“La insoportable levedad de las variables voto económico y aprobación presidencial en la elección norteamericana de 2016”


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El peso que puede llegar a tener  variables como voto económico y aprobación presidencial en la decisión electoral ha sido estudiado y defendido por diversos autores. ¿Pero resultaron decisivas esas variables en el resultado del 8 de noviembre en los comicios presidenciales norteamericanos? Todo indica que el papel que desempeñaron esas variables  fue cuando menos ambiguo, es decir, no resultaron determinantes, pero tampoco se  puede afirmar rotundamente que no desempeñaron un rol importante. Para probar esa afirmación expondré brevemente: 1) el contenido conceptual de ambas variables; 2) cómo o a través de qué indicadores concretos se manifestaron dentro del proceso electoral norteño; 3)  por qué considero que los resultados electorales no ofrecen, en esta oportunidad, una respuesta unívoca sobre la verdadera naturaleza del impacto de las dos variables  que específicamente son objeto de nuestra atención.

El basamento de las teorías del voto económico descansa en la obra de Anthony Downs (1973). La idea fundamental de Downs es que el votante calcula el beneficio o perjuicio económico que recibió del período presidencial que concluye, es decir, la diferencia entre la renta de utilidad que recibió en el mandato que termina y la que habría percibido de haber estado la oposición en el poder. “Si es positiva, vota por el gobierno; si es negativa, vota por la oposición; si es nula, se abstiene” (Downs, 1973, 42). Dicho con otras palabras “básicamente, si el elector percibe una situación económica favorable votará por el partido en el gobierno, premiándolo; si su apreciación es desfavorable lo castigará, votando por la oposición” (Pérez Aguirre, 2015, 105).

Por su parte, “la literatura sobre las determinantes del voto coincide con que la aprobación presidencial importa para explicar el voto” (Vidal Romero, 2009, 10). En este caso “desempeño” se toma en sentido amplio, es decir, no se encuentra restringido al ámbito económico, aunque para el caso estadounidense “Stimson (2004) encuentra que la aprobación del ejecutivo responde más a desempeño económico a largo plazo que a cuestiones coyunturales” (Vidal Romero, 8). La evidencia empírica corrobora que el desempeño del presidente es buen predictor de su votación cuando busca la reelección electoral, y aunque el traslado de desempeño a voto se complica cuando el candidato del partido gobernante no es el propio presidente en turno, existe sin embargo también evidencia suficiente para afirmar que sí lo hace. De cualquier modo, conforme avanza el proceso electoral, la magnitud del impacto de la aprobación presidencial en el voto tiende a disminuir debido a que las campañas funcionan como medios para incrementar la información disponible para los votantes sobre candidatos, partidos y temas.

Con respecto a la evaluación económica del gobierno de Barack Obama algunos datos macroeconómicos clave apuntan a que el legado es relativamente favorable.  Recibió el país en recesión en 2008  (-0.3%) de parte de su predecesor George Busch (h),  logrando un crecimiento sostenido que llegó a alcanzar en el importante año previo a la elección (2015) un satisfactorio 2,6%, el nivel más alto durante su mandato de ocho años (http://www.datosmacro.com/pib/usa). Otro indicador macroeconómico de especial impacto es la tasa de desempleo, que como consecuencia de la recesión llegó a estar en 10% en 2009, siendo la actual de 4.9%. Hay que recordar que para una economía de la magnitud de la norteamericana una tasa por debajo de 7% es considerada satisfactoria. (http://es.tradingeconomics.com/united-states/unemployment-rate). Entretanto, la aprobación del mandatario en el año electoral según una encuesta de CNN/ORG fue del 55%, “cifra que marca el nivel más alto de su segundo mandato, coincidiendo con su mejor marca desde su primer año en la Casa Blanca”                          (http://cnnespanol.cnn.com/2016/10/07/obama-alcanza-un-nuevo-record-de-aprobacion/). El índice de aprobación de Obama durante la campaña electoral 2016 se encontraba casi a la par con los de Ronald Reagan en 1988, un año después (1989) ese hecho jugó a favor de que los republicanos pudieran traspasar exitosamente las riendas del poder desde el presidente en turno al candidato del partido gobernante, George Busch (p), algo que en 2016 sería intentado por los  demócratas sin que lograran el propósito.

