“Insumos de la predicción electoral en el institucionalismo racional”(II)


cómo

III
De la lógica básica de la votación.
Los primeros insumos para la predicción electoral que ubicamos en la tradición económico-racional se agrupan en lo que Anthony Downs denominó “lógica básica de la votación”. Su contenido son las conceptualizaciones iniciales, menos complejas del mecanismo de decisión del votante. La cualidad de <menos complejas> refleja la situación en que el análisis del mecanismo tiene como principal supuesto un marco donde la información que necesita el ciudadano es perfecta y gratuita. Los clasificaremos por tanto, como insumos conceptuales básicos para la comprensión del proceso de toma de decisión del votante.
A ese nivel pertenecen los siguientes conceptos: 1) votante racional, 2)diferencial corriente y diferencia esperada de partido, 3) factores de corrección, 4) tasa de éxitos, 5) umbral de su diferencial de partido, 6) cambio de opinión del votante, 7) votante racional en sistema multipartidista.
En el modelo de Downs votante racional es la condición natural del ciudadano, significa que el ciudadano vota por el partido que en su opinión le proporcionará mayor renta de utilidad durante el próximo período electoral. En ese sentido, se aclara que sólo influyen en las decisiones de votación los beneficios de que los votantes son conscientes el día de las elecciones; en otro caso, su comportamiento sería irracional.
La racionalidad del comportamiento descansa en que el ciudadano atendiendo a la información de la que dispone al momento de elegir vota pensando que su decisión es la más beneficiosa para él, es la que mejor renta le aportará. No importa aquí, por consiguiente, lo que otros actores con mayor y más profunda información puedan pensar sobre la naturaleza o el significado de su voto. Lo decisivo es que quien vota toma la decisión porque ha concluido que le reportará más beneficio que perjuicio. La decisión incluso puede ser errónea, pero aun así no significa que no haya sido racional.
La toma de decisión es consecuencia del cálculo de la diferencial esperada de partido, que no es otra cosa que la diferencia entre la renta de utilidad que recibió en el mandato que concluye y la que habría percibido de haber estado la oposición en el poder. “Si es positiva, vota por el gobierno; si es negativa, vota por la oposición; si es nula, se abstiene” (Downs, 42)
Es importante visualizar que el cálculo no se limita a comparar programas, el votante siendo racional sabe que ningún partido será capaz de hacer todo cuanto dice que hará, por tanto el estima lo que harán realmente los partidos una vez en el poder. Como uno de los contendientes ya está en el poder sus resultados en el período que finaliza son el mejor indicador de lo que hará en el futuro. ¿Pero cómo calcula el votante los resultados de los partidos que aspiran al poder, entendiendo que no sería racional comparar resultados concretos contra promesas? De acuerdo con Downs para que la comparación sea correcta, el votante estima los resultados que el partido de oposición habría conseguido en el período que concluye de haber ocupado el poder. La comparación tiene lugar entre una renta efectiva actual de utilidad y otra hipotética actualizada. Es más racional para el votante basar su votación en los sucesos corrientes y no en los puramente futuros. “En consecuencia, la parte más importante de la decisión del votante es la cuantía de su diferencial corriente de partido, es decir, la diferencia entre la renta de utilidad que efectivamente percibe en el período t (que finaliza) y la que habría percibido de haber estado la oposición en el poder” (Downs, 43)
Según el autor a ese cálculo el hombre racional aplica dos factores de corrección, orientados al futuro, a su diferencial corriente de partido para calcular su diferencial esperada de partido, pues el objeto de votación es seleccionar el gobierno futuro.
El primero es el factor tendencia. “Se define como el ajuste que cada ciudadano hace de su diferencial corriente de partido de forma que tenga en cuenta cualquier tendencia pertinente de los sucesos que se produzcan durante el período electoral corriente” (Downs, 44). El diferencial recibido no es observado estáticamente sino que se realizan cálculos sobre su posible incremento o decrecimiento asociados con la percepción de la eficiencia de la gestión del gobierno. Las estimaciones sobre el crecimiento o la degeneración de las habilidades del gobierno a lo largo de su mandato se proyectan en la diferencial esperada de partido.
El segunda factor de corrección, al que hemos identificado como de “desempate” opera solo cuando el individuo no aprecia diferencia alguna entre los programas y la política corriente de los partidos que compiten. “Para escapar a esa vía muerta altera la base de su decisión centrando la atención en si el gobierno actual ha cumplido o no tan bien como sus precursores en el poder” (Downs, 44). En este caso su mirada o retrospectiva va más allá de los límites de período que está por concluir y se centra en mandatos anteriores.
