“Democracia mínima y encuestas preelectorales. El caso de México”(I)


 

encuestas

RESUMEN
El artículo investiga si el fundamento mismo de la concepción minimalista de la democracia fue afectado por el desempeño de las encuestadoras y medios en la elección presidencial mexicana de 2012. En la sección I se exponen los fundamentos de la concepción minimalista de la democracia partiendo de la defensa que realizo de los mismos el académico Adam Pzeworki. La sección II analiza la importancia de las encuestas preelectorales para los diferentes agentes políticos, los límites de su capacidad predictiva y el impacto de su desempeño en la competencia electoral de 2012 en México. La conclusión de artículo es que el papel desempeñado por las encuestas en la elección de 2012, intencional o no, contribuyó a profundizar la percepción de que todavía en México, las elecciones presidenciales no se han constituido en un vehículo fiable de expresión de las preferencias y de selección de los gobernantes.

Palabras clave: encuestas y sondeos prelectorales, elección presidencial de 2012, democracia mínima, Adam Pzeworki, medios de comunicación
Más de quince años después de producirse la alternancia política a nivel federal y de tres elecciones presidenciales (2000, 2006 y 2012), el debate acerca de si el régimen político mexicano es o no es una democracia mínima, contra todo pronóstico, permanece vivo. No importa incluso que ciertos círculos académicos tiendan a dar por alcanzado el peldaño, la realidad es que se trata sólo de una visión cuyo modo de existencia es en tenaz enfrentamiento con la percepción opuesta.
Mientras a nivel global y regional los politólogos debaten los criterios de la consolidación democrática y afinan el concepto de democratización, como un proceso más o menos gradual, ininterrumpido y sistemático de profundización de la cualidad democrática del régimen, México permanece atascado en una sórdida discusión entre los que defienden que el país ya cumplió, al menos con los requisitos mínimos, y los que de ninguna manera reconocen ese resultado.
¿Cuáles son los argumentos que esgrimen uno y otro bando y por qué es importante ese debate?
Los partidarios de que la democracia mexicana cuando menos cumple el requisito de mínima, ponen el énfasis en las elecciones multipartidarias y competitivas que se realizan a nivel federal cada seis años, en la existencia de órganos autónomos y ciudadanos (INE) que constituyen una garantía de que los comicios sean libres y en la propia alternancia que tuvo lugar a partir del año 2000. Por su parte, los que niegan la condición destacan que el proceso electoral está plagado de vicios que en última instancia ponen en tela de juicio el carácter libre que erróneamente se suele atribuir a los comicios.
¿Cuáles son esos vicios? La parcialidad manifiesta de los consejeros del INE, su excesiva dependencia de los intereses de ciertas cúpulas partidarias en situaciones y decisiones clave, la compra de votos masiva que tiene lugar durante las campañas preelectorales y el peso que conservan ciertos poderes fácticos en la modulación del resultado final de la elección presidencial.
Si bien las elecciones del año 2000 no se vieron afectadas en lo fundamental por los vicios, sería inconsistente afirmar lo mismo de los comicios de 2006 y 2012. En el primero, lo extremadamente reñido del resultado final y la decisión de no proceder al conteo de voto por voto reclamado por una de las partes en disputa, significó que el proceso quedara signado por la ilegitimidad. Años después, incluso los autores del libro “El narco: la guerra fallida”, Rubén Aguilar y Jorge Castañeda (2009), representantes activos del establishment, argumentaron la tesis de que la razón decisiva de que condujo a que el presidente Felipe Calderón decidiera unipersonalmente ubicar la guerra frontal contra el narcotráfico como política pública central de su administración, fue la fuerte atmósfera de ilegitimidad que rodeó su investidura.
La experiencia de 2006 hubiera podido ser un accidente, en lugar de marcar una tendencia preocupante de retroceso, si en la elección presidencial de 2012 hubiera prevalecido la trasparencia en el resultado. Lamentablemente, no fue así, por lo menos la asociación de tres factores pusieron en tela de juicio la legitimidad del resultado arrojado por las urnas: 1) las denuncias de compras masivas de votos por parte del partido ganador; 2) la construcción de una elaborada narrativa en torno a la figura del candidato del PRI por parte de uno de los medios más poderosos del país; 3) el papel jugado por las encuestas y sondeos preelectorales de intención de voto como mecanismo sutil y efectivo de desactivación de la competencia electoral.
