Presidenciables, Estado de salud: “bueno”…


salud

 

La salud de los mandatarios incide  en la gobernabilidad del país y en las relaciones internacionales con sus pares. Cuando los presidentes enferman  la cadena de decisiones  internas y externas se ralentiza o paraliza y si la dolencia se agrava el Ejecutivo puede hasta perder el control sobre las agendas de los mandos superiores y  quedar su voluntad suplantada por la de colaboradores cercanos que no han sido democráticamente electos.

En caso de fallecimiento  se acude al texto constitucional que prevé la ruta  sucesoria a seguir, pero cuando no existe la figura del vicepresidente y no se convoca de inmediato elecciones, el mecanismo a lo sumo garantiza legalidad pero jamás legitimidad.

Pese a la importancia del tema, muy poco o casi nada sabemos de la salud de los aspirantes presidenciales. Las perspectivas de una nación se ponen en manos del candidato ganador, pero su estado de salud queda  fuera del escrutinio público.

En la campaña  se abrió el debate sobre la salud del candidato presidencial del partido “desafiante”. Se denomina así por constituir una fuerza política emergente que se propone desplazar del poder a los partidos tradicionales (González., 1999). El padecimiento comprobado es que sufrió un infarto, mientras el no comprobado es esa preocupante tendencia a enviar el mensaje de que los problemas más graves se resuelven sólo a base de buena voluntad y  ejemplo personal o a verse a sí mismo como una continuidad de encumbrados liderazgos históricos. ¿Esas visiones constituyen o no indicios de un trastorno?

Es muy probable que haber padecido un infarto no constituya una limitante para continuar ejerciendo una profesión. A fin de cuentas lo que importa es que el individuo realice un cambio sustancial en su estilo de vida. Pero, la situación interna de México, ¿con tantos y tan profundos problemas que arrastra permite a su mandatario llevar un estilo de vida más relajado?

Pareciera que el candidato del partido desafiante lleva las de perder en el tema. Pero lo cierto es que no está solo. El candidato presidencial del partido que mayor cantidad de años ha gobernado el país, desde que se dio la cacareada pero inconsistente “alternancia”, parece mostrar juventud, vigor, fortaleza, pero, realmente, ¿su estado de salud puede considerarse como sano? ¿Qué hay detrás de las maniobras que le permitieron desbancar de la presidencia del partido a su titular? ¿Qué nos dicen de él el modo en que dejó tendidos a aspirantes presidenciales de su organización  que tenían mucho más horas de vuelo y méritos? ¿De qué esta hecha  la persona capaz de tejer desde la sonrisa una alianza con los que hasta ayer fueron acérrimos adversarios ideológicos? ¿Detrás de esas conductas qué tipo de personalidad asoma? Poco respeto por los valores y además una evidente capacidad de simularlos que confunde permanentemente a los que lo rodean, apunta no sólo hacia un individuo que no está mentalmente equilibrado sino que también constituye una amenaza en ciernes.

Por último, queda el tercero de los aspirantes importantes, el individuo sin partido que no tiene el menor reparo en representar a la fuerza política que actualmente goza de menos credibilidad. ¿Qué hay con él? ¿Constituye una preocupación  su estado de salud? En apariencia no, se muestra jovial, desenvuelto, capacitado, comprometido. Sin embargo, es quizás el aspirante que involuntariamente más  ha dejado saber sobre su padecimiento que hay que decirlo, no es contagioso ni puede constituir, en principio, una limitante para ejercer derechos consagrados en la constitución. Sin embargo, no debemos subestimar la repercusión  que tiene sobre el individuo. De acuerdo con la opinión de los galenos el vitíligo o leucodemia es una enfermedad con una gran repercusión psicosocial, ya que afecta a zonas visibles, resultando muy difícil para el paciente esconder o disimular las lesiones. Ello puede acarrear complejos, fobia social o, incluso depresión. Quien padece vitíligo puede sufrir problemas psicológicos por vergüenza de su situación, depresión, falta de autoestima, timidez, etc. La pregunta que debe responder francamente el candidato presidencial del partido “declinante”, o en su lugar un team médico neutral, es si la personalidad del aspirante, siempre de muy bajo perfil hasta el mismo momento de ser investido como candidato, se encuentra o no bajo la fuerte presión psicosocial que genera el padecimiento.

La mala noticia es que los presidentes que ejercen su mandato con problemas de salud  físico o mental, o ambos, no constituyen casos poco comunes. Ejemplos sobran por todas partes. De hecho, la humanidad en su conjunto actualmente está siendo empujada hacia un nuevo y amenazante orden, de la mano de alguien que de lo único que estamos seguro es que no es un individuo que podamos reportar como sano o equilibrado.

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Tulum, 20 de junio de 2018

  

 

 

  

 

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Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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