Para el autor el pasado del gobierno puede juzgarse bueno o malo, aun siendo idéntico al de la oposición y eso se consigue calculando la tasa de éxitos. Esta tasa aparece siempre que los hombres comparan las rentas de utilidad que perciben con las que percibirían si estuviera en el poder el gobierno ideal. Las tasas de éxito influyen en el proceso de decisión del votante siempre que este opine que ambos partidos tienen idéntico programa e idéntica política corriente por lo que sus diferenciales corrientes de partido son nulas. “Calculando sus tasas de éxito, crea una especie de vara de medir con la que puede descubrir si los partidos han actuado en el poder bien, mal o de manera indiferente. Vota a favor de ellos si su tasa comparativa es buena, en contra si es mala y se abstiene si es indiferente” (Downs, 48).
El autor es consciente de las dificultades en la vida real que encierra el cálculo por el votante de los diferenciales, tendencias y tasa de éxitos a las que hace referencia, al tratarse de un mundo en el que la información no es perfecta ni tampoco gratuita. En el mundo real donde rigen la incertidumbre y la falta de información, el votante ha de conformarse con estimaciones basadas en aquellos sectores de la actividad del gobierno en que sean notorias las diferencias. “Cuando la diferencia total de flujos de utilidad es lo bastante grande para que no resulte indiferente qué partido ocupa el poder, es que ha sobrepasado el umbral de su diferencial de partido” (Downs, 49). El concepto de umbral diferencial de partido le sirve además al autor para analizar el fundamento que se encuentra en la base de la abstención. Significa que incluso una ligera superioridad o inferioridad de la diferencial esperada de partido no es decisiva para superar la indiferencia y compulsar el voto. Si el umbral no es rebasado, porque la diferencia total de flujos de utilidad no es lo bastante grande, al votante le resulta indiferente quien gane, hay que esperar que se produzca en ese caso la abstención que es también un resultado racional.
Para el autor los gustos políticos de los ciudadanos son fijos. EL votante adopta sus decisiones de votación después de comparar diversos flujos, reales o hipotéticos, de renta de utilidad. Una vez que ha decidido cómo votar, aunque sea provisionalmente sólo podrá persuadírsele a cambiar alterando los siguientes factores:1) La información que posee acerca de la respectiva política; 2) La relación entre los aspectos de dicha política que conoce y su concepción de la sociedad buena.
En los sistemas multipartidistas el votante adiciona una operación más, una vez que identifica el partido que, a su juicio, le beneficiará más, estima después las posibilidades de éxito del mismo. Si su evaluación lo lleva a concluir que las posibilidades de victoria de su partido de preferencia son nulas entonces vota a favor de la opción con posibilidades de triunfar. “Así pues una parte importante de la decisión de votación consiste en prever cómo van a votar los demás ciudadanos mediante la estimación de sus preferencias. Cada ciudadano utiliza su previsión para determinar si el partido que más prefiere forma realmente parte de la gama de opciones en cuestión. Si cree que no, la racionalidad exige que vote por otro partido” (Downs, 52). La condición racional sin embargo no se pierde tampoco por el hecho de que el votante decida apoyar a su partido siempre que en la base de su decisión sea que carece en absoluto de información acerca de lo que probablemente harán los demás votantes o cuando la información de que dispone lo lleva a pensar que su partido favorito cuenta con oportunidades de ganar.
¿Qué es lo que guardan en común o conecta a los conceptos desarrollados por Downs para reflejar la lógica básica de la votación?
Más allá de reproducir el mecanismo complejo de la decisión del voto, lo que subyace es que la decisión de votación trata ante todo sobre los beneficios o no que reportó al ciudadano la gestión del partido en el gobierno durante el mandato. Las elecciones versan sobre el desempeño del gobierno, el mismo Downs lo afirma más de una vez categóricamente: “La decisión de votar se adopta según la política que el gobierno haya seguido durante el período electoral. Se trata de una reacción del votante a la actuación efectiva del gobierno” (Downs, 257). Por consiguiente, si la intención es calcular a quien favorecerán los ciudadanos la primera premisa es esclarecer cómo ha sido la gestión del gobierno en el período que finaliza.
La primera dificultad consiste en que la gestión del gobierno tiene muchas áreas. En ese caso, hay que simplificar la evaluación distinguiendo de entre el total de áreas aquellas que comúnmente son más sensibles al ciudadano por tener un mayor impacto en su calidad de vida. Ese recorte nos permite concentrarnos en las áreas clave: economía, seguridad y educación, y adicionalmente, un área general que las engloba a todas e impacta sustancialmente la percepción del ciudadano sobre el gobierno, la trasparencia u opacidad en la gestión de los recursos.
