¿Por qué México no estalla?


Despierta

Cada vez que en México tienen lugar sucesos traumáticos como los de Tlatlaya, Ayotzinapa o la “Casa Blanca” la pregunta que sobrevuela dentro y fuera del país es la misma, ¿por qué México aguanta, por qué el país no estalla?

Se han aducido diferentes razones de la “apatía” mexicana, como son la baja instrucción o de plano los altísimos niveles de ignorancia, la  labor de los medios de comunicación aliados de las elites políticas que crean eficientes marcos desmovilizativos,  la impericia de los dirigentes de los esporádicos o aislados movimientos sociales de protesta y hasta la idiosincrasia.

Pero esas características se pueden encontrar también en Guatemala u otros países latinoamericanos sin que lleguen a impedir en determinadas circunstancias la movilización general contra el status quo.

¿Entonces, por qué México no?

Mi hipótesis es la siguiente, la “apatía” mexicana se explica en primer lugar porque el país se beneficia de su privilegiada situación geográfica. La frontera de 3000 km que mantiene con la potencia económica más importante del mundo  le ha permitido entre otras cosas crear una clase media  del lado allá y del lado acá de la frontera, tener un caudal relativamente estable de remesas y la posibilidad de que productores nacionales exporten hacia el mercado con mayor solvencia del mundo sin grandes complicaciones. México goza de  un nivel de vida que no se corresponde con su capacidad productiva real y en última instancia, el insatisfecho con el estado de cosas, siempre ha podido jugar, de una u otra manera, la carta de la emigración con resultados tendencialmente generosos.

En segundo lugar, la economía informal en México es gigantesca. Ello tiene los siguientes efectos, el ciudadano descontento al sumergirse en la informalidad tiene una vía de reproducción material de su vida y la de su familia sin necesidad de confrontar con el estado. El no pago de impuesto constituye característica esencial de la informalidad y mientras menor es el número de ciudadanos integrados a   la recaudación fiscal, menor también es el interés por supervisar, exigir y movilizarse contra los excesos del gobierno.

Lamentablemente,  una parte de los insatisfechos con el status quo cuentan, además de con la emigración o la informalidad, con otra ruta a través de la que pueden acceder a una relativamente rápida acumulación originaria del capital, el mercado del crimen. Dado que las tasas de impunidad son de las más elevadas del mundo los costos y riesgos asociados a esa vía no resultan suficientemente desestimulantes.

Es posible  también que ciertos arreglos institucionales del diseño hayan contribuido también de forma perversa a brindar una estabilidad injustificada. Me refiero específicamente a la cláusula de no reelección presidencial que obliga al mandatario a apartarse del poder  una vez concluido el mandato. ¿Cuantas potenciales movilizaciones y agentes de cambio finalmente son desactivados ante la expectativa de que las elecciones generales traerán necesariamente un cambio de rumbo?

Por otra parte, México no está ligado al destino del resto de los países latinoamericanos. La frontera norte es la fuente principal de sus dinámicas internas, mientras desde  la línea fronteriza sur no recibe prácticamente incentivos de cambio. Centroamérica y su empobrecimiento, actúan hasta el momento, como cortafuegos, aislante de los procesos y dinámicas que tienen lugar en Sudamérica.

Orestes E. Díaz Rodríguez

Tulum, mayo 17, 2016

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Acerca de orestesenrique

Master en Filosofía por la Universidad Estatal de Moscú, Abogado (Universidad de La Habana), Profesor de Sistemas políticos comparados por la Universidad de Guadalajara, de Soluciones a conflictos internacionales por la Universidad del Valle de México y Derecho Constitucional para curso de Maestría de la Universidad América Latina. Columnista del diario de Guadalajara, "El Informador"
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3 respuestas a ¿Por qué México no estalla?

  1. Emmanuel dijo:

    Orestes, genial tu aporte. Creo en la absoluta relevancia de la cuestión que aquí discutes y me suscribo a la duda “Por qué México no estalla”.
    No obstante tengo una duda, ¿Hay datos que respalden la siguiente afirmación?:

    “El no pago de impuesto constituye característica esencial de la informalidad y mientras menor es el número de ciudadanos integrados a la recaudación fiscal, menor también es el interés por supervisar, exigir y movilizarse contra los excesos del gobierno.”

