“El nautilus kirchnerista”.* Pronóstico de la elección presidencial argentina de Octubre de 2015.


el nautilus

Con una frecuencia que sorprende, la que se supone sea la pregunta a responder a través del pronóstico electoral, o sea, quién va a resultar ganador de una contienda, en numerosas ocasiones no constituye precisamente el asunto más importante a esclarecer.
Por obra y gracia del cronograma o la coyuntura política otras interrogantes, generalmente llamadas a ser secundarias, pasan a ser principales.
La elección presidencial argentina de 2015 es otro ejemplo en ese sentido, lo que se necesita saber no es qué candidato ganará la primera vuelta sino si la elección se decidirá o no, justamente, en esa instancia.
Hace dos años en un trabajo titulado “¿Cómo ganar en primera vuelta?” (Noviembre, 2013, archivos) señalaba que era difícil hacerlo, que a los presidentes en funciones con una gestión relativamente exitosa les resultaba menos complicado, y que para que otro tipo de candidato pueda lograrlo su plataforma debía representar un punto de inflexión en la forma en que se venían gestionando los asuntos de estado, en ese caso, la victoria llega como consecuencia de que el ganador se constituyó en portavoz de un paradigma que se fue gestando en las entrañas de la sociedad. Finalmente apunté también que en ocasiones el triunfo en primera vuelta fue resultado del error de cálculo, los adversarios del candidato a la postre ganador, aunque constituían mayoría en la intención de voto sumada, consideraron improbable un triunfo rival en primera instancia y se presentaban a competir divididos.
Pero esos apuntes, del que seguramente retomaremos sólo el último, tienen vigencia plena en las elecciones con dos vueltas en las que el umbral exigido para vencer en la primera es rebasar el cincuenta por ciento más uno de los votos.
No aplica para el caso de la elección presidencial argentina actual, para ese caso, el umbral es mucho menor, menos exigente, <menguado>. Las dos vueltas de la elección presidencial argentina fueron concebidas para que la contienda tuviera fuertes probabilidades de decidirse en primera instancia, y por consiguiente, hay mucho mayores posibilidades y ejemplos de que algo así pueda realmente ocurrir.
La primera experiencia proviene de la misma práctica electoral argentina, hasta ahora jamás hubo segunda vuelta desde que se oficializó el nuevo mecanismo acordado en el Pacto de Olivos en 1994. Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Cristina Fernández, está última dos veces (2007 y 2011), transitaron por esa vía. Sólo Néstor Kirchner, en las condiciones extraordinarias que rodearon la elección presidencial de 2003, hubiera tenido que contender en segunda vuelta de no haberse retirado antes su adversario Carlos Menem.
En la teoría de los tipos de elección presidencial, el mecanismo que actualmente existe en Argentina se denomina elección presidencial a dos vueltas por mayoría relativa especial.
En países como Costa Rica (desde 1949) y Nicaragua (desde 1995 hasta 2014) también se aplicó similar sistema aunque con variaciones. En Costa Rica un candidato gana la primera vuelta si rebasa el 40% de los votos y siempre se definió en primera vuelta el vencedor, salvo en 2002 y 2014, que han sido consideraras como elecciones históricas, al alterarse el patrón clásico de que la decisión tenía lugar en la primera vuelta.
Las causas más visibles de que se alcanzara la segunda vuelta en 2002 fueron el alejamiento de los votantes de las dos opciones electorales tradicionales y como consecuencia alto abstencionismo (31.2% + 2.5 en votos nulos, que se elevó al 39% en segunda vuelta +2% de votos nulos) y el inicio del quiebre del sistema bipartidista con la entrada de una tercera fuerza el Partido Acción Ciudadana que sólo contendió en la primera instancia. En cuanto a las causas de la segunda vuelta en 2014, apuntan a que por primera vez se impuso una fuerza política no tradicional, y a que definitivamente el sistema de partidos se fragmentó en cinco fuerzas políticas que provocaron una mayor dispersión del voto en la primera vuelta.
En el caso de Nicaragua el umbral se fijó en el 38% de los votos en primera vuelta, o el 35% si el vencedor alcanzaba una diferencia del 5% con respecto al segundo candidato más votado. El sistema impidió que durante los casi 20 años que rigió fuera necesario convocar la segunda etapa.