Otro aspecto importante consiste en seleccionar correctamente los indicadores de evaluación de cada área sometiéndolos a contraste comparativo. La mayoría de los indicadores necesarios existen. Digamos en lo económico resultan útiles el entrecruzamiento del crecimiento del PIB, índice Gini, nivel de pobreza, comportamiento del costo de la canasta familiar, desempleo, inflación y endeudamiento, entre otros. En seguridad tasa de homicidios, secuestros e índice delictivo. En educación crecimiento o decrecimiento del número promedio de años de estudio, calidad de la educación, tasas de acceso a educación básica y universitaria, por ciento del presupuesto invertido en el área, etc. El contraste se refiere en este caso principalmente a la comparación entre los indicadores de salida con los de entrada. Muchas veces resulta suficiente con una evaluación de las dos primeras áreas, y por supuesto, de la opacidad o trasparencia de la gestión para obtener una tendencia. Para esta última área general también encontramos indicadores, índice de percepción de la corrupción, la constatación de escándalos o enriquecimientos inexplicables que involucraron a miembros del gobierno incluido principalmente al ejecutivo y sus familiares, u opiniones de expertos. Lo decisivo es que varios índices logran dar una visión integral del desempeño de cada área, y la integración de las áreas a su vez brinda un panorama general del desempeño del gobierno. Un gobierno democrático que salga favorecido de esa evaluación tiene muchas posibilidades de conservar el poder, pero al mismo tiempo no se excluye la posibilidad de que no lo retenga, lo que obliga al investigador a tomar en cuenta otros factores, es decir a buscar una mayor nivel de integralidad de su análisis.
¿Pero por qué un partido o gobierno con indicadores promedio favorables durante su mandato puede no ver reflejado ese desempeño en las urnas? Cuando menos hay dos razones que pueden muy bien combinarse: 1) No ha sabido comunicar su desempeño; 2) No ha elegido al candidato idóneo.
La incomunicación del gobierno no es un evento tan difícil de captar porque generalmente la comunicación es relativamente aceptable. En cambio, la incomunicación es un fenómeno más visible de lo que regularmente estamos dispuesto a aceptar, y tiene lugar cuando es constatable, sin esfuerzo especial alguno, que los líderes del oficialismo regularmente viven y discursan una narrativa- país muy diferente o lejana al país que realmente existe.
De cualquier forma admito, que mucho menos complicado resulta discernir si el candidato que representa al oficialismo es el idóneo. Para que así sea la condición mínima que debe cumplir es que su candidatura fusione en la mayor medida posible los intereses del gobierno saliente, y en primer lugar del ejecutivo, con los de la nomenclatura del partido y la militancia de base. Si la fusión no se logra habrá fractura solapada o descubierta y el candidato oficialista competirá en desventaja con sus adversarios. Casi siempre, la mejor manera de alcanzar esa fusión es garantizando que el proceso interno de elección del candidato sea democrático. Pero tampoco resulta en garantía absoluta, mucho depende del nivel de compromiso y el modo en que el candidato se relaciona con el desempeño del gobierno saliente. El oficialismo siempre tropieza con ese dilema cuando su candidato no puede ser el presidente en funciones: o se inclina por un candidato que tenga el mayor compromiso con lo realizado lo que le llevaría a no ser bien visto por aquella parte del electorado que tiene una visión crítica y que reclama mejoras, o apuesta por un candidato que conecte con estos últimos pero que seguramente perderá parte del decisivo respaldo del gobierno en funciones.
Una vez evaluadas las dinámicas desempeño, comunicación e idoneidad del candidato, todavía el investigador cuenta con una valiosa herramienta para definir si el gobierno será capaz de recibir el respaldo mayoritario del electorado. Se trata del método comparado.
La mayoría de los dedicados a las ciencias políticas rara vez objetan la importancia del método comparado, pero en realidad puestos a utilizarlos lamentablemente observaremos que pocos han desarrollado habilidades al respecto o en el mejor de los casos entienden por comparación estrictamente el hecho de relacionar semejanzas y diferencias entre dos o más fenómenos. Esa constituye sólo la fase preliminar de la comparación, la segunda es la explicativa, mientras la tercera es la generalizadora, en cuanto brinda información sobre mecanismos causales que manifiestan una tendencia del tipo “si se dan las condiciones A, C y D, entonces es altamente probable que los efectos sean X y Z…”
Justamente es la comparación generalizadora la que debemos aplicar al caso. Importan mucho los casos nacionales. Ahí, la ventaja reside en que el contexto en general y los actores, tienden a ser muy semejantes. Pero también es válida la experiencia de otros países. Para que el análisis de ambas experiencias resulte fructífero hay que definir correctamente qué es lo que se busca comparar. No se trata de investigar las veces en que el partido en el gobierno perdió las elecciones, lo cual seguramente es un universo muy grande, sino de las ocasiones en que el partido en el gobierno perdió las elecciones pese a que una evaluación general de su desempeño registra que tendió a ser satisfactorio.
Lo que tiene que despejar la comparación es en qué condiciones un gobierno con resultados relativamente próximos al caso que está evaluando no consiguió retener el poder. La siguiente y última interrogante consiste en esclarecer si esa condición o alguna otra distinta, fruto de nuevas circunstancias, estará o no presente en el caso que analiza determinando el resultado electoral.

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Diciembre 17/2015

Tulum

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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