“Democracia mínima y encuestas preelectorales. El caso de México”(final)


 

encuestas

Como destaca Murilo Kuschick en la actualidad, las encuestas de opinión ocupan un lugar preponderante en las campañas y son un elemento importante del ritual político electoral, pues es casi imposible pensar en las elecciones sin encuestas (2013,4)
De acuerdo con Kuschick las encuestas son necesarias a los partidos, a las élites políticas y económicas que apoyan a candidatos y partidos y que hacen todo tipo de apuestas sobre los posibles ganadores; También están interesados los medios de información que se comprometen con los políticos y sus programas y los electores que reciben ganancias simbólicas, esto es, en la campaña obtienen premios y todo tipo de regalos al mismo tiempo que reciben promesas de una vida mejor y satisfacciones asociadas al triunfo de su partido o candidato y la ulterior aplicación de políticas públicas mediante las cuales sentirán que cierto tipo de problemas están resueltos (2013, 6)
¿Pero constituyen las encuestas preelectorales medios de información o de influencia?
“En este sentido, con tantos asuntos en juego para tal cantidad de actores, las encuestas se vuelven mecanismos imprescindibles como medio de información para la toma de decisiones; y también son un medio para intentar de influir en la decisión de los ciudadanos que aún no se han decidido. Por tanto, las encuestas como veremos son útiles para la toma de decisiones y al mismo tiempo funcionan como propaganda y manipulación. Las encuestas de opinión preelectorales no son solo una fuente de información, sino también un mecanismo de influencia.
En la actualidad las encuestas han llegado a ser empleadas por los partidos y candidatos como un medio más para la propagación, no de sus ideas o de sus propuestas de campaña, sino como un mecanismo publicitario auxiliar que busca influir en los electores indecisos para que se suban al carro ganador, band wagon effect, o al perdedor, por tanto son usadas tanto como medios de información, de planificación de estrategias o como un mecanismo de propaganda y relaciones públicas” (2013,7)
Eva Anduiza y Agustí Bosch (2004,75) reportan que anteriormente al surgimiento de las encuestas, los primeros estudios electorales fueron análisis agregados o análisis macro en los que los investigadores intentaban explicar el comportamiento electoral a partir de resultados electorales, es decir, sobre la suma de los votos que han sido emitidos y contabilizados en un colegio electoral, en un municipio, en un distrito, en un país, etcétera.
La culminación de esa etapa está asociada con dos factores: 1) el descubrimiento de importantes diferencias en las correlaciones de algunas variables, según éstas fueran medidas a nivel individual o agregado, <<la falacia ecológica>>, consistente en asumir que lo que sucede a nivel agregado sucede también a nivel individual; 2) el inicio de la expansión de los métodos de análisis basados en la elaboración de sondeos.
El contacto con el elector, contenido distintivo del sondeo, permitió obtener información que hasta ese momento no estaba al alcance de los investigadores sobre el nivel de interés en la política, actitudes hacia los partidos u orientaciones ideológicas individuales, posibilitando la elaboración de modelos explicativos basados también en esas características.
Los análisis a nivel individual también tienen su propio riesgo de realizar inferencia falaces, que proceden precisamente de enfatizar demasiado las características individuales como factores explicativos del comportamiento electoral e ignorar el hecho de que los individuos viven en contextos que deben tenerse en cuenta, porque probablemente tienen también un impacto considerable sobre esta dimensión del comportamiento electoral (Anduiza y Bosch, 76).
Más allá del riesgo de absolutizar el peso de las características individuales, ¿es susceptible el análisis de encuestas prelectorales a otros problemas que no se presentan en los análisis agregados?
Sí, y guardan relación fundamentalmente con la capacidad de medir de manera precisa y sin error aquello que se pretende.
“Estos errores de medición pueden proceder de dos aspectos en el proceso de diseño y realización de las encuestas: los criterios de diseño de la muestra y la selección de los encuestados, y/o la construcción del cuestionario. Los errores que pueden surgir de estos dos aspectos de la realización de encuestas o sondeos pueden tener un carácter sistemático que dañaría irremediablemente la validez de los resultados de un estudio” (Anduiza y Bosch, 76).
De lo dicho se resume que, en interés de extrapolar correctamente las conclusiones de los análisis realizados sobre la muestra al universo, es menester tanto eludir la tentación de enfatizar en exceso las características individuales como factores explicativos del comportamiento electoral, como evitar que la muestra esté sesgada (sobre representación o sub representación de determinados grupos), y que la redacción del cuestionario no tienda a inducir hacia una respuesta concreta.