El objeto del presente artículo es precisamente explorar el impacto del último aspecto, por poco estudiado, en el desenlace de una elección en general y de la elección de 2012 en particular. ¿Pueden las encuestas y sondeos preelectorales descarrilar una elección a favor de uno u otro candidato? ¿Es posible que ese factor desempeñara realmente un rol no desdeñable en el resultado electoral de 2012? ¿Cuáles son las conclusiones que arrojan la evidencia científica, más allá de las percepciones de las fuerzas a las que no fue favorable el resultado final?
En la sección I se exponen los fundamentos más importantes relacionados con la concepción de la democracia mínima. Apoyándonos en los razonamientos de Pzeworki se priorizan los siguientes aspectos de la democracia mínima: 1) la concepción minimalista descansa en la elección de los gobernantes; 2) en la sociedad hay conflicto de valores e intereses, en ese caso la elección de los gobernantes puede significar mucho; 3) pero esa situación no es definitiva o irreversible, es ante todo coyuntural, determinados factores pueden deteriorar esa conquista.
En la sección II se analiza la importancia de los sondeos y encuestas pre electorales para los diferentes agentes políticos, la relación que los estudios académicos reconocen entre esos instrumentos y la capacidad predictiva, poniendo énfasis en las diferentes causales asociadas con los fallos de las encuestas; y especialmente, el potencial impacto de las encuestas y sondeos prelectorales en la competencia electoral de 2012 en México basado en evidencia científica aportada por diferentes estudios.
La conclusión final reside en que son correctas las percepciones de aquellas fuerzas políticas no favorecidas con el resultado electoral de la elección presidencial de 2012 correspondientes al papel desempeñado por las encuestas y sondeos de intención de voto como mecanismo indirecto y sutil de desactivación de la competencia a favor de uno de los candidatos. En México, la experiencia de la elección presidencial de 2012 no contribuye en la dirección de fundamentar que el criterio decisivo de un régimen de democracia mínima se encuentre favorablemente resuelto. Todo lo contrario, la elección presidencial de 2012 se suma a la de 2006, como procesos cuyos resultados finales difícilmente pueden considerarse como trasparentes o libres de manipulaciones directas o indirectas que no afectaran la libre competencia entre las alternativas. En resumen, difícilmente pueda asegurarse que el resultado electoral constituyó un reflejo inequívoco de la voluntad de los votantes. No se encuentra por consiguiente resuelto el denominado núcleo duro de la concepción minimalista de la democracia. En lo que al objeto del presente artículo respecta, el hecho obliga a todos los actores políticos, a adoptar decisiones institucionales concretas que al menos mitiguen la incidencia perversa del factor encuestas y sondeos de opinión prelectorales en el desenlace final. Obrando de ese modo podría desactivarse, cuando menos, una de las potenciales causas responsables del desencanto de los mexicanos con los comicios, la democracia y sus instituciones.
I
El origen de la concepción minimalista de la democracia está asociado con el trabajo de Schumpeter “Capitalism, Socialism and Democracy” y tiene como principal beneficio el facilitar la distinción entre gobierno democrático y gobierno no democrático, algo que resultaba prácticamente imposible si se parte de la definición clásica de democracia de los filósofos del siglo XVIII cuyo criterio orientador era el “bien común”.
De acuerdo con Scumpeter el criterio orientador tiene que ver con el hecho de que “método democrático es aquel sistema institucional para llegar a decisiones políticas, en el que los individuos adquieren el poder de decidir por medio de una lucha competitiva por el voto popular”.
Pero es Przeworsky (2003) quien se plantea una defensa fundamentada de la concepción schumpenteriana. Para ello introduce como parte de la concepción minimalista la visión popperiana, quiere decir que si para Schumpeter la democracia es un sistema de reglas mediante las cuales los gobernantes se seleccionan a través de elecciones competitivas, para Popper es también el sistema por el que los ciudadanos pueden deshacerse de los gobernantes sin derramamiento de sangre.