La generalización a la que arribamos es que cuando la condición para que se produzca la segunda vuelta es menor a la suma del 50% de los votos por el candidato ganador, fluctuando la exigencia entre el 35 y el 45% de los votos válidos, como regla la contienda se decide en la primera instancia. Para que con un umbral menguado (entre 35 y 45% de exigencia) la contienda alcance la segunda vuelta tiene que estar presente condiciones especiales del tipo que se manifestaron excepcionalmente en Argentina 2003 o en Costa Rica en 2002 y 2014.
Entonces, ese es el primer gran impedimento para que el próximo 25 de Octubre no tengamos una definición en primera vuelta de la elección presidencial argentina. Las reglas de juego establecidas, corroborado en la experiencia comparada, favorecen con creces que la contienda se decida en la primera instancia.
¿Pero acaso en esta ocasión no existen condiciones especiales para que se produzca un resultado histórico?
Para que una elección, donde la condición de vencer en la primera etapa sea que el ganador obtenga una mayoría relativa especial, llegue a la segunda instancia, las condiciones excepcionales que deben combinarse son: 1) que el proyecto político del oficialismo haya sufrido un desgaste en una magnitud decisiva, 2) que el arco político opositor no se presente a contender dividido en varias fuerzas sea por razones ideológicas o por la irrupción de fuerzas políticas emergentes que tienen espacio propio en la contienda electoral.
¿El proyecto kirchnerista ha sufrido un desgaste decisivo?
Hay evidencias a favor del desgaste. El partido que encabeza Sergio Massa que obtuvo en las elecciones primarias de septiembre de 2015 (PASO) 20.57% de los votos, se conforma en buena parte por disidentes del oficialismo. En 2011 una fuerza con características parecidas, pero liderada entonces por Eduardo Duhalde, alcanzó aproximadamente el 12% de los votos.
En las PASO de 2011 el oficialismo sumó el 50% de los votos. Mientras en las de 2015 el resultado fue de 38.67% (datos de la Dirección Nacional Electoral), una pérdida neta de 11.33%.
Para la contienda de 2011 los candidatos opositores no forjaron coaliciones electorales, mientras en la elección del domingo próximo un protagonista indiscutible será “Cambiemos” una alianza entre PRO, UCR y CC que en las PASO sumó el 30.12 % de la votación. Desde luego, en este punto es importante no pasar por alto que el voto que recibió directamente en las PASO, Mauricio Macri, actual candidato presidencial de “Cambiemos”, es inferior al por ciento que destaca la oración anterior, debido a que el mismo se refiere a la suma de todos los votos obtenido por los otros dos referentes de la coalición electoral y que sería incorrecto endosar automáticamente a Macri.
El desgaste del proyecto kirchnerista es indudable, ¿pero será suficiente para impedir que la contienda se decida en la primera etapa?
En 2011 comparando el resultado obtenido en las PASO con el alcanzado en de la elección presidencial, la candidatura del oficialismo registró un crecimiento de casi 4 puntos porcentuales, de 50% a 53.9%. Se dio un proceso ascendente. No se puede descartar que en esta ocasión se produzca también cierto incremento. Puede pensarse que ese incremento será inferior al registrado en 2011, pero debe tenerse en cuenta que luego del triunfo categórico de Cristina Fernández en las PASO de 2011, en la que quedó claro que ningún candidato opositor estaba en condiciones de hacerle frente en la instancia decisiva, el aparato kirchnerista de captación de votos debió como tendencia relajarse, un hecho que no se repetiría en la ocasión actual donde el margen de error es inexistente. Por otra parte, en las elecciones legislativas de 2013 el oficialismo obtuvo el 32.5 de los votos a nivel nacional, por tanto, el resultado de las PASO de 38.67% refleja una mejoría de 6 puntos porcentuales con relación a aquel resultado.
Quien contiende por el oficialismo es el hasta hace poco Gobernador de la provincia de Buenos Aires Daniel Scioli, provincia cuyo padrón representa el 38% del electorado de todo el país. Dos aparatos clientelares gigantescos el del kirchnerismo y el del propio Scioli confluyen para emplear todos los recursos para sumar votos.