De modo que los datos aportados corroboran que las variables analizadas debieron impactar favorablemente las opciones de la candidata del partido demócrata Hillary Clinton. Por cierto, no está de más señalar que el impacto de ciertas variables es mayor mientras su estado es más crítico (Pérez Aguirre, 107). Sin embargo, es conocido que finalmente el triunfo electoral correspondió al candidato republicano. ¿Significa ese resultado que las variables analizadas  no tuvieron un impacto relevante en el resultado de los comicios norteamericanos? Sería completamente erróneo afirmar algo así pues, sin dudas, hay que tener en cuenta para un análisis equilibrado la influencia de las reglas específicas que determinan el ganador de la contienda electoral en Estados Unidos. Sobre lo que queremos llamar la atención es que el resultado de la votación popular, donde Hillary Clinton se impuso por más de dos millones de votos sobre el candidato republicano Donald Trump (http://aristeguinoticias.com/2311/mundo/hillary-clinton-obtiene-mas-de-dos-millones-de-votos-que-donald-trump/),  revela que el estado de  las variables analizadas sí  jugó a favor de la candidatura demócrata. En cualquier otro país, Clinton hubiera sido proclamada ganadora indiscutida. En ese sentido existe una coherencia entre estado de las variables y el resultado electoral.  Sin embargo, sabemos que la votación del colegio electoral no la favoreció, lo que estaría indicando que los votos del magnate pese a ser menos se distribuyeron de una manera mucho más eficiente en la  geografía electoral norteña. Clinton pierde no porque no lograra superar a su rival en cuanto a número total de votos, sino porque  no se distribuyeron territorialmente en una forma más proporcional o eficaz que la de su adversario. Por tanto, las variables analizadas si jugaron un rol importante, incidiendo de manera favorable en  que Clinton resultara la candidata más votada, pero simultáneamente no fueron determinantes en cuanto a la regla fundamental de decisión que rige el sistema electoral norteño, que reconoce como ganador al candidato que logre la mayoría de los votos de los colegios electorales. En las elecciones estadounidenses el problema no es tanto de cantidad como de ubicación proporcional de los votos.

Conclusión

Las variables voto económico y aprobación presidencial  jugaron un papel importante en las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016 al favorecer que la candidata demócrata alcanzara una votación popular mayor que su adversario republicano, pero al mismo tiempo no fueron capaces de garantizar que obtuviera a su vez la mayoría de  los votos electorales, debido a que la distribución territorial de los votos  fue menos proporcional y eficaz que la lograda por el candidato republicano Donald Trump.

Orestes E. Díaz Rodríguez

Tulum, noviembre 25, 2016

 

 

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“El impeachment de Donald Trump”


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El cineasta Michael Moore y el profesor  Allan Lichtman  han coincidido en que Donald Trump no culminará su mandato. Moore no necesita presentación, en cambio la figura de Lichtman emergió  aplicando un procedimiento generado por el mismo con el que ha  acertado durante 32 años en el pronóstico de quién ganará la contienda presidencial en Estados Unidos. Por cierto, Moore también predijo que Trump ganaría.  ¿Pero, hay fundamentos que sostenga esta vez la coincidencia entre el hombre del celuloide y el maestro?

Aunque el impeachment o juicio político es un procedimiento muy raro en el sistema norteamericano, sólo dos presidentes han sido juzgados, Andrew Jakson (1868) y Bill Clinton (1998-1999), Donald  Trump tiene varios “puntos de estímulos” que en un momento dado podrían jugar en su contra, teniendo presente que el impeachment  necesita de una polarización extrema entre el Congreso y el presidente, favorable al primero.

En primer lugar está la personalidad del magnate, conflictiva, temperamental, autoritaria y sobre todo impredecible, que lo empujará seguramente en más de una ocasión  a colisionar con los congresistas y el resto de las instituciones.

En segundo lugar, Trump no es un republicano de carrera, él es en realidad un outsider que aprovechó la estructura partidaria republicana para contender por la presidencia y esa empresa ha estado poblada de contradicciones y episodios de enfrentamiento entre el magnate y la elite de la organización que más de una vez le retiró su respaldo y que finalmente votó por su candidatura con la nariz tapada.

En tercer lugar, Trump designo como su Vicepresidente no a un outsider como él, sino a alguien que pertenece a la nomenklatura del partido republicano. En los buenos tiempos, ese vínculo de Mike Pence  favorece los contactos del presidente electo con los congresistas, pero en un clima de   confrontación el eventual reemplazo de Trump por Pence, mucho más respetuoso de los símbolos, la liturgia y la ortodoxia partidista puede ser visto por los republicanos como una oportunidad de tener un mandatario afín o manejable.

Por último, Trump no ganó la votación popular, ese hecho no lo inhabilita para ocupar la presidencia, pero se volverá en su contra en las horas de bajo vuelo que en algún momento podrían sobrevenir.

Por su parte el millonario  tiene a su favor el capital que significa que más de  60 millones de norteamericanos le dieron su voto. Sólo en un escenario de baja aprobación de la imagen del presidente y de alta confrontación con el ala republicana del Congreso sería el proclive para que sus propios  “correligionarios” activaran el juicio político.

