¿Quién va a Ganar la Elección de 2018 en México? “La evaporación del voto útil y la solidificación del voto de castigo”


adversarios

Intento  entender las razones que me impidieron hasta ahora  concretar por escrito un pronóstico de las elecciones presidenciales en México.

Debo hacer primero ese ejercicio de exorcismo, imaginando que una vez concluido fluirá el argumento.

Las causas son varias:

Primero: Parece que no es lo mismo intentar leer los procesos electorales cuando ocurren a distancia, en Chile o Argentina, por ejemplo, que estando  inmerso en ellos. Sorpresivamente, la última modalidad se me ha hecho más difícil.

Segundo: En este caso me cuesta mucho más el equilibrio, por una inclinación decidida hacia uno de los candidatos. Me afectan los  sucesos que ponen sus aspiraciones en riesgo y hasta me he sorprendido a mi mismo haciendo política, algo de lo que me había desprendido voluntariamente desde mucho antes de partir de La Habana.

Tercero: En México estamos ante una elección presidencial en cierto modo atípica debido a que el candidato del partido de gobierno no tiene posibilidades de ganar la elección o de quedar en segundo lugar. Para que se tenga una idea, de todas las elecciones presidenciales celebradas en quince países latinoamericanos de hace cuatro años a la fecha, el oficialismo sólo no ha sido protagonista en Perú, 2016 y en Guatemala, 2015. A lo que voy  es que, ese hecho cambia la dinámica de la competencia y también del comportamiento electoral. En esa situación  el pronóstico ya no versa sobre las posibilidades del partido gubernamental y la de  su principal contrincante, como ocurrió, por ejemplo, en Chile 2017, sino que trata sobre las probabilidades de al menos dos fuerzas políticas no oficialistas que tienen chance de imponerse y sobre las que no pesa directamente el lastre del desempeño o gestión de turno. En esas condiciones la elaboración del pronóstico se complica.

Cuarto: Por elecciones anteriores, me acostumbré a elaborar el pronóstico hasta un día antes del desenlace, pero eso no impide que lo intente de otra manera, es decir, una serie de aproximaciones preliminares y periódicas (semanales) que pueden marcar ruta hasta el análisis final.

En un artículo que presenté en el ya lejano Coloquio de Octubre de 2017 en la Centro Universitario de Ciencias Sociales  de la Universidad de Guadalajara, “Pautas y Plasticidad. La elección presidencial mexicana de 2018”, defendí que el partido de gobierno en México tenía escasas probabilidades de imponerse en la elección presidencial de 2018.

Cuando argumenté ese punto, hacia muy poco tiempo que el PRI  había logrado retener la gubernatura del importante estado de México, así que mi visión fue acogida con un escepticismo general, pese a que expuse ante un auditorio predominantemente anti priista.

Aunque la responsabilidad final por el  eventual fracaso del PRI en la elección presidencial de 2018 seguramente la endosarán a  la campaña de José Antonio Meadde,  en realidad su contribución al descarte del oficialismo es muy pequeña.  La causa principal de la debacle del partido de gobierno radica en su desastroso desempeño reflejado en los niveles de aprobación del presidente Peña Nieto en el importante año preelectoral de 2017 en que promedió cerca del 20%.  Cualquiera otro candidato que hubiera representado al partido de gobierno correría igual o peor suerte. Luego de revisar más de sesenta procesos electorales  en América Latina registro que cuando el partido de gobierno exhibe semejante desempeño las probabilidades de retener el poder son cercanas al 10%.

¿Pero, por qué no ocurrió así en el estado de México y el PRI pudo conservar el poder?

Las razones principales son tres: 1) En el estado de México, a diferencia de en la elección federal, el PRI es todavía un partido hegemónico, y eso quiere decir no sólo que  sus redes clientelares son menos porosas sino que sus posibilidades de jugar sucio son incalculables por el control que ejerce sobre todos los contrapesos institucionales; 2) La elección en el estado de México coincidió con sólo dos elecciones a gobernador en otros dos estados, por lo que el gobierno federal puedo concentrar allí un número gigantesco de recursos de todo tipo, algo que le resultaría muy difícil repetir para el caso de una elección como la presidencial que se decide al mismo tiempo en diferentes puntos del país; 3) Las fuerzas políticas rivales al PRI en el estado de México presentaron batalla de forma prácticamente individual, mientras que  el partido hegemónico, vaya paradoja, acudía a la cita electoral escudado en una coalición.