¿Significa que una vez superada la tentación de absolutizar y diseñando una muestra y cuestionario sin sesgo las encuestas estarían en condiciones de cumplir una función predictiva?
“Una encuesta prelectoral no puede ni pretende predecir con exactitud los resultados de unas elecciones. El objetivo de la encuesta es ofrecer una <<foto fija algo borrosa>> de los electores en un momento determinado, y siempre dentro de unos márgenes de error que nos impide la certeza absoluta” (Anduiza y Bosch, 82).
¿Pero en que se sustenta la negativa o, cuando menos dudas, en considerar la encuesta como instrumento de pronóstico?
Las razones que aducen Anduiza y Bosch (2004, 81-85) son las siguientes:
1.- El error muestral inevitable. Significa que aun teniendo una muestra representativa resultado de un proceso perfectamente aleatorio en el que cada elector tiene la misma probabilidad de ser elegido, la teoría del muestreo no se compromete con un 100% de confianza sin margen de error alguno, sino que normalmente reconoce el 95% de nivel de confianza y un margen de error entre mas y menos 3% % en el que podemos incurrir al inferir que lo que sucede en la muestra también sucede en el universo.
2.- La no respuesta. Referido a que siempre hay personas que no pueden ser contactadas, o que una vez contactadas se niegan a contestar el cuestionario y su reemplazo compromete la representatividad estadística de la muestra.
3.-La no respuesta parcial. Se refiere a la gente que se niega a contestar alguna respuesta del cuestionario, aunque no su totalidad. Las preguntas sobre orientación del voto están en definitiva en contradicción con el derecho de cada elector a mantener su voto en secreto, por lo que suelen presentar porcentajes de <<No sabe>> y <<No contesta>> relativamente elevados (en ocasiones superiores al 20%) lo que dificulta enormemente cualquier tipo de proyección.
4.-La <<cocina>>. Se trata de los distintos procedimientos que los analistas emplean para asignar a cada elector que oculta su intención de voto a un partido u otro. Aunque en la cocina se suele emplear información sobre otras variables recogidas en el cuestionario y relacionadas con la intención de voto, como la simpatía partidista, el procedimiento incorpora al proceso, sin dudas, un nuevo elemento a favor de la imprecisión.
5.- El desfase. Viene dado por la prohibición vigente en determinados países de publicar encuestas electorales en un intervalo que va de tres hasta ocho días antes de los comicios. Considerando que cada encuesta lleva un trabajo de campo considerable previo los resultados que arroja el ejercicio reflejan, cuando mucho, un estado de cosas existente con una antelación importante al día de la elección. Por lo tanto, si en los días subsiguientes, como resultado de la campaña se produjo algún efecto de activación, refuerzo o conversión, éste no es recogido por la encuesta publicada.
6.-Impacto sobre el propio objeto de estudio. Se refiere a que las propias encuestas inciden sobre el comportamiento de los electores.
Otras fuentes consultadas coinciden en destacar las causales que se acaban de relacionar, insistiendo principalmente en las dificultades para alcanzar una fortaleza metodológica, pero a su vez destacan otras razones producto del análisis de la evidencia empírica de fallos de los sondeos y encuestas preelectorales en diferentes contextos.
El economista y politólogo dominicano Ricardo Pérez Fernández, ante la evidencia de los repetidos fallos de las encuestas en los últimos años tanto en la región como a nivel global, enumera dos posibles causas no recogidas en las relacionadas por Anduiza y Bosch: fallo en el factor ponderación y las disrupciones.
El factor ponderación es un ajuste que se aplica a los datos brutos obtenidos de una encuesta con el objetivo de aproximar las proyecciones a los resultados observados una vez que se celebren las elecciones. El problema con los factores de ponderación es que funcionan sólo en escenarios estables donde los actores institucionales y las coyunturas político-institucionales no presenten sobresaltos importantes. Precisamente la ausencia de estabilidad en los escenarios electorales es lo que tienen en común todos los procesos donde las firmas encuestadoras han fallado (Pérez Fernández, 2015).
De modo que el autor reconoce cierta manipulación, cierto grado de ajuste, cierta subjetivación de los resultados brutos arrojados. Lo que finalmente se reporta es un resultado relativamente manufacturado atendiendo a diversos criterios, una mezcla resultante de datos reflejos y estimaciones.