Por otra parte, no veo a Trump abandonando el poder ejecutivo sin  pelear. Intentaría dañar a sus rivales y de forma importante a la credibilidad de la  propia institución. Él es en definitiva un “matón”, al menos su historia personal está escrita hasta hoy en esa dirección. Ese es un aspecto que seguramente también será sopesado si en algún momento en el estado mayor republicano   consideraran que implicaría un costo menor intentar deshacerse de él a como dé lugar.

Orestes E. Díaz Rodríguez

Tulum, 17 de noviembre de 2016

 

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CONVOCATORIA CONCURSO DE ANÁLISIS: “Lo que Donald Trump se llevó…”


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Faltaba confirmar por esta vía la convocatoria que ya hice en las redes sociales. Con motivo de que “Certezas de la incertidumbre” cumple siete años en febrero de 2017  y para motivar la inclinación hacia el análisis político invito:

A todos mis alumnos y ex alumnos que deseen exponer algún ángulo de las consecuencias de los resultados de las elecciones norteamericanas para México, Estados Unidos y el mundo. Debe ser un análisis no mayor a 900 palabras. El plazo es hasta el 1 de febrero 2017. Los mejores análisis serán publicados en mi blog. Y el que considere el mejor recibirá un modesto premio en metálico de 1000 pesos mnx. Los trabajos deberán enviarlo a diazrguez@hotmail.com

Bienvenidos,

Mucha suerte,

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

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¿Nos merecemos a Donald Trump? La banalidad del ensueño


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Hace más de un año un amigo extranjero que vive en México desestimó  rotundamente las posibilidades de trascender en la política al entonces aspirante a  candidato presidencial republicano Donald Trump. Le comenté que el tipo de discurso políticamente incorrecto del magnate puede favorecer la conexión con muchas personas que en lo más íntimo piensan lo mismo, pero que no han tenido el valor de decirlo. Unos meses después Trump arrasaba en las primarias.

Días antes de comenzar la campaña entre Trump e Hillary otros amigos  consideraron imposible que Trump ganara. Todavía el día de la elección alguien subió a su red social que Clinton ganaría por 10 puntos.

En junio de 2016 preocupado por el peligro que representaba Trump fui a platicar con amigos mexicanos que tienen la doble nacionalidad, explicándoles la importancia de que esta vez se registraran y votaran en la elección norteamericana. Se rieron de mí. Dijeron que yo estaba “apanicado”.

En fin, siempre y en todas partes me encontré con la reticencia de la gente a considerar que Trump era un opción, que Trump podía ganar.   No sé si por instinto de conservación o porque simplemente pensar que podía ganar el “disparate”, perdón el magnate,  significaba que algo debía hacerse,  que cada cual debía realizar un esfuerzo y aportar un granito de arena. Cuando el 27 de Julio escribí intencionadamente en este blog “¿Por qué vamos perdiendo con Donald Trump?”, mucha gente se sorprendió y alguna hasta se enojó.

Todas esas personas eligieron protegerse en el ensueño. El ensueño es realmente cómodo, tranquiliza, uno no se preocupa y sobre todo no tiene que actuar, simplemente apuesta a que las cosas que no desea no pasarán.

El ensueño prosigue, aun ahora.  Se renueva, se reproduce a través de frases como: “¡No va a pasar nada! La división de poderes detendrá a Trump”. El ensueño siempre se las arregla para que otros hagan el trabajo en el que uno debe involucrarse a tiempo completo. Esa es la cuestión. Ese es su peligro.

Hannah Arendt describió  la banalidad del mal. Un destacado ex alumno y hoy master alertó en este blog sobre la banalidad del odio. Tan banal como el mal y el odio es el ensueño, desactiva nuestro mejor esfuerzo, liquida la capacidad de prepararnos para golpes que podemos prever, nos deja a merced de las circunstancias, nos desprotege.

Nos merecemos a Donald Trump. No lo duden ni por un segundo. Deberíamos reconocerlo todos los que hoy nos lamentamos. Es nuestra única oportunidad.  Trump es el triunfo de nuestra insoportable y además muy conveniente incredulidad. ¿Cómo va a ganar alguien así? ¿Verdad?

Orestes E. Díaz Rodríguez

Tulum, 11 de noviembre de 2016

 

 

 

 

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“Centinela”, ¿acertó o erró?


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Comprendo muy bien que la decepción es enorme igual que los temores que despierta, especialmente en México, la victoria electoral de Donald Trump. Pero más tarde o más temprano hay que plantearse la pregunta, ¿erró o acertó el modelo “Centinela” en su propósito de pronosticar el resultado electoral?

La pregunta es pertinente además porque esta mañana  la primera persona que saludé y que trabaja o colabora con casas encuestadoras me preguntó si al modelo no le faltaron variables, algo que realmente no dejó de sorprenderme.