La candidatura de Daniel Scioli no es la del clásico delfín aupado por el presidente en funciones, tampoco la del disidente frontal. En todo momento Scioli mantuvo una distancia prudencial con respecto al gobierno de Cristina Kirchner, que no tuvo mejor opción que asumirlo como candidato propio porque ninguno de sus referentes indiscutidos tenía probabilidad de vencer en la elección que se avecina.
La campaña de Scioli evidencia que su estrategia, al menos para la primera etapa, fue compactar su maquinaria con la del oficialismo evitando suspicacias o divisiones en el frente interno. Para el votante que esperaba un distanciamiento mayor de Scioli con respecto a la gestión y el aparato kirchnerista, la percepción es que el candidato tiene un margen de independencia nulo. Otros, en cambio, tienen la visión de que un Scioli más independiente emergerá una vez que haya asegurado la victoria electoral. ¿Acaso Néstor Kirchner no tuvo similar comportamiento en la época en que fue reclutado como candidato por el entonces presidente provisional Eduardo Duhalde?
En la combinación de maquinarias electorales de la presidencia por una parte y de la provincia de Buenos Aires por la otra, y en el espacio relativamente autónomo que gestó en los últimos años Daniel Scioli, que permite visionar un ejecutivo que defendería un perfil propio, radican las mayores posibilidades de que la candidatura oficialista acuse aún cierto crecimiento. No es de esperar que sobrepase el 45%, parece un techo demasiado alto, pero es absolutamente posible que supere el listón del 40% con lo cual obliga a su principal adversario “Cambiemos” a mejorar el registro que alcanzó en las PASO para cumplir su propósito de provocar, por primera vez, una segunda e histórica vuelta electoral en Argentina.
La gran incógnita no sería si el oficialismo puede todavía crecer, sino si también puede hacer lo mismo, de manera que resulte suficiente, su principal adversario, Mauricio Macri y “Cambiemos”. He aquí el punto verdaderamente incierto.
La percepción de algunos colegas es que Mauricio Macri se convenció de que con lo que cuenta no hay nada seguro. De ahí su llamado al voto útil, ¡de ahí su protagonismo en la inauguración de la estatua del General Juan Domingo Perón! Lo que sucede es que buena parte del voto antikirchnerista fluye hacia la candidatura de Sergio Massa y si se da el escenario de que por ese motivo la candidatura de Mauricio Macri no crezca lo suficiente o decrezca aun cuando la de Massa no lo haga, el candidato kirchnerista podría imponerse con la ventaja necesaria para resultar proclamado presidente electo.
En contra del crecimiento de la candidatura de Macri juega tanto su ubicación ideológica en el imaginario colectivo argentino como su limitada influencia nacional que puede muy bien resumirse en una pregunta, ¿cuántos gobernadores en funciones trabajan codo a codo con él para garantizar su triunfo en la campaña?
De modo que las dos premisas necesarias para que la elección no se defina en primera vuelta no están de ninguna manera garantizadas. Todo lo contrario, el desgaste del oficialismo no puede considerarse decisivo si su candidato tiene chances de sobrepasar el listón del 40%. Mientras la oposición, aunque se presenta mejor cohesionada que en 2011, a la postre se encuentra dividida en dos grandes fuerzas que de conjunto seguramente sumarán más votos que el oficialismo pero aun así ambos podrían ver emerger como ganador definitivo en primera vuelta a su principal adversario. La paradoja del vencido vencedor.
Esa y no otra es precisamente la sigilosa ruta que sigue la carta de navegación kirchnerista. En ese sentido evoca aquel pasaje de la novela “Veinte mil leguas de viaje submarino” cuando el Nautilus tiene que realizar una maniobra altamente riesgosa consistente en pasar a través de una cavidad muy estrecha entre dos amenazantes relieves marinos con los que no puede de ninguna forma colisionar para evitar el colapso del sumergible. Nemo, el nombre del capitán del submarino de ficción creado por la imaginación del escritor quiere decir en latín <nadie>. Al parecer esa podría ser la condición de Scioli si en definitiva su maniobra aborta y el navío oficialista hace aguas.