En aquel artículo, por cierto, escrito en julio de 2017 y  publicado en las memorias del evento, hacía referencia también a que las casi nulas probabilidades de victoria del PRI serían muy difícil de contrarrestar intentando sobredimensionar la percepción de que la fuerza política opositora con  posibilidades de ganar la elección constituía un peligro para México. Ello se debe no sólo a que la consigna ya fue empleada en los comicios de 2006, tampoco a que de 2006 a 2018 los mexicanos tuvieron la oportunidad de comprobar realmente quienes representan un peligro para la institucionalidad, sino también a que ese artificio no funcionaría de ninguna manera, por ejemplo, contra una coalición de partidos como la conformada por el PAN, PRD y MC. Por tanto, era de esperar que el desenlace electoral de 2018 llevaría a una fuerza política no oficialista al poder. En resumen, defendí que el PRI no podía ganar la contienda, pero francamente desconocía entonces cuál de las otras dos fuerzas contendientes, Morena o el Frente podría en definitiva resultar vencedora.

Los que han tenido la paciencia de leerme en los últimos cinco años conocen que mis pronósticos no se afincan en resultado de encuestas de intención de voto, justamente porque en demasiadas ocasiones los sondeos terminan decepcionando a los votantes, sino en análisis del comportamiento de ciertas variables. Pero el problema que ha planteado la predicción de esta elección es identificar qué variables son las decisivas cuando el partido de gobierno no tiene posibilidades. Y la famosa luz al final del túnel, al menos para mí, tardó en brillar.

Teniendo en mente ejemplificar apunto que, el estado de la economía y la popularidad del presidente, constituyen variables claves para elaborar el pronóstico de cualquier elección, pero ojo, siempre que en esa elección el oficialismo sea protagonista. Si no lo es, esas variables aportan muy poco o casi nada. Entonces,  el comportamiento de cuáles  variables son las que hay que enfocar para intentar saber quién va a ganar en julio. Esa es la cuestión.

Emergen varias: la responsabilidad directa o indirecta con la situación general del país por haber gobernado o cogobernado con anterioridad, el desempeño en responsabilidades públicas o privadas de los candidatos presidenciales del Frente y de “Junto haremos historia”, la estructura partidaria con que cuentan, la naturaleza y repercusiones de los escándalos en que están involucrados los aspirantes, los eventos que irrumpen en la campaña y que contradicen el discurso de los mismos  y la pérdida o ganancia de poder político territorial que exhiben en elecciones preferiblemente recientes, digamos de 2015 a la fecha. Parece prometedora esa ruta analítica, pero ciertamente aún no la recorro a conciencia.

En cambio, me referiré a otras dos vías de análisis que sí seguí: 1) ¿a quién no favorecieron los múltiples esfuerzos del partido de gobierno por ser protagonista en la elección de 2018 en México?; 2) ¿cuál es la lógica que rigió la competencia electoral en los dos países donde el notorio mal desempeño del partido de gobierno desactivó sus posibilidades no sólo de retener el poder sino de ser fuerza protagonista en la campaña electoral, Perú, 2016 y Guatemala, 2015?

La realidad es que hasta hace muy pocos días, la visión del partido de gobierno en México era colocar por cualquier medio a su candidato en segundo lugar en intención de voto para luego pedir el voto útil en contra de un eventual triunfo de “Juntos haremos historia”. Quiere decir, que el núcleo dirigente del partido del gobierno, a pesar de todo, continuaba fantaseando  con las posibilidades de ganar.

Eso lo llevó a concentrar su arsenal en el candidato del Frente por México al que, como reconoció el propio coordinador de campaña de esa coalición, Jorge Castañeda, no hay forma de que si el gobierno emplea todas sus agencias incluida el ministerio público para afectar tu campaña, no logre, cuando menos, detener tu crecimiento. Por otra parte, el candidato del frente, siempre mantuvo, por entonces, un tono de confrontación con el partido de gobierno y especialmente con el presidente de la República, a quien amenazó incluso con llevarlo a la cárcel en caso de que su fuerza política ganara la presidencia.

Como resultado de esa “guerrita”  de prácticamente dos meses la imagen del candidato Anaya resultó afectada, sin olvidar, por un segundo, que ya arrastraba un grupo no despreciable de negativos asociados con la forma inescrupulosa en que se hizo del control del PAN, el modo en que a su vez se agenció de la candidatura presidencial del partido, y además el largo proceso de  desdibujamiento ininterrumpido de esa organización a nivel estatal y nacional que viene desde el remoto 2009 y que también afecta a uno de sus principales aliados, el PRD.

La guerrita de marzo y abril de 2018, por el segundo lugar, con la apuesta de luego capitalizar un eventual voto útil ayudó adicionalmente a “Junto haremos historia”, coalición que de forma natural arrancaba como beneficiaria principal del pobre desempeño gubernamental debido a su condición de partido sin responsabilidades de gobierno no sólo durante el traumático mandato actual sino de todas las administraciones que se han sucedido desde la llamada alternancia  a la fecha.