En primer lugar, diré que Mario Bunge ha dicho con razón que lo más importante del pronóstico no es su exactitud sino  su perfectibilidad. En segundo, que tengo derecho a hablar de esto porque cuando en ocasiones anteriores hemos errado, también hemos dado la cara y explicado de manera trasparente por qué fallamos.  

Entrando en materia,  recordaré que el pronóstico de Centinela fue que Clinton tenía con respecto a Trump 1% de posibilidades de ganar la votación popular, o lo que es lo mismo, Clinton 50.5% de probabilidades de ganar la votación popular y Trump 49.5% de probabilidades.

Según los reportes de hoy, Clinton gana la votación popular por 0.2% con respecto a Donald  Trump. Eso quiere decir que, en términos absolutos, la desviación del pronóstico de Centinela fue de sólo 0.8%, inferior al margen de error que siempre declaramos (2%) y que es el más bajo con el que se suele comprometer cualquier instrumento de pronóstico en esta área.

Es un resultado prometedor, sorprendente para nosotros mismos  porque, como ya habíamos señalado en nuestro post del 6 de noviembre: 1) conocemos menos de lo que quisiéramos a la sociedad norteamericana; 2) trabajamos sin los beneficios de tener compañeros que hagan contrapeso a las ponderaciones; 3) nunca escondimos nuestro profundo deseo de que ganara Clinton. Todo indica que  fuimos capaces de limitar nuestras propias inclinaciones y sesgos de manera que no contaminara el análisis y esto último, créanme, es lo más difícil de conseguir.

Naturalmente no hemos probado nada.  “Centinela”, es la primera vez que se pone a prueba. Se encuentra, como también declaramos previamente, en fase experimental, como quien dice, “gateando”.  Falta mucho por mejorar. Pero ha sido también una afortunada primera vez.

Eso sí, nada ni nadie nos podrán borrar jamás el sufrimiento y la inquietud por los resultados de ayer.

Orestes Enrique Díaz Rodríguez

9 de noviembre de 2016

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“Centinela”: Clinton vs. Trump. Informe final.


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Afectuosamente agradezco la colaboración de Astrid Díaz Rodríguez.

Como parte del ejercicio que ha devenido en costumbre en los últimos Lunes, reviso las anotaciones registradas en la bitácora durante la semana que concluyó intentando comprender la orientación  resultante. Afuera hay tensión  y cambios  de signos. En efecto, en los últimos días los medios han abandonado el lenguaje triunfal <Los demócratas dan por segura la presidencia y van por las cámaras>, sustituyéndolo gradualmente por el pesimista y  hasta el resignado. Hasta los analistas y medios más entusiastas ahora destacan como perciben que se derrumban unas tras otras las posibilidades de Hillary Clinton. Trump domina las expectativas, aun cuando ayer, en otro giro digno del mejor culebrón, se anunció que el FBI volvía a cerrar el caso de los emails de la candidata demócrata. Con relación al objetivo de nuestro informe, simplemente hay que procurar aislarse de la algarabía mediática de turno, concentrarse en los hechos y escuchar “la voz” de las variables. Seguramente, tendrán algo que contar.

Hechos y anuncios del 31 de Octubre al 7 de noviembre. Impacto en el modelo extendido de variables.

1.- Los demócratas emplearon diferentes anti marcos para frenar el impacto de  la decisión del 27 de Octubre del director del FBI: “decisión partidista”, “doble rasero”, “decisión basada en insinuaciones”, “parcialidad” al no revelar también investigación abierta a Donald Trump por su potencial  relación con Putin y Rusia. ¿Pero, fueron efectivos? Como toda estrategia de control de daños, presupone mitigar en la medida de lo posible el alcance del impacto negativo, pero como regla esas acciones no pueden lograr que el  límite de la afectación tienda a cero. Claramente Trump resultó favorecido, pese al muro de contención que improvisaron  los demócratas. Cuando nadie lo esperaba, del mismo modo que reabrió el caso, Comey anunció que se cerraba. Ese hecho no sólo detiene el avance del daño sino que facilita que retroceda. ¿Pero puede retroceder hasta la situación inicial? Lo dudo. “El sartenazo cuando no duele tizna”, quiero decir, la construcción de la decisión del voto es de una elaboración sofisticada, no responde a un único argumento.  Pero una vez tomada, el desamarre es también un proceso racional y emocional  tan complejo que difícilmente pueda asegurarse el retorno unánime en la dirección contraria aun cuando el hecho catalizador se desdibujara. Como resultado de la reapertura  del culebrón del FBI, Clinton perdió votantes, como resultado del cierre  Trump pierde impulso, desacelera. Una segunda consecuencia puede haber sido de que dada la supuesta “falla garrafal”  de Clinton con el manejo de su servidor, casi legitimada nada menos que por el director del FBI,  se debilitaran las razones para ocultar el voto por Trump. El voto oculto, por tanto, ya  pudo haberse expresado en la semana “fatídica”, del 31 al 6 de noviembre, ¡como voto justificadamente anticlinton! Quiero decir, es posible que ya viéramos el mejor momento del magnate. Mientras faltaría por ver el impacto que tiene la re exoneración de Clinton en el relanzamiento de su imagen.