Por otra parte el autor destaca algo fundamental, cierta predisposición genética desfavorable de las encuestas a captar cambios estructurales en las preferencias de los votantes. Sus proyecciones tenderían a un margen mayor de error promedio si la medición tiene lugar en un escenario proclive a una elección crítica, que son aquellas elecciones en las que cambia el resultado y las bases de apoyo de los partidos.
Otros expertos destacan, además de las causas ya señaladas, la instrumentalización de los sondeos electorales. José Félix Tezanos, director de la revista digital española “Sistema”, respalda que en la relajación notable de las exigencias técnicas y estadísticas se encuentra “poderosamente condicionadas por factores económicos. Las encuestas se están convirtiendo en instrumentos básicamente estratégicos de la competencia electoral” (2015).
Es importante tener en cuenta que si bien los escenarios disruptivos constituyen una fuente potencial de multiplicación de los márgenes de errores de las encuestas, no puede señalarse que el de 2012 fuera un escenario de esas características, por lo que las desviaciones manifestadas en esa elección no estarían asociadas con esa decisiva causal.
En México las encuestas de opinión comienzan a tener un papel de importancia a partir de finales de los años 80, específicamente 1988, pero entonces los procesos electorales carecían de la equidad necesaria que garantizara que en la contienda fuera competitiva y existiera incertidumbre con respecto a quien va resultar ganador.
Específicamente, durante la campaña presidencial de 2012 en México, la mayoría de las encuestadoras preelectorales reportó una diferencia abismal entre la candidatura del PRI y el resto de las alternativas. Finalmente, la diferencia entre el primer y el segundo lugar fue de 6.62 puntos porcentuales, promoviéndose la percepción de que las encuestas cumplieron la misión de desactivar la competencia en favor del candidato cuyo desempeño fue continuamente sobre estimado. ¿Es posible subestimar esos efectos en un régimen donde el status de democracia mínima se encuentra severamente cuestionado?
Con relación a la eficiencia de las encuestas preelectorales durante la elección presidencial de 2012 Alejandro Moreno destacó en su momento que la conclusión que arroja el análisis no es muy halagadora: “la mayoría de las encuestas falló en este año” (Moreno, 2012) Once encuestas finales registraron un error promedio de 2.7 puntos y sólo tres tuvieron menos de dos puntos, siendo aún mayor el error promedio de las encuestas si englobamos las elecciones presidenciales de 1994 a la fecha: 2.85 puntos. La tendencia hacia una mayor precisión no es diáfana. Para tener una idea más clara, 2.7 puntos porcentuales de desviación promedio, significan 1 358 725 votos. “Con los errores de 2012, los profesionales de las encuestas tienen frente a sí la tarea de explicar por qué fallaron, pero, sobre todo, de tomas las medidas necesarias para mejorar su desempeño futuro” (Moreno, 2012).
Pese a los vientos adversos, sin embargo, en un trabajo denominado “La crisis de las encuestas en México. La evidencia científica de 2006 y 2012”, Cantú, Hoyo y Morales (2015), supuestamente refutan que exista crisis de las encuestas en México y muestran qué encuestadoras tuvieron sesgo sistemático y cuáles no. Para su conclusión emplearon una “tecnología” novedosa para las ciencias sociales denominada “filtro de Kalman”, que facilita detectar la intención de voto real en cada momento de la campaña electoral y hace posible compararla con los reportes parciales que fueron publicando las encuestadoras.
El punto que defienden los autores, es que contrario a la opinión de la <comentocracia>, en 2012 no hubo sesgo sistemático de las encuestas. El intento en cambio no es válido, la falacia del análisis de los autores descansa en que se centra solamente en los reportes de las encuestas sobre el ganador, cuando lo realmente relevante es, como también destacó Alejandro Moreno en su artículo “El desliz de las encuestas” (2012), que “la principal falla de las encuestas en 2012 se observa con mayor claridad en la distancia entre primero y segundo lugar que finalmente hubo. Según los resultados oficiales, Enrique Peña superó a López Obrador por 6.8 puntos porcentuales. En promedio, las encuestas preelectorales finales estimaban una distancia poco mayor a los 14 puntos, e incluso hubo encuestas finales que preveían hasta 20 puntos de distancia. Solamente dos encuestas finales, incluida la de Grupo Reforma, estimaron una distancia de 10 puntos o menos entre Peña Nieto y López Obrador” (Moreno, 2012).
