Federación Anarquista Ibérica ya estaban ocupados en un plan subversivo con el capitán Alejandro Sancho a la cabeza. Dicho plan consistiría en instigar disturbios simultáneos en varias ciudades -Bilbao, Logroño, Zaragoza, Calatayud, Teruel, Sagunto, Valencia y todas las de Andalucía-, maniobras múltiples de distracción permitirían a los anarquistas de la capital catalana asaltar el Arsenal de Barcelona, armar a la población y tomar el poder. Formarían el Comité Revolucionario anarquista, además del capitán Alejandro Sancho, el dirigente estudiantil Ricardo Escrig, el representante de la dirección nacional de la FAI Manuel Fernández, y los miembros del comité regional de la CNT en Cataluña Bernardo Pou y J.R. Magriñá.

Para Paz, la contrarrevolución había hallado su hombre ideal en Maura, quien comprendió desde el principio que, dadas las circunstancias, la mejor manera de defender los intereses de las clases privilegiadas -e incluso de la Monarquía- era declararse republicano. Así lo hizo saber al rey mucho antes de reonocer públicamente su inusitada y repentina “fe” política. “Si otros en nuestro partido siguieran mi camino -pensaba Maura-, no sólo crearíamos un colchón que protegería a la Monarquía en su caída, sino que además el paso a la República sería apenas un maquillaje en el escudo real”. A Maura lo siguió al menos Niceto Alcalá-Zamora, asistente del conde de Romanones y ex ministro de la Guerra con Alfonso XIII.

¿Cómo podían Maura y Alcalá-Zamora dirigir el curso de los acontecimientos y con qué fuerzas hacerlo?, pregunta Abel Paz. ¿Cómo podían estos monárquicos de corazón imponerse al movimiento popular contra la Monarquía, obligándolo a obedecer sus órdenes? Según Paz, lo suficiente a los fines políticos de Alcalá-Zamora y Maura no era actuar de republicanos moderados, sino aparentar que subían al carro de la revolución. Pero ¿fiándose de quién y en qué?

El PSOE y su sindicato UGT podían ayudar a los propósitos de los “republicanos de orden”. Durante los siete años de dictadura estas formaciones se mantuvieron intactas gracias a su actitud colaboracionista. El primer paso de Derecha Liberal Republicana respecto a dichas fuerzas fue ganar el apoyo del influyente Indalecio Prieto, que había mostrado cierta reticencia a la “capitulación” del PSOE cuando el primorriverismo, dificultad que no existía con Largo Caballero, por ejemplo, que había ejercido de consejero de Estado durante la dictadura. Maura sostuvo conversaciones con Prieto y se pusieron de acuerdo. De esos encuentros, según Paz, surgió la idea de convocar la reunión del 17 de agosto de 1930 en que se firmó lo que se conoce como Pacto de San Sebastián.

A esa reunión del 17 de agosto asistieron Manuel Azaña y Alejandro Lerroux por la plataforma Alianza Republicana; Marcelino Domingo, Álvaro de Albornoz y Ángel Galarza por el Partido Republicano Radical Socialista; Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura por Derecha Liberal Republicana; Santiago Casares Quiroga por Organización Republicana Gallega Autónoma; Manuel Carrasco Formiguera por Acció Catalana; Jaume Aiguader por Estat Català, y Macià Mallol Bosch por Acció Republicana de Catalunya. Entre quienes participaron a título personal se hallaba Indalecio Prieto.

En esta reunión que tuvo de promotor principal a Miguel Maura se acordó nada más y nada menos que la creación de un Comité Revolucionario bajo la presidencia de Alcalá-Zamora, cuya finalidad sería coordinar el levantamiento armado contra la Monarquía. Durante la reunión también se aceptó atender las reivindicaciones de autonomía de los republicanos catalanistas tras la proclamación de la República, así como establecer conversaciones formales con las organizaciones obreras anarquistas y socialistas. El acuerdo con los catalanistas, “pacto entre caballeros” en palabras de Maura, no fue puesto por escrito, y, como era de esperar, sería fuente de “malentendidos” a partir de abril de 1931.

El día 20 de octubre de 1930 la Ejecutiva del PSOE se adhiere por fin al Pacto de San Sebastián. De esta manera, además de Indalecio Prieto pasan a integrar el Comité Revolucionario Francisco Largo Caballero y Fernando de los Ríos. A partir de entonces las organizaciones socialistas contraen el compromiso de desencadenar una huelga general cuando estallase la insurrección.

En una de las fuentes citadas por Paz, el futuro ministro republicano Miguel Maura confiesa que sólo a muy pocos firmantes del pacto de San Sebastián los entusiasmaba la idea de un levantamiento popular que para la mayor parte del Comité Revolucionario no pasaba de ser un desafío verbal al régimen.