2.-Se confirma el buen momento de la economía con 4.9 de cifra de desempleo. Hay que recordar que Obama fue  reeligido con una tasa de 7,7.  Es una buena noticia para la campaña demócrata, definitivamente el legado económico de Obama es positivo. Esta variable tiene, sin dudas, color demócrata, pero la tonalidad no es completa. Más bien hay un espacio en que se desdibuja, no al punto de opacar el resultado, pero sí lo ensombrece. Citaré uno de los tantos analistas que no han pasado por alto el aspecto controversial de esta variable, “los ingresos medios de los hogares aún no han recuperado el nivel precrisis, están un 2.4% por debajo de los de 1999. Los hombre, el grupo clave que apoya a Trump, gana de media menos que en los 70. Los ingresos de los habitantes del medio rural bajaron un 2% en 2015 frente al aumento del 7% de las grandes ciudades. Las rentas de los hogares en 2015 sólo superaron a las de 2007 en 11 estados y Washington,…, Trump ha sabido acariciar el pelo a esos demócratas de Reagan”.

(http://www.elmundo.es/cronica/2016/11/06/581d9eedca47418b0c8b4601.html?cid=MNOT23801&s_kw=empuede_un_impresentable_como_trump_ser_presidenteem)

3.-Obama mantiene una agenda de campaña intensa. El presidente en funciones con su aval del 54% de aprobación y los reflectores y recursos que le dan su posición, intensificó sus actos de campaña. Eso habla bien de su respaldo a la campaña de Hillary. Nada que ver con el desajuste del año 2000 entre Gore y B. Clinton. Esa variable es de las más diáfanas. Pero el asunto de la altísima exposición de Obama conecta con un aspecto de otra variable, el respaldo de las minorías a los demócratas. La percepción y  datos reportados por el <early voting> indicaban hasta el 6 de noviembre una participación afronorteamericana tímida con relación a lo que mostraron en 2008 y 2012.  Sí, los afronorteamericanos no han dado señales claras de que tendrán un voto antitrump del mismo calibre que los hispanos y otras minorías. Las razones principales son tres: 1) Obama no está en la boleta; 2) Trump no ha agredido a los afronorteamericanos como sí hizo con los hispanos, musulmanes y mujeres, por ejemplo; 3) Los afronorteamericanos no olvidan que en el mandato de B. Clinton, el ex mandatario promovió leyes duras que condujeron a que se elevara el número de afronorteamericanos que fueron a parar a la cárcel. Esa reticencia  y el riesgo que ella representa para las aspiraciones demócratas,  ha sido una de las causas más directas de que el presidente en funciones haya desplegado una intensa campaña y que  uno de sus actos los sellara con una frase que dice mucho: “si me quieren, voten por Clinton”. Sin dudas, la invitación que hizo Hillary a que Michelle Obama formara parte de su gobierno asumiendo una cartera o secretaria ayuda mucho en ese y en otros sentidos. La popularidad de la primera dama es incluso mayor que la del presidente. Pero, Michelle Obama, hasta el momento de la redacción de este manuscrito, no respondió a la invitación. Clinton no ha extendido la misma invitación a B. Sanders. Sea cual sea la causa, le deja un flanco débil, como se verá después. De cualquier forma, es factible que la fuerte implicación de los Obama en la campaña (agencia) lleve a modificar la reticencia de forma significativa y que se vea además compensada con lo que es seguro, la elevación del potencial hispano más allá de lo que se registró en 2012.

4.-La coalición entró en Mosul y anuncia que amplía la  ofensiva contra ISIS con el inicio de operaciones contra el principal bastión de esa organización en Siria, la ciudad de Raqqa. El anuncio es favorable para la campaña demócrata, pero es de escaso o nulo impacto. Primero, porque Mosul no se ha tomado y se percibe que será una misión compleja y larga; segundo, porque la ofensiva contra Raqqa marca una voluntad, pero no un resultado; 3) porque el impacto del contexto internacional se desdibujó luego de que James Comey “lanzara la bomba”. Lo curioso es que para esta elección siempre se temió por el potencial impacto de un atentado terrorista promocionado por fuerzas extranjeras, especialmente ISIS, pero la verdadera “explosión” se produjo desde adentro.