La desviación promedio respecto a la distancia entre primero y segundo lugar fue escandalosa, 7.7 puntos porcentuales que representan 3 874 882 votos, evidencia más que suficiente para respaldar la interrogante sobre el papel real que desempeñaron las encuestas en la contienda de 2012. Esos valores tan altos de desviación promedio con respecto al núcleo de la competencia, la porfía entre los candidatos cimeros, son los que terminan dando la razón a la tesis de que las encuestas y sondeos de intención de voto cumplieron la función de desactivar la competencia a favor del candidato del PRI.
Moreno, por ejemplo, en el artículo ya citado de 2012, concluye que “la evaluación de las encuestas en las diversas elecciones presidenciales indica que éstas empeoraron su desempeño en 2012. Pero, como apunta un consejero electoral del IFE, la racha de imprecisiones viene desde 2010 en elecciones locales, ocasionando que las encuestas “lejos de ser fuente de certidumbre, hoy fueran fuente de incertidumbre, y peor todavía: fuente de la disputa política y jurídica” (Moreno, 2012).
La “racha” de imprecisiones provenientes de 2010 también es señalada por Kuschick que cita para esos efectos un análisis de Vidal Romero, “buena parte de las empresas que más encuestas publicaron en los procesos para gobernador de 2010 sistemáticamente sobre representaron al Partido Revolucionario Institucional PRI y sub representaron a los principales opositores de este partido” (2013, 24)
Pero, cuál es la postura de la Ciencia Política al respecto, ¿tienen o no los sondeos y encuestas preelectorales un impacto en los votantes?
Anduiza y Bosch (2004) en su libro “Comportamiento político y electoral”, señalan lo siguiente: “Los efectos más conocidos son los de wandangon y underdog. El efecto wandagon hace que los electores refuercen el voto por el partido o candidato que las encuestas dan como ganador, mientras que el efecto underdog hace que los electores se movilicen por el candidato que las encuestas estiman perdedor” (2004, 82)
Por su parte, el investigador de la UBA Daniel Cabrera cita un trabajo de Alonso, Cabrera y Tesio (2007) que defiende que la abierta difusión de encuestas y sondeos de opinión produce fuertes y decisivas inclinaciones a la hora de decidir el voto, principalmente entre los indecisos. Estas influencias operan como manipulaciones, contaminaciones externas al libre albedrío del individuo (Cabrera, 2010, 196).
Cabrera reconoce que “dos acusaciones pesan sobre los sondeos: su falta de capacidad predictiva y la influencia que ejerce sobre su mismo objeto de investigación una vez publicados sus resultados a través de medios masivos de comunicación” (Cabrera, 193). Aunque finalmente el propio autor matiza su propia postura en el sentido del título de su artículo “En defensa de las encuestas” al concluir que, “en síntesis es probable que la publicación del resultado de una encuesta produzca algún síntoma en la actitud de los votantes, que puede manifestarse de distintas manera y en distintos grados. Es decir, la divulgación de un sondeo de opinión a través de los medios puede ser-nada menos, pero nada más- sólo uno de los factores orientadores del sufragio” (2010, 200).
¿Pero cómo los expertos visualizan la dinámica de esas causales en el caso específico de la elección presidencial en 2012 en México?
Raúl Trejo Delarbre que ha señalado también como causal la tentación errónea de los encuestadores a considerar que sus evaluaciones constituyen anticipaciones del futuro en lugar de limitarse a reconocer que a lo que ayudan es a entender el presente ha destacado a su vez que “en las encuestas mexicanas hay dos problemas adicionales que dificultan la medición de tendencias electorales. El primero de ellos se encuentra en la legislación. Está prohibido publicar encuestas durante los tres días previos a cada elección federal. Además, como es bien sabido, las empresas e instituciones que quieren levantar encuestas tienen que ceñirse a criterios metodológicos establecidos por la autoridad electoral (artículo 237 del Código Federal de Instituciones y procedimientos Electorales) Con esas reglas, las encuestas que pueden conocer los ciudadanos antes de una elección son las que han sido levantadas incluso una semana previa a las votaciones (Delabre, 2013).”
El autor además responsabiliza a los medios que crean percepciones de pronóstico y a las encuestadoras por errores metodológicos sistemáticos en los criterios de reasignación de indecisos, y la falta de reporte de la tasa de rechazo que presenta la aplicación de los instrumentos.