Como segundo aspecto Przeworki se plantea la interrogante de si mediante la democracia será posible alcanzar los criterios propios de la democracia maximalista. ¿Existen buenas razones para estimar que si los gobernantes son electos mediante elecciones competitivas las decisiones políticas serán racionales, los gobernantes serán representativos y la distribución del ingreso será igualitaria? La experiencia práctica no parece corroborar la hipótesis, sin embargo ello no niega que en las elecciones está el elemento definitorio de la democracia.
Przeworki señala que no es posible considerar que la democracia es una vía hacia la racionalidad, lo cual no se debe a deficiencias del método, sino a la forma en que se estructuran los intereses sociales.
Przeworki analiza también las visiones sobre la representación a la que habitualmente se considera como la parte más distintiva de la democracia, pero cuyos supuestos son problemáticos debido a que contrario a lo que se suele aceptar los políticos pueden tener objetivos e intereses propios o tomar decisiones que los ciudadanos no pueden supervisar. Según el autor, la única forma de saber si el gobierno es verdaderamente representativo es 1) si el gobierno desarrolla la voluntad de las personas cuando estas, o al menos la mayoría, la tienen; 2) cuando el gobierno la satisface a través de una evaluación ex post (reelección); 3) que un grupo de jueces o personas bien informadas puedan cuestionar la calidad de las acciones gubernamentales. Las tres dimensiones tienen que enfrentar la misma dificultad, ¿los individuos saben que es lo mejor para ellos? Para que esto sea así deberían estar muy bien informados. Algo que desde el trabajo fundamental de Anthony Downs, “Teoría económica de la democracia” (1957) quedó demostrado que no sucede. La información política es un insumo costoso y la mayoría de los ciudadanos no se encuentran interesados en pagar sus costes. Ninguna votación garantiza, de acuerdo con Przeworki, que los gobernantes vayan a promover los mejores intereses de los ciudadanos.
Przeworki analiza también la relación entre igualdad política e igualdad económica. Sus conclusiones son que en alguna medida las decisiones de los políticos están determinadas por el capital económico y que por consiguiente la democracia si es compatible con grados importantes de desigualdad.
De esta forma la designación de los gobernantes por elecciones no garantiza racionalidad, representación ni equidad. Entonces, ¿es poco o mucho afirmar que la democracia consiste en la elección de los gobernantes? Ello depende, de acuerdo con el autor, del punto de vista del cual se parta. Es poco si lo que tenemos en mente es armonía de intereses, bien común, deliberación racional, mayorías informadas. No lo es, en cambio, si el punto de partida es que en la sociedad hay conflicto de valores e intereses, en ese caso la elección de los gobernantes puede significar mucho.
La defensa del minimalismo consiste en que puede evitar derramamientos de sangre y resolver conflictos. La votación permite, “legitima” la imposición de unas voluntades sobre otras, la posibilidad de que se ejerza coacción sobre ciertos sujetos al actualizarse determinados supuestos. El milagro de la democracia radica, finalmente, en que las fuerzas políticas en conflicto obedecen los resultados de la votación.
Pero esa situación no es definitiva, es ante todo coyuntural, determinados factores pueden deteriorar esa conquista: la pobreza, el control dominante de un solo partido en la legislatura, el acelerado cambio de los jefes de gobierno o malos arreglos institucionales, son factores que conducen a su deterioro. La democracia se mantiene sólo en ciertas condiciones y las elecciones por sí solas son insuficientes para resolver ciertos conflictos. El minimalismo es insuficiente para sostener la democracia, la cuestión debe ser resuelta en términos de diseño institucional. La calidad de la democracia importa y debe defenderse y debe defenderse aunque no pueda desarrollarse (Pzeworki, 2003).
Muchas son las observaciones importantes que se derivan de los razonamientos de Pzeworki que tienen un alcance mucho mayor que los objetivos del presente artículo. Intentemos, por consiguiente, resumir aquellas que directamente tienen que ver con nuestro objeto: 1) La concepción minimalista descansa en la elección de los gobernantes; 2) en la sociedad hay conflicto de valores e intereses, en ese caso la elección de los gobernantes puede significar mucho. La defensa del minimalismo consiste en que puede evitar derramamientos de sangre y resolver conflictos; 3) pero esa situación no es definitiva o irreversible, es ante todo coyuntural, determinados factores pueden deteriorar esa conquista: la pobreza, el control dominante de un solo partido en la legislatura, el acelerado cambio de los jefes de gobierno o malos arreglos institucionales, son factores que conducen a su deterioro.