El establisment fue el primero en comprender que la continuidad de la guerrita  de marzo y abril de 2018 no tenía sentido. Entonces comenzó a hablarse de un frente común contra “Junto haremos historia”, el denominado TUCAMLO (todos unidos contra AMLO). Un momento de viraje fue cuando públicamente Anaya amagó con negociar con el presidente una posible aproximación. Pero el problema no es sencillo, por una parte tanto el PRI como Anaya quieren lo mismo, encabezar el TUCAMLO, por otra, esa unión no puede darse sin que haya reacciones desfavorables tanto hacia el interior de las estructuras del partido de gobierno como de la coalición que forman PAN-PRD y MC.

Es extremadamente complicado que en lapso de sólo seis meses el partido de gobierno después de haber llamado a sus fieles a votar por un candidato que no viene de la entrañas de la organización, como Meadde, luego le pida votar por el candidato presidencial del PAN y el PRD. Esos llamados no tienen resonancia. Es tiempo perdido.

Tampoco Anaya puede esperar aproximarse al partido de gobierno sin que desde MC reaccionen negativamente. Eso llevó al candidato del Frente a desdecirse al siguiente día de proponer un acercamiento con el presidente de la república a solicitud del establisment.

Al mismo tiempo hay un problema que  recién comienza   a vislumbrarse en medio de tantos llamados al voto útil: la realidad es no queda prácticamente voto útil al cual acudir pues al  partido de gobierno sólo lo sigue, en la actualidad su militancia más recia, los pretorianos del PRI, y esos no tienden con facilidad a cambiar de bando. Mientras que el apoyo  de la candidata independiente Margarita Zavala, ex militante del PAN, no solo es raquítico sino que pudiera tratarse con seguridad  de calderonistas duros que desprecian a Anaya por la forma en que dejó a la esposa del ex presidente fuera de la contienda por la candidatura presidencial de la organización panista.  

Por tanto, lo que está realmente en juego es el voto de un grupo variopinto que podría ser de  aproximadamente de un 20% que  aún no se ha expresado, o al menos no responde los cuestionarios de intención de voto.  En ese grupo hay de todo,  no votantes, tradicionales anuladores de boleta  e indecisos. Dada su composición es imposible que  pueda ser captado en su totalidad por la candidatura de Anaya. Y justo pareciera que un desempeño excepcional en lo que resta es lo que necesita el candidato del Frente para crecer exponencialmente e imponerse.

Queda, por último, explorar las experiencias de Perú y Guatemala que podrían arrojar pistas sobre la lógica de decisión de contiendas donde el oficialismo se encuentra “excluido” de la fiesta.

En Perú, la lógica de la contienda en su etapa decisiva en la que se enfrentaron dos fuerzas no gubernamentales, fue que una de ellas, el antifujimorismo se identificó como la alianza electoral menos perjudicial y pidió el voto útil que fluyó desde la izquierda hasta la derecha, la posición de Pedro Pablo Kucinsky.

El problema es que “Junto haremos historia” no es ni remotamente el fujimorismo, una fuerza que gobernó dictatorialmente cometiendo fechorías y desmanes inimaginables. A su vez el mismo Frente no puede presentarse como organización no gubernamental químicamente pura, debido a que el PAN desgobernó entre 2000 y 2012 y de conjunto con el PRD aprobaron las controvertidas reformas estructurales del sexenio que corre.

En realidad, la posibilidad del  voto útil  prácticamente se ha evaporado por efecto del desastroso desempeño del partido de gobierno, el antagonismo entre Anaya y Peña Nieto y entre Anaya y la marca Zavala-Calderón y la moderación,  a ratos incompleta, de López Obrador.

En Guatemala 2015, en cambio, la situación  fue más cercana a lo que actualmente se vive en México. Allí una vez que el oficialismo quedó descartado, la lógica que se impuso predominantemente en los votantes fue la de no respaldar a los partidos tradicionales, y sí a la fuerza política emergente, que encabezaba Jimmy Morales. Más que el voto útil, se impuso la lógica del voto de castigo a los responsables y corresponsables de la corrupción, la inseguridad, la pobreza y la impunidad.

En México no se habla de otra cosa que del voto útil cuando la  elección, sin embargo, parece más bien encaminada a ser  definida por el voto de castigo, castigo para las fuerzas políticas que desgobernaron dieciocho años, castigo para las mismas fuerzas políticas que aprobaron las reformas estructurales, castigo para los responsables y corresponsables de una violencia inédita y de una pobreza, una corrupción y una impunidad escandalosamente crecientes.

Es mucha verdad que faltan dos meses para el desenlace. Cosas importantes pueden estar todavía por suceder.  Pero  hasta ahora mientras el voto útil se evapora el voto castigo se solidifica jugando en favor de ya sabes quién…

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Mayo 4, de 2018

Tulum

   

 

 

 

 

 

 

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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