Cuba: La muerte de Fidel y la sucesión


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Ahora que con la llegada de la segunda quincena de diciembre temporalmente he terminado con mis obligaciones  y también se han calmado un poco las agrias disputas en torno al legado de Fidel Castro (¿no será esa también la herencia?), es un momento oportuno para considerar con tranquilidad y sin sesgos las  pistas que sobre la Cuba que viene  arrojaron su muerte y el funeral.

La primera certidumbre es que  la muerte del líder histórico origina que, por encima de todos los asuntos, gane el mayor relieve el tema sucesorio, por más que los altos representantes del régimen lo encubran, cosa en la que además tienen probada experticia.

Ahora ha quedado en La Habana sólo un Castro “histórico”.  Sea cual sea el sucesor, un relevo sin sobresaltos y controlado, sólo tiene posibilidades de concretarse con relativo éxito, con Raúl  monitoreando personalmente el proceso, sobre todo intermediando en la compleja relación del sucesor designado con los jerarcas militares, los históricos que han sobrevivido,  la estructura del partido y la propia familia Castro.

Raúl Castro anunció desde tiempo antes que se retiraría en 2018. Ese anuncio hay que examinarlo detenidamente. Tiene varias aristas.

Primero, no parece incluir, al menos  en su etapa de arranque, la jefatura del partido comunista.  Alcanzaría, por el momento, sólo el cargo de presidente del consejo de estado, subordinado jerárquicamente al del primer secretario del partido, el verdadero nicho decisorio de la isla.

Segundo, 2018 es temporalmente muy lejano para alguien que tiene 85 años. Será toda una verdadera ruta crítica biológica la que tendrá que atravesar Raúl para poder llegar a traspasar personalmente la parte menos decisiva del mando que hoy controla.

Erróneamente consideramos que si Fidel y Ramón Castro murieron a los 90 y 91 años, a Raúl le quedan aproximadamente cinco años activos. Tal apreciación es falsa. Aunque Fidel murió a los 90, prácticamente la biología lo desactivó a la edad de 80 años, y  a falta por el momento de más datos, tenemos en cambio el valioso testimonio  de 2004, de  Ricardo Pascoe Pierce, ex embajador de México en La Habana, de que  Ramón Castro, el hermano mayor, para esa fecha se le notaba abiertamente la predisposición alcohólica, por lo que es factible suponer que su “desactivación” también tuvo lugar muchos años antes de que finalmente feneciera.

Lo que quiero decir es que nadie puede asegurar que a Raúl le queden cinco años en activo, sino que lo único verdaderamente cierto es que  él ha permanecido más tiempo en activo que sus hermanos, por lo que su eventual desactivación está mucho más cerca de lo que se piensa y el tramo que tendrá que recorrer hasta mediados de 2018 no se puede dar por hecho. Puede que lo recorra, pero seguramente existe una probabilidad muy similar de que no alcance a completarlo, al menos en plenitud de condiciones.

El problema reside en que el régimen necesita un Raúl Casto activo o con un nivel satisfactorio de condiciones físicas y psíquicas para que monitoree la sucesión y garantice que pueda llegar a feliz término.

Desde que percibí que Donald Trump podría ser el sucesor de Barack Obama en la Casa Blanca, con todo lo que ese acto significa para La Habana, pensé que la postura de Raúl sería reconsiderar su decisión. Llegué a pensar que la llegada de una administración norteamericana con un discurso beligerante contra la reciente aproximación con la isla,  le daba el pretexto perfecto para adjurar de su anuncio y  conservar el doble cargo de presidente y primer secretario.

Si pudiera creo que Raúl los conservaría, pero el problema es que carece de tiempo, sabe muy bien que el plan de sucesión previsto tiene mayores posibilidades de concretarse, si  él personalmente puede controlar el proceso en vida.

Quiere decir, que abandonará, sólo en parte, el primer plano y controlará la ejecución del libreto. Primero, directamente, luego, si la biología y la situación operativa lo permiten, tras bambalinas. La idea es que los auditorios externos y sobre todo interno, comiencen gradualmente a acostumbrase a que las cosas pueden seguir el mismo rumbo o parecido sin necesidad de que él se encuentre al frente. Es más probable que la mayoría, tanto en la cúspide como  en la base, respete y se acostumbre a la nueva rutina, si saben que él está de alguna forma presente, al pendiente de la ruta, los posibles forcejeos y de los detalles espinosos. Así que no hay opción, comenzará a ejecutarlo por parte en 2018 o incluso no sorprendería que fuera antes.

Tercero, el nivel de planificación milimétrico y sigiloso mostrado en la organización de las honras fúnebres  nos dice que ese mismo será el estilo de la sucesión. El manejo de los tiempos y de los símbolos que alcanzó el régimen no dejó escapar ningún detalle, ni siquiera el día del deceso, así Fidel muere “fortuitamente” el día en que debía morir, justo cuando se conmemoran sesenta años de la partida de México del yate Granma.  

Nadie lo dude, no habrá lugar a la improvisación. Existe, como es habitual en la jefatura del estado mayor del  ejército,  un plan  con acceso absolutamente restringido que ya arrancó, y un procedimiento que establece  tiempos, fechas, responsabilidades, posibles distracciones a ejecutar para desorientar al  adversario, y además, una discreción y una discrecionalidad total. Todo deberá acontecer  sin que parezca que nada importante haya acontecido. ¿Acaso esa no fue siempre, por encima de cualquier otra consideración, la divisa máxima? (continuará).

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Tulum, diciembre 14, 2016

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Acerca de orestesenrique

Master en Filosofía por la Universidad Estatal de Moscú, Abogado (Universidad de La Habana), Profesor de Sistemas políticos comparados por la Universidad de Guadalajara, de Soluciones a conflictos internacionales por la Universidad del Valle de México y Derecho Constitucional para curso de Maestría de la Universidad América Latina. Columnista del diario de Guadalajara, "El Informador"
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Una respuesta a Cuba: La muerte de Fidel y la sucesión

  1. La objetividad en análisis de las variables complejas (incluyendo coordenadas de posibilidades de desempeño biológico del actor principal, en tanto actual presidente histórico, contexto del enfoque confrontativo de la administración que emerge en los EE.UU., elementos simbólicos y balance de estructuras internas de poder en partido y Estado) resaltan esta caracterización de escenarios posibles, dentro la transición en la Isla, a partir del deceso de Fidel… Transición a un modelo más eficiente, que viene planifucándose en los dos últimos congresos del PCC y cuya fecha próxima está definida para 2018.

    Como es un texto abierto se espera con interés la visión politológica del autor.

    Saludos y comparto, Orestes.

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