Chile: ¿Y si de todos modos Sebastián Piñera pierde?


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Contrario a la opinión más extendida, incluso entre los académicos, la trama de cualquier elección y por supuesto también de la contienda presidencial, es la tensión entre pauta y plasticidad que la mayoría de las veces se resuelve a favor de la primera. Pasiones políticas, encuestas, así como la sobrestimación del papel del azar y de la propia plasticidad regularmente conspiran en la ocultación de la pauta.

Pauta significa que, pese a toda su apariencia azarosa, el resultado electoral, esto es, quien resulta ganador de la contienda,  suele estar fuertemente condicionado por el comportamiento reiterado de una o muy pocas variables.

En cambio, la plasticidad hace referencia a las situaciones muy específicas en que la pauta no se confirma debido a la creatividad o inventiva de los propios actores, en ese caso,  candidatos y organizaciones que son capaces de encontrar las herramientas imprescindibles (tácticas) para que la tendencia aborte.

Uno de los problemas analíticos reside en identificar esa pauta. Por fortuna, no sin esfuerzo, esa tarea está casi concluida. Para el caso de las elecciones presidenciales en América Latina, la pauta es que un gobierno que cuenta con una evaluación de desempeño insatisfactoria o tendencialmente a la baja por parte de sus ciudadanos (sólo hay que saber qué momento es el indicado para realizar la lectura de la popularidad presidencial), aproximadamente en el 80% de los casos su candidato electoral no alcanza a retener el poder. Por cierto, una evaluación insatisfactoria o a la baja es aquella en que los mandatarios obtienen una evaluación inferior al 40%.

Sin embargo, aun cuando la pauta aplique para el 80% de los casos, de muy poco serviría si no logramos identificar en qué circunstancias la misma no opera. La noticia es que la acumulación de una considerable base de datos nos permitió avanzar también en esa dirección y, curiosamente, la condición que logra abortar la pauta, hasta ahora, también es una y la misma, aunque no necesariamente debe comportarse así en el futuro o en todos los casos ya acontecidos que paulatinamente puedan ser objeto de investigación.

¿Pero cómo se asocia este preámbulo con la elección presidencial que actualmente tiene lugar en Chile y el título de nuestro análisis?

La coalición oficialista de centroizquierda y su candidato Alejandro Guillier arribaron  a la primera vuelta de la elección presidencial lidiando con una aprobación presidencial de Michelle Bachelet muy cercana al 20%. Ese dato hacía esperar que el oficialismo no se impondría en primera vuelta, como en definitiva sucedió. Significativamente, en esa instancia obtiene un por ciento de votos idéntico al de la popularidad de la presidenta en funciones, aproximadamente 23%.

El ganador de la primera vuelta resultó la centroderecha, “Vamos Chile”, liderada por el expresidente Sebastián Piñera. Casi todos los cálculos de intención de voto preelectorales y del propio comando de  Piñera le concedían un resultado entre el 40 y el 44% de los votos en primera vuelta, pero el ex presidente concluyó la etapa con un 36.64% que complica sus aspiraciones de imponerse en la segunda vuelta, pues el conjunto de la  izquierda, esto es, la suma de los votos alcanzados por coalición de gobierno (22.70%), Frente Amplio (20.27%), Partido progresista (5.71%) y la Democracia Cristiana (5.88 %) (tradicionalmente  parte de la coalición de gobierno de centro izquierda) se eleva hasta el 53%, aritméticamente suficientes para que se impongan en la segunda vuelta.

Los analistas consideran que las posibilidades de crecer de Piñera son menores a las del oficialismo, debido a que sólo podría atraer los votos de la derecha dura o pinochetista, que alcanzó el 7.93% de la votación en el primera vuelta y que eventualmente permitiría que creciera hasta el 44%, bajo el argumento que los pinochetistas preferirían  apoyar a Piñera que permitir que gane la izquierda. Sin embargo, no se ha mencionado que el amplio favoritismo que tuvo la candidatura del ex presidente en la primera vuelta, donde nadie dudó que se impondría con una gran ventaja, pero que a su vez  no le alcanzaría para ganar en esa instancia, pudo haber impactado negativamente  la movilización plena de sus votantes,  una parte de los cuales  bien  pudo no acudir a las urnas ante la expectativa de un triunfo a todas luces seguro,  pero que no decidía en definitiva nada.