Entretanto, Luis Estrada, Dr. en Ciencia Política por la Universidad de California, San Diego no tiene reparo en señalar que “los encuestadores mexicanos han fallado sistemáticamente en el pronóstico o predicción de los resultados de las elecciones desde hace varios años”. “Los sesgos y diferencias de los números de las encuestas respecto del resultado final han estado asociados con las casa encuestadoras en general y como recientemente se ha comprobado, también con candidatos y partidos en particular”(Estrada, 2015).
De acuerdo con su postura la agenda del debate pendiente en la industria de las encuestas en México debe contener los siguientes puntos: 1) sesgos de las casa encuestadoras, y sesgos que favorecen o perjudican a cualquier candidato; 2) publicación de votantes probables y de metodologías; 3) orden y fraseo de las preguntas; 4) reporte de la tasa de rechazo y demostración de la razón a la que se atribuye este fenómeno; 5) días y horas de levantamiento; 6) demostración de que los cuestionarios son comparables.
De este modo la tendencia de las interpretaciones del comportamiento de las encuestas pre elecotrales de 2012 en México toma tres direcciones: 1) la que dan los estudios académicos; 2) la que ofrecen diversos analistas con alto nivel de exposición en los medios; 3) la que percibe la población.
Los estudios académicos suelen poner énfasis en las deficiencias metodológicas que arrastran las casas encuestadoras, esto es, muestras no representativas, escasa divulgación de las tasas de rechazo, abordaje incorrecto del tema de los indecisos y la volatilidad, permisividad de que los medios insistan en el estereotipo de que los reportes de las encuestas son pronósticos que deben reflejar con exactitud los resultados finales de la contienda e insuficiente capacidad para captar incluso pequeñas variaciones o disrupciones en las conductas de los electores. Obsérvese que para las investigaciones académicas no destaca como causal la premeditación, ni se encuentra en juego la honorabilidad de las casas encuestadoras. Posiblemente aquí haya un sesgo consistente en que los estudios académicos sobre evaluación de efectividad de las encuestas generalmente son realizados por académicos muy vinculados al medio de las encuestadoras o que en algún momento tuvieron responsabilidad con la elaboración de encuestas de intención de voto. Como regla los estudiosos hacen un claro distingo entre el trabajo que realizan las encuestadoras y los usos que hacen los distintos medios en atención a sus propios intereses. Aunque no dejan de reconocer que esos usos son permitidos por las casa encuestadoras que mantienen una actitud pasiva ante las formas y modos que los medios emplean para presentar los resultados elaborados por las casas encuestadoras.
La segunda dirección es la que toman diferentes analistas, que no ocultan su sospecha de que en el divorcio entre los sondeos y los resultados finales tiene un peso la premeditación, los intereses de determinados medios y su intención en favorecer la candidatura ganadora, en este caso, la del PRI.
La tercera es la ruta seguida por la percepción de la población. Hay que decir que las premisas de esa percepción es similar a la visión de partida de los analistas “la imagen que hay de las encuestas está ligada a su capacidad predictiva, pues se espera que las encuestas preelectorales no solo anticipen el resultado de la elecciones dentro de unos márgenes de error previamente establecidos; sino que el estimado y la realidad coincidan, de lo contrario se consideran fraudulentas” (2015, 181). En realidad el autor exagera la premisa porque tanto la población como los analistas no consideran fraudulento el hecho de que una o dos encuestadoras no acierten, sino, y ese el sello característica de la elección presidencial de 2012, que la percepción de fraude se origina cuando el número de encuestas que no aciertan es notorio e intolerable y además sus márgenes de errores también lo son. He aquí una evidencia del sesgo de la academia consistente en la tendencia a proteger consciente o inconscientemente a las encuestadoras de su responsabilidad social. En este caso el autor trata de simplificar los motivos de la reacción de analistas y población en general. Una idea más precisa de esa inclinación de la academia puede observarse citando el párrafo subsiguiente completo que el autor dedica a este aspecto: “Podemos decir que este fue el escenario que se vivió en las elecciones de 2012, pues una gran cantidad de encuestas publicadas en los medios de información no estimaron en forma coincidente los resultados de las elecciones presidenciales y fueron consideradas fraudulentas. A lo largo del trabajo hemos tenido presente ese diagnóstico aunque no lo aceptamos; pues suponemos que tal idea corresponde a un estereotipo que ha sido difundido por los propios medios de comunicación en aras de aumentar su prestigio ya que con el consentimiento de las propias casas encuestadoras divulgaron la idea de que los resultados de las encuestas que ellos publicaron eran certeros. Cuando los resultados no fueron coincidentes, se disculparon y cerraron la página sin explicar qué sucedió. Si bien no podemos dar una total explicación del papel que jugaron las encuestas en el proceso electoral 2012, con este estudio documentamos cómo la opinión pública percibió el asunto y que tanto se ha dañado la concepción pública acerca de las encuestas de opinión pre electorales”( Kuschick ,2013, 181).