5.- La campaña de Donald Trump dejó saber que los asesores han prohibido al magnate tuitear por cuenta propia. La noticia revela como el problema de Donald Trump durante toda la campaña no es Hillary Clinton ni  tampoco Barack Obama, sino el propio Donald Trump, con su temperamento incontrolable, colérico e impredecible que lo lleva a reaccionar agresivamente sin medir consecuencias. La noticia fue rápidamente retrucada por el propio presidente Obama, “si alguien no puede controlar una cuenta de Twitter, no puede manejar códigos nucleares”. El detalle no es menor, Andrés Openheimer, por ejemplo, considera que si finalmente Trump pierde la elección será por la personalidad voluble (inestable) que ha evidenciado y que lo convierte en un peligro al frente del botón nuclear.  http://www.elmundo.es/internacional/2016/11/07/581f221446163f381d8b459d.html

Así como el problema de Donald Trump no es Hillary Clinton sino él mismo, el problema mayor de los demócratas tampoco es su candidata, con todas sus sombras, sino lo que Donald Trump representa. A esta altura no se sostiene pasar por alto que Trump arrasó con sus adversarios republicanos en las primarias, alcanzando el número mágico de delegados sin necesidad de que el proceso concluyera, y sumando 4 millones de votos más que lo que obtuvieron Mit Rommey (2012) y John McCain (2008). A estas alturas también resulta inconsistente no admitir que Trump tiene posibilidades de ganar la elección pese a competir sin el apoyo de la élite republicana, contra la maquinaria demócrata y sin el respaldo de los más importantes medios internos. ¿Cómo ha sido posible? La respuesta es que Donald Trump es, sin dudas, portavoz de un importante movimiento que se ha venido gestando durante años en las entrañas de la sociedad norteña, una mezcla que ha ido sumando nuevos componentes a lo largo del año electoral, pero cuya núcleo es la reacción blanca  contra las consecuencias de la globalización y el avance de las minorías. Ese movimiento ha dado lugar prácticamente  a una “nueva guerra civil”, hasta el momento planteada sólo en términos electorales.

En resumen, contabilizando los diferentes impactos en las variables del modelo “Centinela” arroja 50.5% de probabilidades de Clinton de ganar la elección contra 49.5 de Donald Trump. Ese resultado se encuentra dentro de nuestro margen de error. Indica tanto que Clinton puede vencer hasta por 3 puntos de diferencia o resultar incluso vencida por uno, siempre respecto a la votación popular.

Cuadro resumen de los pronósticos emitidos por “Centinela”, expresado en términos de probabilidades de resultar ganador.

Candidato 13 de Oct. 23 de Oct. 31 de Oct. 7 de nov.
H. Clinton 55% 53% 51.5% 50.5%
D. Trump 45% 47% 48.5% 49.5%

 

El análisis del núcleo duro de las variables

Una característica decisiva  de la elección presidencial norteamericana de 2016, es que el partido en el gobierno intentará traspasar las riendas del poder entre dos de sus miembros, del presidente en funciones a la candidata presidencial de la organización, o lo que es lo mismo, intentará ganar su tercera elección consecutiva (2008, 2012, ¿2016?).

En 115 años, de 1901 a la fecha, ese mismo propósito fue perseguido en siete ocasiones en Estados Unidos: 1909, 1921, 1953, 1963, 1989, 2001 y 2008, pero sólo dos veces pudo ser conseguido 1909 y 1989. La estadística por tanto es desfavorable al propósito en una relación de 5 vs. 2. Sin embargo, la estadística marca una tendencia, pero nunca es conclusiva, especialmente porque el agente de los cambios políticos es altamente receptivo al aprendizaje y la innovación.

Lo realmente pertinente es comprender las variables que aseguran que el traspaso de poder dentro del propio partido pueda concretarse exitosamente. Esas variables son a) el presidente saliente concluye su mandato en medio de una situación económica favorable; b) el candidato nominado por el partido de gobierno goza de credibilidad dentro y fuera de la estructura partidaria y cuenta con el apoyo irrestricto de un presidente saliente que goza de una aprobación satisfactoria, siendo el vínculo entre ambos  tan estrecho que el segundo participa activamente en la campaña y es muy probable que en caso de ser necesario contribuya con fondos u otros recursos; c) debe formar parte del legado del presidente saliente también que su mandato contribuyera a crear en la ciudadanía una percepción de seguridad con respecto a amenazas potenciales que provienen del contexto internacional; d) y por último, que el discurso del candidato del partido adversario no constituya una especie de portavoz de un cambio social y político más o menos profundo que se ha venido gestando en las entrañas de la sociedad y que lo hace por ello representante del imaginario político de importantes fuerzas sociales.