La democracia mínima es un régimen con un sostén endeble, expuesto a un altísimo grado de desgaste cuando menos asociados a nuestro juicio con dos grupos de factores: 1) los que tienen que ver con la igualdad económica, social y política y las ambigüedades de la representación; 2) los que tienen que ver con la credibilidad o fiabilidad intrínseca del propio proceso de selección de los gobernantes.
Aunque en México, la influencia del primer grupo de factores es inconmensurable, nuestro objeto tiene que ver específicamente con el segundo grupo, esto es, específicamente con factores que ponen en tela de juicio el fundamento mismo del minimalismo, el proceso de elección de los gobernantes. Y de todos los factores potenciales que pueden poner en predicamento ese proceso, la intención es abordar uno de ellos que ha sido insuficientemente atendido en la literatura sobre la democracia mínima y que jugó un papel protagónico en las elecciones estatales de 2010 a 2012, y especialmente, en las presidenciales de ese año: la encuestas y sondeos preelectorales de intención de voto.
Pero antes de abordar directamente nuestro aspecto de interés es necesario rememorar que, pese a sus fundamentos, la concepción minimalista de Schumpeter defendida admirablemente por Pzeworki ha sido criticada desde varios ángulos que asociados con la evidencia empírica recolectada, son responsables de nuevos desarrollos teóricos en el análisis político que tomarán distancia de la dicotomía tradicional democracia/autoritarismo, y reconocerán entre ambos polos una pluralidad de regímenes denominados híbridos.
De entre los críticos del minimalismo destaca, por ejemplo, Diamond, que ha señalado que la concepción misma aunque definida básicamente en términos electorales en realidad exige una serie de elementos adicionales (algo que también señaló en su tiempo O´Donell en “Teoría democrática y política comparada”) especialmente importantes niveles de libertad para lograr la competencia y la participación. La falacia electoralista privilegia la dimensión electoral sobre otras dimensiones de la democracia, ignorando el grado en que las elecciones multipartidistas excluyen partes importantes de la población del avance y la defensa de sus intereses. El mayor problema de la democracia minimalista es la situación que se vive fuera del período de elecciones. Muchos países califican como democráticos por la forma en que se realizan las elecciones, pero no lo son por las formas en que garantizan las libertades o las modalidades de expresión de la sociedad civil. El contrasentido de la concepción minimalista es que ha tenido que introducir muchos conceptos más allá de la dimensión electoral que le son importantes para poder operar.
La concepción de la democracia liberal es más coherente pues incluye requerimientos que son imprescindible a la democracia: libertad y pluralismo, controles verticales y horizontales, no reserva de poder por grupos fácticos.
Las garantías de la democracia liberal están en el rule of law, es decir, un modelo en el cual las normas jurídicas se apliquen imparcial, consistente y previsiblemente respecto a casos semejantes y con independencia de la clase, status o poder de quienes están sujetos a ellas.
Constituyen algunos componentes específicos de la democracia liberal (Diamond relaciona hasta diez): 1) control del estado y de las principales decisiones desde el punto de vista práctico y constitucional; 2) control del poder ejecutivo desde la práctica y de la normatividad constitucional. Para Diamond las democracias liberales deben ser democracias constitucionales o lo que es igual Estados constitucionales (Diamond, 2003).
En resumen, mientras para Przeworki la democracia puede pensarse en forma completamente autónoma para relacionarse con el resto del aparato estatal sólo en el nivel de su necesaria sustentación institucional, para Diamond esto es imposible en la medida de que las exigencias o requerimientos institucionales de la democracia forman parte de su propio concepto.

Orestes E. Díaz Rodríguez

Enero 12/2016

Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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