Integración: ¿Por qué Europa sí y América Latina no?


La integración fallida

 

Ayer se presentó el libro “Dimensiones, estrategias y alternativas de la integración autónoma para América Latina y el Caribe”, un gigantesco esfuerzo editorial de cuatro tomos, más de 1200 páginas y casi 40 autores, coordinado por el Dr. Jaime Preciado.

Durante la velada, una certeza y una incertidumbre se apropiaron de las intervenciones de los presentadores y del público en general. La certeza tiene que ver con el pésimo momento que atraviesa la integración latinoamericana, luego del ascenso al poder de gobiernos de derecha en la mayoría de sus países. Estructuras de integración como CELAC, UNASUR, GRUPO ANDINO, ALBA, están paralizadas o sencillamente están siendo desmontadas, a favor de la proximidad con Estados Unidos y el abrazo de la doctrina Monroe y el Panamericanismo, viejos fantasmas que se creían extinguidos.

La incertidumbre, en cambio, tiene que ver con la pregunta planteada por un expositor de por qué Europa, pese a las dificultades, ha avanzado en el proceso de integración, mientras el mismo se debilita en América Latina y el Caribe.

No recuerdo que en  el evento se respondiera esa cuestión. Más bien, la incógnita, el enigma, quedó allí, indescifrable y retador.

Me parece que en el propio paralelismo que estableció el ponente entre Europa y América Latina pueden encontrarse las respuestas. No es una causa, sino varias.

La integración europea tuvo por pilar un acuerdo entre sus países con respecto a la producción del carbón y el acero. Ese fue el punto de partida que luego se extendió gradualmente hacia otras áreas. En América Latina y el Caribe no ha existido y no ha sido identificado el pilar económico de partida de una eventual integración.

La integración europea es resultado del propósito consciente de sus líderes de evitar una nueva confrontación bélica que involucre a la mayoría de los estados de la región. En América Latina jamás tuvimos una experiencia “fundadora” de ese tipo. El continente no ha sido epicentro de dos guerras mundiales, ni de enfrentamiento bélico generalizado entre sus países, por lo que carecemos de ese incentivo “especial” que tienen los europeos.

La integración europea no le ha jugado en contra la presencia de una superpotencia con capacidad de sabotear los propósitos integracionistas. En América Latina sí, aquí hay que lidiar con la activa oposición de Estados Unidos a la consumación de ese proyecto.

Los líderes latinoamericanos que entre 2000 y 2015 lideraron los esfuerzos de integración latinoamericana pecaron de ingenuidad. Jamás consideraron que las circunstancias en que se desenvolvían eran coyunturales y que ellos mismos podían ser barridos o removidos por otras fuerzas y procesos. Como consecuencia, los tiempos de la integración fueron lentos y no se preocuparon por crear mecanismos que contribuyeran a blindar la integración una vez llegadas las condiciones adversas.

La integración europea tiene como motores a dos países económicamente potentes y estables como son Alemania y Francia. Ambos países resultan clave para impulsar el proceso y enfrentar las adversidades. En América Latina y el Caribe, no existen países que podrían jugar ese importante rol. Brasil, el mayor candidato, cíclicamente se hunde en fortísimas crisis internas. México está absorbido por su relación con Estados Unidos y Canadá. Argentina es tan inestable como Brasil. Venezuela y Cuba, con regímenes políticos dictatoriales, de ninguna manera pueden ser epicentros de un movimiento integrador, pues un movimiento hacia la independencia no tiene futuro si es encabezado por quienes hacia el interior de sus países imponen reglas de juego basadas en el ordeno y mando y la represión de otras preferencias políticas.

Por último, la integración europea ha sido impulsada también por el temor a la supuesta amenaza rusa. Una Europa unida es capaz de poder enfrentar cualquier reto bélico que venga desde el Este. El miedo ha actuado allí como un catalizador adicional de la unión. En cambio, en América Latina, ese factor no tiene la claridad debida. Estados Unidos que por su historial de intervenciones en la región y de dominio en las decisiones políticas de los países latinoamericanos pudiera muy bien “desempeñar” ese rol, la realidad es que no es visto como una amenaza por una parte importante del liderazgo continental. Si bien, la izquierda no alberga dudas acerca de la amenaza que representa Estados Unidos con respecto al propósito de tener una América Latina integrada e independiente, la derecha no comparte, en absoluto, esa visión. Al contrario, Estados Unidos, es un benefactor, un aliado, incluso u padre protector con el que conviene tener las mejores relaciones, aunque las mismas sean relaciones de dominación.

La integración ha demostrado ser un proceso complejo y zigzagueante que atraviesa por innumerables etapas. Para América Latina, la actual, es una etapa de aprendizaje.

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

Tulum, 9 de mayo de 2019

Acerca de orestesenrique

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Guadalajara. El tema que luego devino en mi tesis doctoral, predicción de elecciones presidenciales, fue concebido, nació, se experimentó y arrojó sus primeros resultados, justo, en este blog...
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