Si nos atenemos estrictamente a ese núcleo duro de variables, los demócratas tienen ventaja clara en  la variable “a” y los republicanos en  la “d”, mientras que las variables “b” y “c” existe abundante tela para cortar a favor y en contra de uno u otro partido, por lo que luego de ahondar  debidamente podríamos hablar de un relativo empate técnico en “b” y “c”,  lo que nos lleva a su vez a  un empate general, siempre que consideremos que el valor de todas las variables es similar. ¿Pero son realmente similares el valor de impacto de las variables “a” y “d”? Lo dudo. La variable más poderosa es “d”, ella explica que los republicanos llegaran hasta el día previo con chances de imponerse. Eso sí, si algo atenúa y juega en contra del valor  impacto de “d” es precisamente la propia conducta impredecible y conflictiva del candidato. En otras palabras, el alcance potencial de la variable es en cierto modo bloqueado desde el núcleo de la propia variable. Eso nos vuelve a llevar a una situación de relativo empate.

La combinación del análisis de las variables con datos agregados.  

Los terceros partidos no suelen jugar un papel importante en el desenlace de la elección presidencial norteña. En 2008 alcanzaron en conjunto aproximadamente 1.40% del total de votos, mientras en 2012  aproximadamente 1.57%. No fueron relevantes. Sin embargo en 2000 Ralp Nader por el partido Verde creció hasta 2.7, y en total los terceros partidos sumaron 3.8% del total de votos. Algunos analistas señalan que ese comportamiento fue a costa de los demócratas y pudo incidir en que entonces perdieran la elección. En 1992 cuando B. Clinton derrotó a Bush (padre) los terceros partidos sumaron casi el 19% del voto, de ellos 18.9% recibió  el millonario Ross Perot. Fue un comportamiento inusual. En esa oportunidad la campaña de Perot afectó los resultados de Bush. ¿Cómo marchan ahora? Este es un dato bastante fiable porque se trata de partidos que por no tener posibilidades de ganar, la intención de voto no se presta prácticamente a manipulación o cocina. Pues bien, hasta el 7 de noviembre la intención de voto por los dos principales terceros partidos, Libertario y Verde, es de 6.5%, es decir, una cifra lejana de lo alcanzado por Perot, pero capaz de desempeñar un rol en la definición de la elección, especialmente si la comparamos con el 2.7 de Nader en 2000 y tenemos en cuenta lo reñido que cierra la actual contienda.

¿Pero a favor de qué candidatura juega el peso que muestran los terceros partidos?  El partido Libertario, del ex gobernador republicano Gary Johnson, lleva la mejor parte con 4.7 de intención de voto, siendo  proclive a constituirse buena parte de su base electoral de los republicanos que tomaron distancia de Donald Trump. No deja de llamar la atención, que a partir del 22 de Octubre cuando gradualmente Trump comenzó su movimiento ascendente, por las razones que ya apuntamos en nuestro análisis de ayer, el partido Libertario descendió en intención de voto, en la misma unidad de tiempo de 6.5 a 4.7% , casi dos puntos porcentuales o en 1/3. Pudiera indicar que los republicanos que se reconciliaron con Trump, dejaron de respaldar a Gary Johnson. Entretanto, el partido Verde de Stein, ubicado a la izquierda de los demócratas y destino principal de los partidarios de ese partido que rechazan a  Clinton, especialmente el núcleo duro que acompañó a Sanders (caso Susan Sarandon,)durante la misma etapa “crítica” no sólo no creció, sino que su intención de voto decayó de 2.6 a 1.8. De modo que si nuestras apreciaciones son correctas, Gary Johnson y los Libertarios le están haciendo más daño a la candidatura de Trump que lo que Stein y los Verdes hacen a la candidatura de Hillary, en una proporción de 2.6 contra 1. El voto de los terceros partidos, especialmente el 4.7 de intención de voto de los Libertarios, tendería a jugar esta vez en contra de los republicanos. Aunque la relación no es matemáticamente exacta, no podría serlo, y  el programa social de los Libertarios es un imán también para demócratas descontentos, lo cierto es que  tiende a manifestarse un comportamiento casi reflejo entre las altas de Trump y las bajas de Johnson y viceversa. Al mismo tiempo, no se observa esa dinámica entre la tendencia de la intención de voto promedio de Clinton con la de los Libertarios. Más bien, tienden a comportarse como dinámicas independientes. Este hecho puede inclinar  la balanza a favor de Clinton.

Orestes E. Díaz Rodríguez

Tulum, noviembre 7 de 2016

 

 

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“Centinela”: Clinton vs. Trump. Crónica de un final no anunciado.