    Porque el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) aglutinó a muchos sujetos y grupos “informales” (baste recordar a los vendedores de flores del Mercado “Belisario Dominguez” de Texcoco) Los cuales se movilizaron de manera tal que detuvieron la construcción de un aeropuerto (2001) y pusieron en entredicho la “pulcritud” de la administración peñanietista en el EDOMEX.

    En ese sentido la relación directa: más informalidad = menor interés y movilización queda en entredicho. No obstante tampoco dudo existan los datos que apoyen tal afirmación, la cuestión está en revelarlos.

    Como siempre, es un gusto leerte.
    Saludos.

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    • Muchas gracias Enmanuel. Me encanta el ejemplo del Frente y recuerdo perfectamente cuando se movilizó contra el proyecto de Aereopuerto de Fox, machete en mano. Mi hipótesis establece en todo caso una correlación tendencial y no absoluta, quiere decir que no excluye totalmente movilizaciones de “informales organizados”, sino la idea de que como regla, menor integración al sistema recaudatorio, menor interés ciudadano con la gestión de los recursos por parte de las autoridades. No conozco a fondo el caso del FPDT, pero percibo que la movilización tiene que ver con la supervivencia o no de esos informales, ante la expectativa de que le “arrebaten” su territorio. En cuanto a los datos concretos no los poseo porque ello implicaría que mi análisis forma parte de una investigación, cuando se trata más bien de una hipótesis que tiene por fuente la observación y la comparación y que sin dudas podría ser cotejada o alimentada con la debida recolección de datos. Por tanto hablamos sólo a nivel de hipótesis. Nuevamente, gracias.

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  2. Rebeca Ferreiro, me envio esta atinada reflexión que transcribo: Traté de postear este comentario en tu blog, pero no me lo permitió el servidor, no entendí bien por qué. No seguí intentando porque estoy algo ocupada ahora, pero si te sirve de algo te lo comparto por esta vía. Saludos, nos vemos en clase.
    Rebeca.

    Concuerdo con las razones que expones aunque me gustaría agregar otra, menos fácil de observar, más inasequible, pero efectiva: la construcción simbólica de la identidad y los conceptos que nos hemos generado del país y de los diferentes grupos sociales. Por ejemplo, se ha enraizado en nuestro discurso nacional la ponderación del mexicano trabajador (para enfrentar la idea que primó en el extranjero en los años 10’s y 20’s del siglo pasado cuando se popularizó la imagen del mexicano perezoso, en buena medida por la cobertura periodística estadounidense de la revolución mexicana), de modo que manifestarse o irse a la huelga es aún mal visto, suele reprobarse bajo la idea recurrente de que el que se manifiesta es flojo: “ya mejor ponte a trabajar” se le dice todavía hoy en la calle. Los medios abiertos han jugado un papel en ello, presentándolos como improductivos y agresivos. El miedo juega otro papel, la generación que vivió la mano dura del priísmo de los años 60’s y 70’s popularizó la idea de que con el gobierno no se juega, de que no es posible ponerse con Sansón a las patadas; lo que va de la mano con una alternativa de corrupción que permite la subsistencia; es mejor llevarse bien con un gobierno corrupto que “por lo menos” deje “trabajar”, lo que en términos informales significa que deje robar, “el que no transa, no avanza”. Se acuñó la famosa frase de “el PRI trabaja y deja trabajar” para referirse a que si no te le oponías, podías participar de una que otra actividad ilegal o evasión de impuestos. Por otro lado, a pesar del discurso cuasi slogan publicitario del orgullo mexicano, lo cierto es que no nos concebimos como unidos por una identidad propiamente nacional, sino que nos separamos por grupos étnicos, por clases económicas, por grupos ideológicos, etc. Están los indígenas, de los cuales nos sentimos diferentes -no somos los mismos-, están la clase política – de la que no participamos-, están los grandes empresarios -que dan trabajo, pero no formamos parte del mismo universo-, están los fresas, los ancianos, los 50 millones de personas en pobreza extrema, etc. Divisiones que se vuelven más evidentes cuando se trata de perseguir causas comunes. Es decir, cuando pasa algo como lo de Ayotzinapa en el fondo nos preguntamos ¿a cuántos de estos sectores les importa realmente y qué tanto estarían dispuestos a hacer? Y la respuesta viene dada en distintos grados y es muy poco consistente. En fin, considero que la construcción simbólica de nuestra identidad es básica para tratar de dar respuesta a la pregunta que acertadamente planteas.

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