Por último el autor insiste en la responsabilidad de los medios en 2012 porque difundieron la preferencia efectiva, esto es, restando a los llamados indecisos (no respuesta), pero ese escenario no es verídico porque se desconoce cómo se comportarán los indecisos, aunque cumple el requisito de espectacularidad y de atraer por tanto la atención que tanto persiguen los medios (2013, 182).
Pero acaso podemos considera ese procedimiento como inocuo o inocente. ¿Por qué los medios por acción y las casa encuestadoras por omisión publicaron como escenarios potencialmente reales reportes efectivos que sencillamente apartaban, cortaban, no tenían en cuenta el comportamiento de los indecisos? La respuesta es obvia, no sería acaso con la intención de condicionar a esos indecisos, en lugar de reconocer que era evidente que la elección no estaba decidida, que dependía de los indecisos el rumbo final que la contienda tomaría. Pero ese escenario no era el que beneficiaba al partido finalmente proclamado ganador ni tampoco probablemente a las apuestas que los agentes de mayor peso había hecho con relación a la opción ganadora que más beneficiaría sus intereses.
¿Pero cómo en definitiva la opinión pública percibió el asunto de acuerdo a estudios citados por el autor?
Sólo el 25% de los entrevistados consideró que las encuestas publicadas fueron confiables o muy confiables, apreciación que puede coincidir con los electores de Peña Nieto,…, el 67% de los entrevistados consideró que las encuestas divulgadas por los medios de información fueran poco y nada confiables” (2013, 182)
“Cerca del 20% de los entrevistados afirmó haberla tomado en cuenta y muy en cuenta para decidir su voto, situación que puede coincidir con la cantidad de personas que tomó su decisión de voto después de haber iniciado la campaña política o que espero hasta el final de la misma” (2013, 183)
“38% de las personas entrevistadas considera que los partidos, los candidatos y los medios de información estuvieron de acuerdo para modificar los resultados de las encuestas difundidas, lo cual es una acusación muy seria” (2013, 182).
El autor defiende, aunque no presenta evidencias, de que tales percepciones no generan en la ciudadanía la idea de ya no querer participar en futuros procesos electorales. “Sin embargo, tales situaciones minan la confianza de la ciudadanía en el órgano organizador de los comicios, el IFE, ahora INE, ya que sólo el 15% de los entrevistados dice confiar mucho en la institución, mientras el 57% dice confiar poco y 24,3%, nada; por lo tanto, la autoridad electoral, aun cuando no genere las encuestas, es mal percibida por la ciudadanía que supone que debe exigir al órganos fiscalizador una mayor vigilancia” (2013, 183).
“Uno de los datos más relevantes de la investigación es la caída de la calificación del IFE, ahora INE, en la percepción de la ciudadanía posterior a los resultados de las elecciones presidenciales de 2012” (2013, 184).
Por último, el autor reconoce que uno de los motivos de que durante las elecciones se presenten tantos resultados de encuestas está ligada al objetivo de producir efectos en el público (2013, 185).

CONCLUSIONES

La concepción mínima de la democracia descansa en el fundamento de que la sociedad a puesto en funcionamiento un modo de elegir los gobernantes trasparente, competitivo y fiable para todas las fuerzas políticas que contienden en la lid.
Esa condición se cumplió en las elecciones presidenciales de México del año 2000, pero la tendencia no pudo conservarse en las elecciones presidenciales sucesivas (2006 y 20012).
En la de 2006 el resultado reñido no pudo cumplir la condición de legítimo, por la negativa de la autoridad judicial electoral a admitir la reclamación de la principal fuerza política afectada con los resultados, de considera la necesidad de reconteo de todos los votos, aunque en otros procesos electorales en el continente con resultados apretados la decisión de las autoridades fuera otra.