Pero no creo que ese sea el escenario que se imponga, a pesar de que el entorno macroeconómico de la elección también es desfavorable para el oficialismo. La forma en que ese marco opera no siempre es directamente proporcional al diagnóstico o al panorama que presentan determinados indicadores. Existe un capital de credibilidad acumulado en tiempos de bonanza que forma la base social oficialista, cuya erosión no es automática o a corto plazo. Los gobiernos a veces también tienen un margen de maniobra consistente en aplazar el chaparrón más allá de determinada coyuntura. De otro modo no se explicaría que Dilma Rousseff fuera reelecta en el vecino Brasil en 2014 cuando era palpable que en algún punto durante su mandato el país había abandonado el carril de la bonanza y el crecimiento para transitar por el del deterioro.
¿Qué es lo que hace entonces que una elección con las características que acabamos de describir se pueda definir en primera instancia pese a los vientos que soplan en contra?
La combinación de reglas del juego electoral favorables con un declive oficialista que no es acelerado sino gradual, la división en el arco opositor, el poderío clientelar que entraña la fórmula conformada por el binomio Gobernador de la provincia de Buenos Aires y maquinaria nacional de la presidencia, y por supuesto, las propias características muy particulares de Daniel Scioli como candidato.
La falta de tiempo me impide profundizar como es debido en la investigación del comportamiento de una variable que también constituye un afluente que engrosa las inquietantes aguas de la contienda electoral. ¿Cómo le fue al oficialismo en las elecciones a gobernadores que han tenido lugar entre 2014 y 2015? ¿Cuántos gobernadores y de qué provincias trabajan para que Scioli en compañía de su familia y colaboradores cercanos pueda pronunciar un discurso triunfal la noche del 25 de Octubre?
Un dato adicional nos proporciona el académico Carlos Malamud en un artículo fechado el 4 de Octubre de 2015 y publicado en Infolatam: “A fines de 2015 Argentina tendrá poco menos de 3 500 000 trabajadores públicos de los cuales dos millones corresponderán a las provincias y un millón y medio a las estructuras del estado central (federal). Desde 2003 durante los gobiernos kirchneristas, la “década ganada” según la interpretación oficial, el empleo público en el estado se incrementó en un 55%, en una proporción mayor que la del empleo privado.”
“Las bases clientelares del peronismo son claras, mucho mayores, salvo honrosas excepciones, de lo que ocurre en otras parte de la región o del mundo”.
Precisamente esos datos duros vienen a reforzar mi pronóstico.
Antes de concluir debo mencionar que sobre la base de mi regla del 2% de margen de error prudencial para los pronósticos que hago con los instrumentos que he expuesto (ver “La elección presidencial argentina de 2015. Empedrando el camino de la certidumbre”, 2015, archivos), el ejercicio actual no aparenta que entrará en fuerte conflicto con el resultado real. Eso se debe a que en realidad vislumbro dos escenarios principales: el oficialismo se impone en primera vuelta por muy poco o la contienda tiene que ir a una segunda instancia también por muy escaso margen. Esa situación genera otro problema u otro pronóstico, hay que esperar que habrá por ambas partes en caso de resultar perdedora su opción una enorme predisposición a la impugnación de la elección. El fantasma de la contienda de Tucumán encontrará con seguridad poderosas razones y oportunidades para resucitar con mucha mayor fuerza. Eso es un gran problema si en definitiva se decidiera la elección. La madrugada del 26 de Octubre podría sorprender al ganador con un “regalo” indeseado que se suma a otras importantes complejidades que el único motivo que les impide “aterrizar” es que esperan por la decisión de a quién se le traspasará en definitiva la banda.
Pero regresando a los dos escenarios más probables, mi predicción es que debemos esperar una victoria oficialista el próximo Domingo 25 de Octubre que cumpliría con el requerimiento de sacar una ventaja igual o mayor al 10% con respecto al segundo lugar. El nautilus kirchnerista completará la riesgosa maniobra.
Orestes Enrique Díaz Rodríguez

  • El análisis es continuación del artículo ” La elección presidencia argentina de 2015. Empedrando el camino de la certidumbre”, publicado en este mismo blog el 18 de Octubre de 2015.

Tulum, 21 de Octubre de 2015

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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