Sin embargo, la ventaja de Piñera, según mi manera de entender la elección, no estaría precisamente allí. La ventaja fundamental de Piñera es que su adversario tiene el reto de ganar la elección pese a su pobre desempeño gubernamental en el mandato que concluye (23% de aprobación), algo que resulta un gran sin sentido para el votante.

Los líderes del partido progresista (5,7%) y de la democracia cristiana (5.8%) no se tardaron en dar su apoyo al candidato del oficialismo. Es una buena señal para el candidato del gobierno, pero no significa que la totalidad de los votantes de esas fuerzas estén dispuestos a hacer lo mismo.

Pero donde mejor se percibe esa dificultad es en el respaldo de la fuerza que resulta decisiva para las aspiraciones oficialistas: Frente Amplio (20%). Los líderes de Frente Amplio, mucho más bisoños que sus colegas, no se han pronunciado en esa dirección. En cambio, lo primero que destacaron es que en ningún caso formarían parte del gobierno y que al candidato del oficialismo no le alcanzaría para obtener su respaldo sólo con blandir el pabellón del anti piñerismo.

La postura de Frente Amplio es comprensible, de qué forma una fuerza política emergente e inexperta que se gestó a partir de la crítica y de la diferencia con la gestión oficialista, puede en un tiempo excepcionalmente corto, cambiar su discurso y dar su respaldo a la misma fuerza política que fue caldo de cultivo central de su insatisfacción. Semejante metamorfosis la acometen generalmente  partidos largamente curtidos en el laberinto de la lucha político institucional, pero muy  rara vez fuerzas que recién se incorporan.

En el propio Chile hay un antecedente al respecto. Hace exactamente ocho años  una fuerza política emergente, desgajada del oficialismo y liderada por Marco Enríquez- Ominami consiguió llegar en tercer lugar sumando el 20% de la votación. Para superar a la centroderecha, el oficialismo necesitaba el respaldo irrestricto de Ominami y sus votantes en la segunda vuelta. Sin embargo, el respaldo tardó en llegar y cuando se dio fue de manera muy tibia y hacia el final de la campaña. El resultado fue que la centroderecha se impuso.

Enríquez-Ominami ha reconocido que aquella postura fue errónea y en 2017 se ha apurado en dar su apoyo al candidato de la coalición gubernamental, pero los votantes de Frente Amplio son ahora rehenes de la misma encrucijada que lo anuló en 2009, y que no es otra que la de respaldar a una fuerza en la que no creen y cuya práctica y resultados políticos han rechazado de modo tajante.

Entonces, ese es el drama de la coalición oficialista, lograr que sus “parientes ideológicos”  y, especialmente, los de Frente Amplio, respalden con su voto un  desempeño gubernamental y una manera de hacer política que ellos mismos han reprobado. Por otra parte, hay que tomar en cuenta que lo que se denomina Frente Amplio es una coalición formada por 14 partidos y movimientos con sensibilidades muy diferentes y que tal grado de fragmentación hace mucho más ardua cualquier intención de negociación para la asunción de una postura homogénea.

La clave para apostar por una definición homogénea y favorable de Frente Amplio sería que sus votantes perciban que un triunfo de Piñera y la centro derecha podría significar un quiebre del propio régimen democrático, pero luego de casi 30 años de gobiernos democráticos y alternancia, ese es un escenario prácticamente descartado por improbable. Entonces la pauta de que candidato de gobierno mal evaluado difícilmente logre retener el poder sigue amenazando con imponerse más allá de que la aritmética superficial indique hacia otro resultado.

¿Y si de todos modos Sebastián Piñera pierde?

Significaría que la pauta, por esta vez, no pudo imponerse y que debemos volcarnos de inmediato a identificar la condición que propició su aborto.

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Tulum, 23 de noviembre de 2017

 

 

 

 

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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