“Raúl y Obama”


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Los políticos, cualquiera que sea su condición, son actores conscientes, piensan siempre en términos estratégicos. Sus decisiones cruciales casi nunca son fruto de la espontaneidad, mucho menos de una pretendida predisposición especial a defender lo políticamente correcto, más bien son resultado del estudio y del cálculo, lo que no está reñido con que algunos suelen tener mucho mejor aptitud que otros en trasmitir cierta imagen de flexibilidad y mejor capacidad para la simbiosis de sus objetivos propios con ciertas causas sociales o generales.
Si los republicanos hubieran permitido a Barack Obama durante sus dos mandatos hacer los cambios que a juicio del mandatario necesita el statu quo interno de Estados Unidos, lo que significaba, cuando menos, una amplia colaboración bipartidista en Washington en lugar de politiquería y polarización, límites a la infuencia de los intereses especiales en la política, una nueva regulación migratoria, una ley restrictiva del comercio y porte de armas de fuego y una regulación ambiental ambiciosa capaz de mitigar seriamente el calentamiento global; seguramente el presidente no hubiera sido acorralado y motivado a concentrar estrictamente sus cambios en el statu quo internacional, fuera hasta cierto grado, del alcance del veto de sus adversarios políticos.
De esta forma, la nueva relación de Estados Unidos con La Habana, y probablemente también la negociación con Irán, son ante todo fruto de la exitosa y exacerbada movilización republicana para atar las manos del presidente Obama, al que no dejaron otra opción, a riesgo de que su mandato languideciera por inmovilismo, que la de “gobernar” la política exterior.
La decisión de normalizar con La Habana y la visita debe ser vista en esa perspectiva, de la misma forma que el acercamiento desde La Habana responde también a intereses estratégicos. Aún antes de que Chávez enfermara, La Habana sabía que la dependencia de la economía cubana con respecto a Venezuela sólo podía ser temporal. Las elecciones constantes, el desgaste y la fragilidad de la economía del país sudamericano no auguraban una sociedad vitalicia. Otra cosa, en cambio, significa la perspectiva de cientos de miles de cubano norteamericanos y de  millones  de norteamericanos solventes viajando de turismo a la isla.

¿Pero quién podía dirigir desde la isla un acercamiento imprescindible con Estados Unidos sin que a corto plazo entrañe un peligro para el régimen y sin correr el riesgo de ser denostado por los históricos como traidor? ¿Díaz Canel? ¿Machado Ventura? ¿Ramiro Valdés? No, sólo alguien que cumpliera con dos requisitos, llevar el apellido Castro y no predicar la proverbial intolerancia que caracterizó a Fidel. Es así que se produce la confluencia entre la estrategia de Obama y la de Raúl, más allá de los intereses y motivaciones de una diversa cantidad de actores a ambos lados del estrecho de la Florida que se han visto obligados sobre la marcha, a tomar postura contra un giro inesperado lejano a sus expectativas o ambiciones.
El acercamiento es un hecho consumado, ante todo, por Obama y Raúl atendiendo a las necesidades derivadas de sus propias agendas. Una especie de matrimonio de conveniencia, en la que los invitados o involucrados con la celebración, asisten al espectáculo de una relación configurada subrepticiamente ante sus ojos, sobre la que tienen cuestionamientos y dudas acerca de la naturaleza del origen y su futura longevidad, pero muy escasa o ninguna posibilidad de revertir.
La otra cuestión es para quién, además de Obama y Raúl, es buena esta “unión”. Aquí hay que apuntar a las consecuencias. A corto plazo, es cierto, el régimen se legitima y consigue fondos, pero también lo es que la imagen del enemigo, fundamento de su añeja retórica se debilita como nunca antes y el pretexto principal para permanecer inmóvil se agota.

Hay otras secuelas, a corto plazo se aleja la posibilidad de que millones de compatriotas vuelvan a revivir la angustia de la entrada del período especial en una nueva fase crítica, y también a partir de ahora, los futuros líderes que reemplazaran a los históricos por estricto mandato biológico, para bien o para mal, tienen una vía de comunicación directa y expedita con Estados Unidos.
Muchos cubanos de adentro y de afuera quieren una transición pacífica de Cuba hacia algo mejor que el “universo castrista”. La pregunta vital a mi juicio es si la relación de acontecimientos que hemos estado viviendo aleja o aproxima esa meta.

Todavía, ni remotamente se ha conjurado el peor escenario, pero comienzan a surgir los primeros indicios de que podría haber lugar para otra perspectiva en la que movimiento,  acuerdos y negociaciones prevalezcan sobre inmovilismo, resentimientos y diferencias.
Orestes E. Díaz Rodríguez

Tulum, Marzo, 2016

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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