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El modelo de predicción electoral “Centinela”, tal y como ha sido  aplicado a la presente elección tiene, cuando menos, tres falencias de las que soy consciente: 1) No conozco en la profundidad que quisiera a Estados Unidos; 2) He estado procesando grandes volúmenes de información casi a solas, sin un compañero o equipo que hiciera el debido contrapeso en las ponderaciones chicas y grandes; 3) Siempre y ahora he deseado fervientemente que gane Hillary Clinton, un triunfo de Donald Trump lo considero un desastre de magnitudes incalculable que afectará gravemente nuestra forma de vida. He tratado de ser imparcial, pero no puedo asegurar que lo he sido. Solo aspiro a que mi inclinación no haya generado un error de cálculo mayor al margen de 2% que declaro como límite.

Pero también hay fortalezas. No es mi primera vez. Los que me han seguido saben que acumulo en la ruta más de cuatro años y en la mochila  casi una docena de procesos electorales. Así que a fuerza de estrellarme algunas habilidades y sensibilidades debo haber desarrollado. Por otra parte,  “Centinela” es la forma más acabada de la idea que he puesto en práctica otras veces, un modelo que controla las más importantes variables explicativas y que es capaz de convertir sus ponderaciones en magnitudes numéricas que manifiestan las posibilidades que un candidato electoral tiene en un momento dado de alzarse con la victoria.

La elección guardó para la última semana todas las emociones. El principal dato es que a partir del martes 1 de noviembre los medios de forma casi homogénea detectaron un movimiento ascendente favorable a Donald Trump. Un día antes, el lunes 31 de Octubre, el pronóstico de “Centinela” destacaba que la diferencia entre los candidatos se había reducido a 3 puntos porcentuales (Ver: “Centinela”: Clinton 51.5% de probabilidades de ganar, Trump 48.5%, 2016, archivos).

En un primer momento, erróneamente, se asoció el movimiento favorable a Trump como resultado de la decisión del Director del FBI,  James Comey, de reabrir el caso de los emails de Clinton, pero luego algunas fuentes  entendieron correctamente que la dinámica se produjo antes de la decisión al más alto nivel del FBI. Sin embargo, nadie explicó,  los orígenes de ese cambio de humor en los votantes.

En “Centinela” nos pareció sumamente importante definir qué fue en concreto lo que proyectó, más o menos de forma sostenida, la campaña de Trump antes de darse a conocer la decisión de James Comey. De no aclararse ese punto, significaba que podríamos no estar leyendo apropiadamente la dinámica del comportamiento electoral en esta  etapa  y, por consiguiente, nuestras posibilidades de visualizar el desenlace final disminuyen.

Así que volvimos a revisar minuciosamente nuestra bitácora, los pronósticos de “Centinela” los días 14, 21 y 31 de Octubre. La revisión arrojó alguna luz. Resulta que son tres hechos los que se combinaron para reimpulsar la campaña de Donald Trump: 1) A mediados de Octubre los más importantes medios norteños anunciaron oficialmente su alineamiento incondicional a la campaña de Hillary Clinton, un hecho probablemente sin precedentes, pues bien, la reacción natural ante esa extendida parcialidad no se hizo esperar; 2) Donald Trump pidió disculpas por  el comportamiento misógino que exhibe el video de 2005. Trump reconoció que se había equivocado, esto es un punto de inflexión en su campaña, hasta ese momento el magnate jamás reconoció error alguno. Es posible que ningún partidario demócrata tomara en serio el acto, pero importantes segmentos de republicanos descontentos con los dichos ofensivos de su candidato sí lo estaban esperando. Con ese gesto, Trump repescó a segmentos de votantes, seguramente republicanos distanciados, que estaban necesitados de que el empresario mostrara algún rasgo de autocrítica y humildad; 3) La secretaría de salud anunció que las primas del Obamacare crecerían en 2017 confirmando que el programa más importante del mandatario actual constituye una gravosa carga financiera. ¡No hacía falta más! Así fue como se gestó la bola de nieve trumpiana que ha puesto la campaña al rojo vivo. Para colmo, mientras rodaba se encontró accidentalmente con los vientos favorables que soplaban desde las oficinas centrales del FBI. ¡La tormenta perfecta!

La pregunta es si con eso le alcanza o no a  Donald Trump para ganar el voto popular. Intentaremos responderla en nuestro informe o pronóstico final, mañana lunes 7 de noviembre.

Aprovecho para dar las gracias a Astrid Díaz Rodríguez quien ha colaborado con este trabajo confirmando en fuentes fiables que Donald Trump obtuvo 14 millones de votos en las primarias, nada menos que 4 millones de votos más que los ex candidatos presidenciales republicanos Mit Rommey (2012) y John McCain (2008). Se desprenden importantes consecuencias de ese dato.

Orestes E. Díaz Rodríguez

Tulum, 6 de noviembre de 2016

 

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