En 2012 los resultados no fueron reñidos, pero la variante no trasparente que tuvo lugar fue que las encuestas prelectorales durante toda la etapa de la campaña asignaron una diferencia mayúscula entre el primero y segundo lugar incidiendo, sin dudas, en el resultado final de la competencia.
Se ha defendido por la academia la falta de intencionalidad de las casas encuestadoras en provocar ese resultado, destacando que las causas están asociadas a la endeblez metodológica. El error más grave fue permitir que los medios publicaran reportes sin considerar la masa de votantes indecisos, la no respuesta que de acuerdo con otros autores es un fenómeno en crecimiento en las elecciones en México. Las preguntas a responder son: 1) ¿por qué las casas encuestadoras tuvieron esa conducta tan extremo permisiva con los medios?; 2) ¿Por qué a sabiendas que los indecisos o quienes rechazaron las encuestas jugarían un papel decisivo en el desenlace esta posibilidad no fue reconocida por unos y por otros?; 3) ¿No motiva acaso esa conducta omisiva la intención de incidir en las preferencias de los indecisos presentándole el resultado electoral como un hecho consumado en lugar de reconocer que el desenlace dependía en definitiva de sus decisiones finales?
Por otra parte, no hay dudas de que las decisiones editoriales que toman los medios no son inocentes o inocuas. Ellos son actores conscientes de sus intereses que hacen apuestas hacia uno u otro candidato en busca de ser luego beneficiados, entre otras cosas, por las políticas públicas de publicidad del ganador. Si la apuesta de los medios fue por el candidato del PRI, entonces no es ninguna coincidencia que precisamente el candidato del PRI resultara extraordinariamente favorecido por los sondeos de intención de voto y de que se tomara la decisión de priorizar la publicación de los reportes efectivos y no de los reportes brutos, es decir, de aquellos que no tomaban en cuenta la importante masa de indecisos.
Pero aún contra toda lógica, admitiendo que las motivaciones de los medios no fueron espurias, la pregunta es si las estimaciones publicadas tuvieron un efecto o no en el desenlace y bien pudo descarrilar la elección o decantarla anticipada y sutilmente hacia el candidato o partido proclamado finalmente vencedor. El reporte de que el 20% de los entrevistados reconoció que las encuestas jugaran un papel decisivo en su toma de decisión no deja lugar a dudas. Tampoco la caída de la confianza de los ciudadanos en el IFE, hoy INE, después de la elección presidencial de 2012 ofrece dudas al respecto.
La gravedad de la situación mexicana con relación a la concepción mínima de la democracia reside por tanto en referencia al objeto del presente artículo, en que México arrastra dos elecciones presidenciales salpicadas por la falta de trasparencia, que impiden que los comicios sean, cuando menos, reconocidos como vehículo fiable de expresión de las preferencias y de selección de gobiernos.

Orestes E. Díaz Rodríguez

Enero 16/2016

Bibliografía:

Anduiza, Eva y Agustí Bosch, (2004), “Comportamiento político electoral”, Barcelona, Ariel Ciencia Política
Cabrera, D. (2010), “En defensa de la encuestas”, en Revista POSTdata: Revista de reflexión y análisis político, volumen 15, núm. 2, octubre, pp. 191-216
Cantú, F. Verónica Hoyo y Marco A. Morales, (2015) La “crisis de las encuestas” en México. La evidencia científica de 2006 y 2012, publicado en Nexos, 27 de mayo 2015
Delabre Trejo, R. (2013), ¿Qué pasó en 2012? Encuestadores y medios de comunicación, publicado en Revista Zócalo diciembre 2012, enero de 2013
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Estrada, L. (2015) “Las excusas de los encuestadores”, Nexos, junio 2, 2015.
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Pérez Fernández, R. (2015), “¿Por qué están fallando las encuestas?”, publicado en Listin Diario, República Dominicana, 29 de noviembre de 2015.
Przeworsky, Adam, (2003), “Minimalist Conception of Democracy: A Defense” en en Dahl, R.A., Shapiro, I., Cheibub J.A. eds.,The Democracy Sourcebook, Cambridge, Massachusetts, London, England: The MIT Press.
Tezanos, José, F. (2015), ¿Por qué fallan los pronósticos de las encuestas prelectorales?, en Revista Digital Sistema

 

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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