El escollo que quedaba al programa maurista de derrota controlada de la Monarquía lo constituían, pues, la CNT y la FAI. Se sabía que dentro del Ejército había oficiales de ideología anarquista -como Alejandro Sancho y Fermín Galán- preparando rebeliones que la gente “de orden” como Maura y Alcalá-Zamora debía tomarse muy seriamente. Según Abel Paz, Miguel Maura buscó y halló cómo detener o desbaratar los complots que organizaban estos dos capitanes e impidió con ayuda de colaboradores eficaces que la CNT interfiriera en el traspaso del poder monárquico a los republicanos del Comité controlados por Alcalá-Zamora y él.

Así, el supuesto republicano y revolucionario Miguel Maura acude al general Emilio Mola, a la sazón director de Seguridad del reino para -entre ambos- arruinar los planes subversivos de Sancho y Galán. Como primer paso, Mola envía una circular a todos los gobernadores en la que ordena efectuar redadas contra los anarquistas. Uno de los primeros arrestados por la policía es precisamente Alejandro Sancho, que casi inmediatamente muere en una prisión militar.

Una huelga que estalla en Madrid como consecuencia de cuatro obreros muertos en accidente de trabajo y de dos más asesinados por la policía cuando intentaba dispersar el multitudinario sepelio, es seguida en solidaridad por los trabajadores de Barcelona. Ello dio pretexto a Mola para cerrar dependencias de la CNT y encarcelar sindicalistas vinculados a los preparativos de alzamiento en que participaba Alejandro Sancho.

Sólo quedaba por el momento el reto que representaba Fermín Galán, relacionado directamente con los planes de insurgencia que presidía Alcalá-Zamora y por quien Emilio Mola sentía un especial aprecio. Mola, por supuesto, sabía que la sublevación urdida por el Comité Revolucionario republicano era un cuento y que Fermín Galán sólo sería un peón enviado al sacrificio. El afecto de Mola hacia su compañero de armas en Marruecos hizo que decidiese escribirle para que desistiera de la idea de alzarse. Galán no escuchó los consejos del general y lo pagó con la vida.

Una de las fechas barajadas por los republicanos “revolucionarios” para iniciar la rebelión era la del 12 de diciembre de 1930. En las primeras horas del día anterior, como Fermín Galán veía que aún no llegaba a Jaca su enlace con la gente de Alcalá-Zamora -el periodista Graco Marsà-, envió un telegrama en clave al Comité Revolucionario en que confirmaba que el día 12 se alzaría con la tropa bajo sus órdenes. El Comité optó por no responder al telegrama de Galán con otro, sino que envió a Graco Marsà y Santiago Casares Quiroga a Jaca a que comunicaran personalmente al capitán que la fecha del alzamiento se pasaba para el 15 de diciembre. Marsà y Casares Quiroga partieron de Madrid a las 11 de la mañana y llegaron a Zaragoza a las seis de la tarde. Lo que hicieron en Zaragoza se ignora. Pero arribaron a Jaca a la una de la madrugada del día 12 de diciembre. Se dice que Marsá sugirió a Casares Quiroga que contactasen enseguida con Fermín Galán pero que Casares respondió que ellos estaban exhaustos y que lo mejor era irse a la cama. A las 4 de la madrugada, Galán se dirigió a los cuarteles donde estaba su tropa y la despertó al grito de ¡Viva la República! La pareja de republicanos enviada a Jaca por el comité de Alcalá-Zamora permaneció durmiendo cuatro horas más.

Al amanecer del 13 de diciembre, la tropa de Fermín Galán, sin apoyos de nadie era derrotada por unidades fieles al Gobierno. Un día después, el capitán anarquista y su compañero Ángel García Hernández fueron fusilados.

Entretanto Miguel Maura, Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos y demás republicanos del Comité Revolucionario Ejecutivo dormían aún tranquilamente en sus casas la noche del 14 de diciembre. La policía los arrestó mientras se duchaban o desayunaban y con extraordinaria consideración los trasladaron a la Cárcel Modelo de Madrid, donde se les instaló en celdas de lujos.

El propósito de Maura y otros monárquicos como Emilio Mola se vio finalmente coronado por el éxito. Como Maura suponía, con la Monarquía perdiendo poder sólo dos cosas podían ocurrir: o una revuelta popular de imprevisibles consecuencias, o la proclamación de una República en la cual el poder fuera entregado a un equipo de hombres que, según él, “había jurado permanecer unido con el propósito de proclamar una República que de ningún modo alterase los fundamentos sociales y económicos de España”. Esto último fue lo que ocurrió el 14 abril de 1931.

Cuando ese día 14 se supo que el director de la Guardia Civil, general José Sanjurjo se había puesto a las órdenes del ministro de Gobernación del autoproclamado Gobierno provisional republicano y se negaba a reprimir las manifestaciones populares de júbilo por los resultados de las elecciones municipales, Alfonso XIII abandonó tranquilamente su palacio y embarcó rumbo al exilio.

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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